Abandoné Santorini cuando descubrí estas islas griegas secretas: aún están vacías, pero no durará mucho

Hay un momento exacto en el que una isla griega deja de ser un destino y se convierte en una fila. Una fila para ver el atardecer. Una fila para el teleférico. Una fila para hacerse la misma foto que tienen tres millones de personas en Instagram. Santorini, con unos 15.000 habitantes censados, recibe hasta dos millones de turistas al año, muchos de ellos llegados en crucero. El encanto sigue ahí, sí, pero enterrado bajo atascos de tráfico, cubos de basura desbordados y precios astronómicos para cualquier cosa, desde una hamaca hasta un souvlaki. Cuando lo comprendes, el mapa griego se abre de una forma completamente diferente.

Grecia no es Santorini y Mykonos. El país tiene más de 200 islas habitadas repartidas por el mar Egeo y el Jónico, cada una con su propio paisaje y su propia cultura. El problema es que el turismo de masas ha concentrado todo el ruido en cuatro o cinco nombres, dejando el resto en una especie de silencio dorado. Un silencio que, por cierto, tiene los días contados.

Lo esencial

  • Existen islas griegas tan espectaculares como Santorini pero sin los dos millones de turistas anuales
  • Folegandros y Milos ofrecen paisajes volcánicos y playas de ensueño que aún permanecen tranquilas
  • Las Pequeñas Cícladas y Amorgos son tan remotas que la mayoría de viajeros ni saben que existen

Milos y Folegandros: las Cícladas que Santorini no puede comprar

Si tuvieras que elegir solo dos islas para entender por qué la gente abandona el circuito clásico, serían estas. Milos, en las Cícladas occidentales, rivaliza con el paisaje volcánico de Santorini gracias a una costa espectacular de acantilados de colores, formaciones rocosas blancas y cuevas marinas ocultas, con 73 playas menos masificadas y una geología extraordinaria. Su joya más célebre es Sarakiniko, una playa con formaciones rocosas blancas que recuerdan a la superficie lunar. Nada de tumbonas de pago ni DJ a mediodía: solo roca, agua turquesa y silencio.

Folegandros, en cambio, ofrece un retiro tranquilo, perfecto para parejas o viajeros en solitario que buscan una escapada auténtica. Están separadas apenas una hora en ferry, lo que las convierte en pareja ideal para una semana de desconexión. Folegandros se mantiene fuera del radar porque es pequeña, remota y deliberadamente discreta: sin aeropuerto, con acceso en ferry limitado y sin ningún interés en convertirse en destino de fiesta. Su capital, Chora, cuelga sobre unos acantilados que caen al Egeo y su laberinto de callejuelas empedradas, casas encaladas con contraventanas de colores y buganvillas ofrece la experiencia cicládica en estado puro.

La advertencia honesta: Folegandros está apareciendo cada vez más en redes sociales como «joya oculta», lo que significa que la ventana se está cerrando. Quien llegue antes, gana.

Amorgos, Astipalea y las Pequeñas Cícladas: para los que de verdad quieren perderse

Si Folegandros ya te parece demasiado conocida, existe un segundo nivel. No es casualidad que Luc Besson eligiera Amorgos para rodar partes de El Gran Azul: tardando al menos seis horas en ferry desde Atenas, esta joya de las Cícladas queda lejos de las rutas habituales de island hopping, con playas desiertas, ruinas antiguas, senderos de montaña y un monasterio colgado en los acantilados sin interrupciones. Gracias a esa distancia, Amorgos se ha mantenido maravillosamente tranquila: verás viajeros europeos que saben lo que hacen, pero no encontrarás multitudes ni infraestructura de turismo de masas.

Astipalea es otra de las islas más comentadas entre quienes buscan alternativas reales: el interés en ella viene impulsado por un desarrollo limitado, inversiones en energía verde y arquitectura característica de las Cícladas. Ya la llaman «Santorini sin multitudes», lo que, como suele ocurrir, significa una ventaja temporal.

Y luego están las Pequeñas Cícladas (Koufonisia, Iraklia, Schinoussa, Donousa), ese archipiélago dentro del archipiélago que la mayoría de los viajeros ni siquiera saben que existe. Allí encontrarás playas tranquilas, lugareños amables y esa auténtica vida griega isleña que todos buscan. Schinoussa, por ejemplo, tiene apenas 9 kilómetros cuadrados y menos de 400 habitantes repartidos en tres pequeños núcleos, tan pequeños que la gente se mueve a pie.

Sifnos, Alonissos y la Grecia que los griegos guardan para ellos

Hay islas que los griegos visitan y hay islas que los griegos recomiendan a los extranjeros. No siempre son las mismas. Sifnos, en las Cícladas occidentales, no es un nombre muy conocido fuera de Grecia, pero para quienes la conocen es un tesoro gastronómico y cultural: la llaman «la isla de la gastronomía griega», famosa por sus guisos de garbanzos cocinados en ollas de barro y sus dulces bañados en miel. A pesar de estar a solo dos horas y media en ferry desde Atenas, sigue intacta ante el turismo masivo.

En las Espóradas, el nombre que hay que apuntar es Alonissos. Es el hogar del parque marino más grande de Europa, un santuario para delfines, focas monje y buceadores, donde se puede practicar kayak por costas silenciosas o bucear entre antiguos naufragios. La isla funciona casi en su totalidad con energía solar y eólica, lo que la convierte en una de las opciones más sostenibles del Mediterráneo.

Y si te gusta la idea de una Grecia con capas de historia que no se anuncian en ningún folleto, Citera es perfecta para familias y parejas: con un interior montañoso, acantilados y playas, dicen que de sus aguas surgió Afrodita, y su arquitectura mezcla influencias griegas, italianas y otomanas. Ítaca, mientras tanto, tiene 100 kilómetros de costa, rutas de senderismo y vinos locales que probar en sus viñedos, con playas pequeñas y tranquilas en las Islas Jónicas donde también se puede pescar y bucear.

El momento de ir es ahora, no el año que viene

Destinos tradicionales como Mykonos y Santorini siguen siendo marcas potentes, pero cada vez más viajeros buscan alternativas: islas más tranquilas, más auténticas y, a menudo, más asequibles. El problema es que ese movimiento ya está en marcha, y las islas que hoy están casi vacías empiezan a aparecer en los algoritmos.

La tendencia es evidente: el flujo turístico se está redistribuyendo poco a poco. Los viajeros buscan un equilibrio entre comodidad, autenticidad y precio. La única pregunta es cuándo algunas de estas islas repetirán el destino de sus predecesores más famosos y afrontarán los mismos problemas de saturación.

El truco, si es que existe, es viajar en junio o septiembre, cuando el tiempo es agradable y las multitudes más manejables. Llegar en ferry, comer en tabernas sin carta traducida y no preguntarle a nadie por «el mejor atardecer fotogénico». Hay algo poético en que las mejores islas griegas sean precisamente las que no necesitan venderse. La pregunta que queda en el aire es cuánto tiempo más seguirán siendo un secreto.