Corfú en agosto es una postal saturada: colas para embarcar en las excursiones a las calas, precios de restaurante que duelen y playas donde encontrar hueco para la toalla se ha convertido en deporte de riesgo. Y sin embargo, a apenas media hora en ferry, existe una costa que ofrece el mismo mar turquesa, las mismas montañas cayendo casi verticales sobre el agua, por la mitad de precio. Se llama Sarandë, y está en Albania.
Sí, has leído bien. Albania, ese país que durante décadas quedó fuera del mapa turístico europeo por su pasado comunista y su aislamiento, tiene hoy una de las costas más fotogénicas del Mediterráneo. Y la mejor noticia es que casi nadie lo sabe todavía, o al menos no lo suficiente como para que los precios se hayan disparado.
Lo esencial
- ¿Y si te dijéramos que el mejor mar turquesa del Mediterráneo está fuera de las islas griegas?
- A 30 minutos en ferry de Corfú existe una costa que geológicamente es idéntica pero cuesta la mitad
- Albania pasará de destino ignorado a destino de masas: esta es tu última ventana de precios auténticos
Una costa que copia a Grecia (y a veces la mejora)
La llamada Riviera Albanesa se extiende desde Vlorë hasta Sarandë, bordeando el mar Jónico con un paisaje que recuerda inevitablemente a las islas griegas vecinas. No es casualidad: geológicamente forman parte de la misma cadena montañosa que se hunde en el mismo mar. Calas de guijarros blancos, acantilados de piedra caliza, agua de un azul que parece retocado con filtro y pueblos encalados aferrados a la ladera. La diferencia está en el cartel de precios.
Ksamil, el pueblo costero más cercano a Sarandë, se ha ganado fama en los últimos años por unas pequeñas islas frente a la orilla que se pueden alcanzar nadando o en un breve trayecto en barca. Comparaciones aparte, muchos viajeros que han visitado ambos destinos aseguran que el agua de Ksamil compite sin complejos con la de Paxos o Antipaxos, esas islitas griegas de moda que hay justo enfrente.
Lo curioso es la cercanía física entre ambos mundos. Desde el puerto de Corfú salen ferries rápidos que cruzan el estrecho canal en unos treinta o cuarenta minutos, dependiendo de la naviera y las condiciones del mar. Es decir, se puede desayunar en una terraza griega y comer en una taberna albanesa el mismo día, cruzando lo que en la práctica es una frontera entre dos universos de precios.
Por qué ahora y no antes
Albania lleva un tiempo apareciendo en listas de destinos emergentes, y no por casualidad. El país ha invertido en mejorar carreteras costeras, ha simplificado trámites para visitantes europeos (los ciudadanos de la Unión Europea, incluidos los españoles, entran con el DNI o pasaporte sin necesidad de visado para estancias turísticas) y ha visto crecer su oferta hotelera, aunque todavía de forma más artesanal que industrial.
Eso es, precisamente, parte del encanto. No hay cadenas hoteleras homogéneas ni resorts todo incluido que uniformizan cualquier costa mediterránea. Lo que hay son pensiones familiares, apartamentos con terraza y vista al mar gestionados por gente del pueblo, y restaurantes donde el pescado del día se pesca literalmente esa mañana. La experiencia tiene un punto más auténtico, menos pulido, y para quienes buscan escapar del turismo de masas eso es oro puro.
El propio gobierno albanés ha declarado en varias ocasiones su intención de convertir el turismo en un pilar económico central para la próxima década, lo que explica la mejora progresiva de infraestructuras sin que eso haya significado, todavía, una escalada de precios equiparable a la de sus vecinos griegos o italianos.
Cómo organizarse sin complicarse
La lógica más habitual entre quienes ya han hecho esta ruta es combinar ambos destinos: unos días en Corfú disfrutando de su casco histórico veneciano, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, y el resto en la costa albanesa explorando Sarandë, Ksamil y, si el tiempo lo permite, las ruinas de Butrint, un yacimiento arqueológico a pocos minutos de Ksamil que mezcla vestigios griegos, romanos y venecianos en un entorno casi selvático junto a una laguna.
Los ferries entre Corfú y Sarandë operan sobre todo entre primavera y otoño, con mayor frecuencia en temporada alta. Conviene reservar con antelación en julio y agosto, cuando la demanda crece, aunque incluso en esos meses los precios de alojamiento y restauración en la costa albanesa siguen siendo notablemente inferiores a los griegos.
Para quien prefiera evitar el barco, también existe la opción de llegar por tierra desde otras ciudades del norte de Grecia, aunque el trayecto en ferry desde Corfú sigue siendo, con diferencia, la manera más rápida y pintoresca de cruzar.
Conviene llevar algo de efectivo en lek albanés, aunque el euro se acepta con normalidad en muchos negocios turísticos de la zona costera. La comunicación tampoco suele ser un problema: el inglés está bastante extendido entre quienes trabajan en turismo, y el italiano, sorprendentemente, también se entiende bien gracias a la proximidad histórica y a décadas de televisión italiana captada desde la otra orilla del Adriático.
El destino que aún puede sentirse tuyo
Hay algo especial en llegar a un lugar antes de que se llene de gente. No hablamos de descubrir un rincón secreto y virgen, porque Sarandë y Ksamil ya reciben visitantes, cada vez más. Pero todavía se puede sentir esa costa como algo propio, sin la sensación de estar haciendo cola para fotografiar el mismo trozo de mar que otros mil turistas fotografiaron esa misma mañana.
Puede que dentro de unos años esta costa albanesa haya alcanzado los precios de sus vecinas griegas, y que esta recomendación quede como una simple curiosidad de otra época. Mientras tanto, existe esta ventana, este momento exacto en el que el Jónico ofrece dos versiones de sí mismo: una cara y saturada, y otra, a media hora en ferry, que todavía guarda ese aire de descubrimiento. ¿Cuánto durará?