Subí al cráter del Ijen de noche con un pañuelo tapándome la cara solo para ver las llamas azules: a mitad de la bajada entendí lo que estaba respirando

El pañuelo que llevaba anudado a la cara no servía prácticamente para nada. Lo entendí a mitad de la bajada del Ijen, cuando una bocanada de humo blanco nos envolvió por completo y durante unos segundos no pude ver ni mis propias manos. Lo que estaba respirando, junto a cientos de turistas con frontales y selfie sticks, era una mezcla de dióxido de azufre y sulfuro de hidrógeno que sale directamente de las entrañas de un volcán activo en la isla de Java, Indonesia.

Subir de madrugada a un cráter para ver llamas azules suena a plan de aventura perfecto para Instagram. Y lo es, hasta que el viento cambia de dirección y toda esa nube tóxica se te viene encima sin avisar.

Lo esencial

  • Esas llamas azules no son lava, sino gas sulfúrico incendiado que solo brilla en la oscuridad
  • Un pañuelo es prácticamente inútil: los gases tóxicos abrasan la garganta incluso con máscara certificada
  • Desde 2024 exigen certificado médico para entrar, porque gente se desmaya regularmente en el cráter

Un fuego que no es lava, aunque lo parezca

Lo primero que hay que desmontar es la idea de que esas llamas azules son lava. No lo son. El resplandor azul de Kawah Ijen parece exactamente roca fundida derramándose cuesta abajo, por lo que muchas fotos lo etiquetan erróneamente como lava azul en internet, pero no lo es: lo que arde es gas sulfúrico que escapa de grietas del volcán a presiones y temperaturas que pueden superar los 600 grados centígrados. Ese gas se incendia en contacto con el oxígeno del exterior y produce ese azul eléctrico que solo se aprecia en la oscuridad, porque las llamas son difíciles de ver durante el día, pero iluminan el paisaje por la noche.

Por eso todos los grupos empiezan a caminar de madrugada. Hacia las dos de la madrugada en el volcán Ijen de Java, cientos de turistas comienzan a subir en completa oscuridad, con máscaras de gas puestas y cámaras listas, persiguiendo algo que solo existe tras la puesta de sol: ríos de fuego azul eléctrico que fluyen por la montaña como lava. La escena es hipnótica, casi de otro planeta. Pero la belleza tiene un precio que se paga con los pulmones.

El pañuelo, la máscara de gas y la diferencia que marca la vida

Aquí está el detalle que casi nadie cuenta antes de reservar la excursión: un pañuelo no filtra nada. Es simbólico, como mucho protege del frío de la madrugada (que en la cima puede rondar los pocos grados). Lo que realmente marca la diferencia es una máscara de gas con filtro homologado, y aun así la experiencia puede ser durísima. Una viajera que hizo la ruta lo resumía así: las emanaciones de azufre son fuertes, e incluso con máscara de gas, la exposición puede irritar los pulmones a quienes son especialmente sensibles.

Yo llevaba pañuelo la primera vez que me acerqué al borde del cráter, convencida de que bastaría. No bastó. La sensación es la de tragar arena caliente con cada respiración, los ojos escuecen y la garganta arde como si hubieras fumado un paquete entero en cinco minutos. Algunos relatos de otros trekkers describen exactamente esa sofocación: la atmósfera se vuelve sofocante, envolviéndote y asfixiando tu respiración. No es una exageración retórica, es literal.

Lo que aprendí bajando, jadeando, con los ojos llorando sin parar, es que la nube que se traga el cráter no perdona la improvisación. Por eso los tours serios en la zona incluyen máscara de gas real como parte del paquete, no como opción, y en muchos casos hasta exigen un certificado médico. Desde 2024 existe además un requisito oficial: desde el 6 de enero de 2024 hay una nueva exigencia para todos los excursionistas de mostrar un certificado de salud para poder visitar Kawah Ijen, según la cual los turistas deben estar en buen estado de salud, sin antecedentes de asma o enfermedades cardíacas. No es un capricho burocrático: es la respuesta a años de gente desmayándose o con crisis respiratorias en mitad del cráter.

Los que respiran esto cada noche, sin elegir

Mientras los turistas subimos con máscaras alquiladas, frontales y ganas de foto perfecta, hay hombres que llevan haciendo esa misma bajada desde hace décadas, con mucho menos que un pañuelo. Los mineros de Kawah Ijen usan casi ninguna protección a pesar de las condiciones agotadoras: el calor junto al respiradero es casi insoportable y los gases volcánicos hacen casi imposible respirar, incluso con máscara de gas, y esos gases queman los pulmones de los mineros. Cargan cestas de azufre sólido que a veces pesan hasta 90 kilos, sobre terrenos volcánicos empinados y resbaladizos, arriesgando caídas y lesiones graves, todo por un sueldo muy bajo.

Verlos trabajar de noche, entre el humo, con apenas un trapo sobre la boca, te cambia la perspectiva sobre lo que significa «aventura». Lo que para nosotros es una experiencia de una madrugada, para ellos es un oficio con consecuencias médicas documentadas: la exposición crónica provoca infecciones pulmonares y daño pulmonar a largo plazo en toda la comunidad minera, y la industria opera con muy poca regulación formal. Cruzarte con ellos en el sendero, sonrientes a pesar de todo, es probablemente el momento más humano de toda la excursión.

Si te lo estás planteando

El Ijen sigue siendo, con diferencia, uno de los fenómenos naturales más singulares que se pueden ver en el sudeste asiático, y no hace falta renunciar a vivirlo. Conviene sí informarse antes de reservar cualquier tour, porque el acceso al fondo del cráter se cierra puntualmente por mantenimiento o por actividad volcánica: a comienzos de 2026 hubo un cierre temporal por reparaciones en las tuberías de extracción de azufre, aunque Ijen Blue Fire se reabrió oficialmente el 7 de febrero de 2026, permitiendo a los visitantes acceder al cráter durante el horario de Senderismo nocturno. Conviene comprobar el estado justo antes de viajar, llevar calzado de montaña de verdad y, sobre todo, no fiarse nunca de un simple pañuelo cuando lo que hay debajo es un volcán activo respirando azufre.

¿Merece la pena bajar hasta las llamas azules o basta con quedarse en el borde del cráter viendo amanecer sobre el lago turquesa? Después de notar cómo me ardía la garganta durante casi un día entero, no tengo una respuesta única, y creo que esa es precisamente la pregunta que cada viajero debería hacerse antes de anudarse cualquier cosa a la cara y empezar a bajar.