Llevaba media vida conduciendo con chanclas en verano y nunca me había planteado que fuera un problema. Hasta ese día en el aparcamiento de la playa, cuando mi cuñado, que es monitor de autoescuela desde hace más de quince años, me miró los pies antes de subir al coche y soltó esa frase sin rodeos. Me quedé un momento con la puerta abierta, chancleta en mano, sintiéndome un poco tonto. Pero cuando me explicó lo que puede pasar en un frenazo de emergencia, entendí por qué él nunca, en todos los veranos que llevamos yendo juntos a la costa, se había puesto unas al volante.
Lo esencial
- Una chancla puede engancharse bajo los pedales en un frenazo de emergencia, retrasando tu reacción de manera crítica
- La ley no las prohíbe explícitamente, pero si hay accidente, tú eres responsable por no conducir en condiciones seguras
- La solución simple que usan los profesionales: un par de zapatillas en el maletero de mayo a septiembre
El problema no es la chancla. Es lo que hace en el momento menos esperado
La cuestión no es comodidad ni estética. Es biomecánica pura. Una chancla, por su propio diseño, no sujeta el talón. Y cuando frenas fuerte, el pie tiende a deslizarse hacia adelante dentro del calzado. En ese movimiento, la suela puede engancharse bajo el pedal del freno o del acelerador, o quedar atrapada entre ambos. Un par de centímetros de plástico o goma en el momento equivocado, y el pie no llega donde tiene que llegar, o llega tarde.
Mi cuñado me lo ilustró con un ejemplo muy concreto: imagina que vas a 90 km/h en una carretera de verano, llena de gente que entra y sale de pueblos costeros, y el coche de delante frena de golpe. Tu reacción es instantánea, pero tu pie no. La chancla se dobla, el talón se levanta, el movimiento pierde precisión. Esos milisegundos marcan la diferencia entre frenar a tiempo o no. No es un escenario apocalíptico, es física básica.
Lo curioso es que la mayoría lo sabemos, en algún rincón del cerebro. Pero el verano tiene esa capacidad de bajar la guardia. Sales de la playa, estás contento, vas en chanclas, el coche está a cincuenta metros… y te subes tal cual. Nadie lo piensa dos veces. Hasta que alguien te lo dice.
¿Es ilegal conducir con chanclas en España?
Aquí viene la parte que sorprende a mucha gente: técnicamente, el Reglamento General de Circulación no prohíbe de forma explícita conducir con chanclas, en chancletas o descalzo. Lo que sí establece, en su artículo 18, es que el conductor debe mantener la libertad de movimientos necesaria para maniobrar con seguridad. Y ahí está la trampa legal.
Si tienes un accidente y se determina que tu calzado contribuyó a la pérdida de control, puedes ser considerado responsable por no conducir en las condiciones adecuadas. La DGT lleva años advirtiendo sobre este punto concreto, especialmente en verano. No es una multa automática por las chanclas en sí, sino una responsabilidad que recae sobre el conductor si algo sale mal. La diferencia es sutil pero tiene consecuencias reales en términos de seguros y responsabilidad civil.
Dicho esto, los agentes sí pueden sancionar si consideran que el calzado compromete la conducción segura, con multas que pueden rondar los doscientos euros según el criterio aplicado. No es lo más habitual, pero existe esa posibilidad.
Lo que sí cambia cuando conduces descalzo o con calzado cerrado
Descalzo, por cierto, tampoco es la solución ideal, aunque intuitivamente pueda parecerlo. La planta del pie sin protección pierde presión sobre el pedal y se fatiga antes en trayectos largos. Además, si hay arena en el suelo del coche (algo que en agosto es prácticamente inevitable), el control sobre los pedales disminuye bastante. La arena actúa como capa deslizante entre el pie y el pedal. Un detalle pequeño, pero real.
La alternativa más sensata, y la que practica mi cuñado desde que empezó a dar clases, es tener un par de zapatillas o playeras en el maletero. No hace falta nada sofisticado. Unas zapatillas planas, con suela que agarre y que sujeten bien el talón. El ritual, en su caso, es el mismo desde hace años: llega al aparcamiento, se quita las chanclas, se pone las zapatillas, conduce, llega, vuelve a las chanclas. Dos minutos que ha convertido en hábito.
Lo gracioso, pensándolo bien, es que la mayoría de nosotros ya hacemos ese intercambio en otras situaciones sin cuestionarlo. Nadie va al gimnasio con chanclas de playa, ni a una senderata con zapatillas de ciudad. Pero al volante, por alguna razón, esa lógica se suspende en verano.
Un hábito pequeño con un impacto bastante grande
Desde aquella conversación en el aparcamiento, tengo un par de zapatillas en el maletero de mayo a septiembre. Es una de esas costumbres que, una vez adoptada, resulta ridículo no haber tenido antes. Y cuando se lo cuento a alguien, casi siempre veo la misma expresión que debí de tener yo: una mezcla de «claro, tiene sentido» y «nunca lo había pensado así».
Mi cuñado, por cierto, también me confesó que en sus clases de autoescuela este punto apenas se toca, porque la normativa no es explícita. Quizás por eso tantos conductores llegan al verano sin haberlo considerado nunca. La pregunta que me quedo rondando es cuántas cosas más hacemos al volante de forma automática, por costumbre o por inercia del momento, sin pararnos a preguntarle a alguien que sí lo ha pensado.