Hay trenes que llegan a su destino. Y hay trenes que son el destino. El Trenino Verde della Sardegna pertenece claramente a la segunda categoría, y quien lo ha tomado una vez entiende perfectamente por qué sus billetes se evaporan en cuestión de horas cada temporada. Noventa días al año. Solo noventa. Para recorrer algunos de los paisajes más salvajes y menos fotografiados del Mediterráneo, a una velocidad tan pausada que da tiempo a preguntarse por qué el resto de la vida va tan deprisa.
Lo esencial
- ¿Por qué un tren que funciona solo 90 días al año genera más demanda que muchos destinos turísticos europeos?
- Nueve horas entre rocas graníticas, pueblos olvidados y paisajes que las guías turísticas ni mencionan
- La estrategia secreta de los viajeros veteranos para no quedarse sin billete (y por qué el calendario es tan importante)
Un tren del siglo XIX que sigue funcionando por algún milagro hermoso
La historia de este tren empieza en 1888, cuando las autoridades de la época decidieron conectar el interior de Cerdeña mediante una red ferroviaria de vía estrecha. La isla no era terreno fácil: montañas abruptas, valles cerrados, pueblos encajados entre rocas. Los ingenieros construyeron una red de casi 400 kilómetros sorteando ese relieve con curvas imposibles y pequeños viaductos que hoy parecen esculpidos en el paisaje. Lo que entonces fue una necesidad práctica se ha convertido, más de un siglo después, en una de las experiencias ferroviarias más buscadas de Europa.
El «Trenino Verde» (literalmente, el trencito verde) opera entre junio y septiembre, y cubre varios tramos a lo largo de la isla. El más conocido parte de Mandas y llega hasta Arbatax, atravesando la Barbagia, la región del interior considerada una de las más auténticas y menos turistificadas de toda Italia. El tren avanza entre encinas, quejigos, ríos de aguas transparentes y aldeas donde el tiempo parece haberse detenido en algún momento de la segunda mitad del siglo XX. No hay prisa. No puede haberla: la velocidad máxima ronda los 50 kilómetros por hora, y en algunos tramos baja considerablemente.
Por qué agota las plazas más rápido de lo que imaginas
La temporada de operación dura exactamente lo que dura el verano sardo: esos meses en que el interior de la isla es transitable sin morir de frío por las noches pero antes de que el calor se vuelva imposible. Fuera de esa ventana, el servicio turístico se cierra. El tren sigue existiendo, claro, pero no para los viajeros que buscan la experiencia panorámica.
Ese calendario tan acotado, combinado con el boca a boca que ha ido creciendo en los últimos años entre viajeros que buscan alternativas al turismo de playa masificado, ha creado una demanda que supera con creces la oferta de plazas. Los vagones históricos tienen capacidad limitada, la gestión sigue siendo artesanal en el buen sentido, y quien planifica su verano en Cerdeña sin haber reservado este tren suele encontrarse mirando una pantalla de «no disponible» con cara de incredulidad.
La clave está en reservar con antelación en la web de la empresa gestora, ARST (Azienda Regionale Sarda Trasporti), que abre las reservas con meses de anticipación para los tramos más populares. Algunos viajeros veteranos ya tienen en el calendario el día exacto en que abren las reservas, como si fueran entradas para un concierto muy esperado.
Lo que nadie te cuenta del viaje en sí
El trayecto completo de Mandas a Arbatax dura alrededor de nueve horas. Nueve horas que, lejos de hacerse largas, se pasan asomado a la ventanilla con la sensación de estar viendo una Cerdeña que las guías turísticas apenas mencionan. Los vagones son una mezcla de material histórico restaurado y unidades algo más modernas, todos con ventanas amplias pensadas para que el paisaje sea el protagonista absoluto.
A lo largo del recorrido el tren hace paradas en pueblos pequeños donde es posible bajar, tomar un café o comprar algo en el mercado local, y volver a subir. No hay prisas de cronómetro. Esa lentitud, que en cualquier otro contexto podría parecer un defecto, aquí se convierte en la razón de ser del viaje. El tren te obliga a mirar. A fijarte en la textura de las rocas graníticas, en el verde oscuro de la vegetación, en ese río que aparece y desaparece entre los árboles durante kilómetros.
Hay viajeros que combinan el trayecto de ida en tren con el regreso en coche de alquiler, aprovechando para explorar los pueblos de la Barbagia con más calma. Otros directamente organizan todo el viaje a Cerdeña en torno al día del trenino, como si fuera el eje central de las vacaciones. Ambas aproximaciones tienen mucho sentido.
El tipo de viaje que te cambia la perspectiva
Vivimos en la era del avión de bajo coste, del hotel de diseño, del viaje optimizado al milímetro. El Trenino Verde es la antítesis de todo eso. No te lleva al destino más eficientemente; te lleva al destino más lentamente, más conscientemente, con más tiempo para que el trayecto te deje algo. Y en esa paradoja está exactamente su atractivo para un perfil de viajero que en España ha crecido mucho: el que ya ha hecho el circuito de playas y monumentos y busca algo que se quede en la memoria de otra manera.
Cerdeña, por cierto, no es un destino barato si se compara con otros rincones del Mediterráneo, y el verano sardo tiene sus picos de precio bien definidos. Pero el billete del trenino en sí tiene un precio razonable para lo que ofrece, y hay quien lo describe como «el mejor dinero gastado en unas vacaciones italianas». Difícil discutirlo desde fuera. Fácil entenderlo desde esa ventanilla, con el viento cálido de la Barbagia entrando mientras el tren dobla otra curva imposible hacia ningún sitio concreto y hacia todo a la vez.
¿Será este el año en que reservas antes de que se agoten?