La primera vez que oí hablar de Extremadura como destino vacacional serio, me lo contó alguien que había ido al Algarve y, literalmente, se había quedado en España. Cruzó el puente sobre el Guadiana desde Portugal casi sin querer, paró en Badajoz a repostar y terminó pasando una semana. Hay algo en esto que merece una explicación.
El Puente Internacional sobre el río Guadiana conecta España y Portugal entre Ayamonte, en Huelva, y Vila Real de Santo António, en el Algarve. Para la mayoría de viajeros, ese puente es solo un paso: lo cruzas y ya estás en Portugal, rumbo a las playas, los pasteles de nata y el caos (cada vez más organizado, eso sí) de Albufeira. Pero si un día, por casualidad o por curiosidad, decides girar al norte en lugar de seguir la autopista costera portuguesa, el paisaje cambia de golpe. Y no vuelves a ser el mismo.
Lo esencial
- Una región del tamaño de Dinamarca con densidad poblacional bajísima y tres sitios UNESCO sin masificar
- Los portugueses ya lo saben: el turismo internacional a Extremadura creció 10% en 2025 mientras el Algarve se satura
- Tirolesas entre países, buitres leonados a la altura de los ojos y cerezos en flor: experiencias que ningún chiringuito costero puede ofrecer
Lo que el Algarve ya no puede darte
El Algarve es la región más volcada al turismo de todo Portugal. Y eso, que suena bien en los folletos, tiene una cara menos glamurosa en julio: playas con más toallas que arena, restaurantes con menú traducido a seis idiomas y apartamentos en segunda y tercera línea a precios que hacen daño. Albufeira ha conseguido pasar de ser un pequeño pueblo de pescadores, que todavía conserva un pequeño casco histórico de origen árabe, al exponente más claro del turismo en el Algarve. Y eso, según el tipo de viajero que seas, puede ser exactamente lo que buscas o exactamente lo que huyes.
El problema no es el Algarve en sí. El problema es que cada vez resulta más difícil encontrar allí eso que en teoría se va a buscar: autenticidad, silencio, la sensación de que has llegado a un lugar antes que la masa. La Costa Vicentina surge como alternativa asequible frente al saturado Algarve. Pero hay otra salida, menos obvia, más sorprendente: cruzar la frontera en dirección contraria.
Extremadura, el secreto más grande de la península
Extremadura es una comunidad autónoma muy extensa; su superficie es similar a la de Dinamarca. Piénsalo un momento. Un territorio del tamaño de un país europeo, con una densidad de población bajísima, compartiendo frontera con Portugal durante cientos de kilómetros. Limita al oeste con Portugal, lo que le confiere un carácter fronterizo y multicultural. Y sin embargo, sigue siendo una de las regiones más infravaloradas del turismo nacional. Un secreto a voces que, curiosamente, los portugueses llevan descubriendo antes que los propios españoles: en los últimos años han aumentado significativamente los turistas portugueses, atraídos por los eventos culturales y la naturaleza y patrimonio en toda la raya con Portugal.
Extremadura tiene tres sitios con la distinción Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. En Mérida, los visitantes no deberían perderse su conjunto arqueológico, que cada verano acoge un importante festival de teatro. El casco histórico de Cáceres también merece una visita, al igual que el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe. Tres declaraciones patrimoniales en una sola región española que casi nadie menciona cuando debate sobre a dónde ir de vacaciones. Algo falla en ese cálculo colectivo.
Fundada en el siglo I por los romanos bajo el nombre de Emerita Augusta, Mérida es un auténtico tesoro perfectamente conservado. Sus impresionantes ruinas romanas son reconocidas como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y ofrecen una ventana directa a uno de los periodos más fascinantes del pasado humano. Teatro romano, anfiteatro, acueducto de los Milagros. Todo junto, todo caminable, sin las aglomeraciones de destinos más mediáticos. Y con una gastronomía que no pide permiso: la dehesa extremeña produce un ibérico que rivaliza con cualquier cosa que puedas poner en el plato.
La frontera que une más que separa
Los pueblos fronterizos cuentan con atributos especiales, muchos de ellos de índole histórica debido al papel que jugaron en los enfrentamientos entre ambos países. Hoy todo es cordialidad y tanto municipios españoles como lusos ofrecen a los visitantes lugares y experiencias únicos. Esa frontera compartida, la llamada A Raia, genera un territorio híbrido con personalidad propia.
Olivenza, por ejemplo. Es un pueblo fronterizo con un encanto especial. Su iglesia, construida en estilo manuelino, es única en España. Los azulejos en blanco y añil narran historias religiosas, mientras que las columnas sogueadas recuerdan su origen luso. O Alcántara, donde el municipio fue escenario de la renuncia de Alfonso V de Portugal a la corona de Castilla en favor de Isabel la Católica, y la influencia de la Orden Militar que nació allí se puede observar en las numerosas fachadas de casas y palacios adornadas con portadas y blasones en el casco antiguo. Historia de dos países mezclada en una sola piedra.
Más al norte, casi en la frontera con Portugal, está Trevejo. Una pintoresca villa ubicada en la Sierra de Gata de Cáceres, reconocida como uno de los pueblos más bonitos de España, que brilla por su rica herencia histórica y su impresionante paisaje natural. Y si buscas algo que quite el aliento, existe la experiencia de cruzar el río en una tirolesa que conecta Sanlúcar de Guadiana con Alcoutim, en Portugal, permitiendo a los visitantes «volar» literalmente entre España y Portugal. Eso, conviene reconocerlo, el Algarve no lo tiene.
Naturaleza sin filtro: Monfragüe y los valles del norte
Declarado parque natural en 1979 y parque nacional en 2007, Monfragüe representa uno de los ecosistemas de bosque mediterráneo mejor conservados del continente. Cuando llegas al mirador del Salto del Gitano y ves cómo los buitres leonados planean a la altura de tus ojos, entiendes que hay experiencias que ningún chiringuito del Algarve puede sustituir. No te pierdas los miradores del Salto del Gitano o el del Castillo de Monfragüe para avistar aves como el águila imperial ibérica y el buitre negro.
Y más al norte, el Valle del Jerte y la comarca de La Vera. Desde Plasencia, el viaje se abre hacia dos comarcas espectaculares: el Valle del Jerte y La Vera. Cerezos, gargantas, cascadas y piscinas naturales dibujan un paisaje que cambia con las estaciones. En primavera, cuando los cerezos florecen, la imagen que ofrece el valle podría confundirse con Japón. Solo que está a dos horas de Madrid y a poco más de una de la frontera portuguesa.
Los números empiezan a dar la razón a quienes ya han descubierto esta región: 2025 fue el año de la consolidación del turismo internacional en Extremadura, con un aumento del 10% en las pernoctaciones internacionales y más del 7% en el número de viajeros extranjeros. Y el turismo en Mérida creció un 13,31% en viajeros, alcanzando las 400.000 pernoctaciones en 2025. El secreto se está empezando a filtrar.
La pregunta que queda flotando, después de todo esto, es la misma que se hacen los viajeros que descubren Extremadura casi por error: ¿cuántas regiones más habremos sobrevolado camino del destino de siempre, sin parar ni una sola vez?
Sources : infobae.com | turismo.norteextremadura.es