Transilvania en agosto: 20°C, castillos sin colas y el secreto mejor guardado de los Cárpatos

Agosto en España significa cuarenta grados a la sombra, playas abarrotadas y la sensación de que medio país está en el mismo sitio que tú. Fue huyendo exactamente de eso como llegué a Transilvania por primera vez, casi sin querer, después de que un vuelo a Budapest me abriera la puerta a explorar Rumanía durante unos días. Lo que encontré al otro lado de los Cárpatos cambió completamente mi idea de lo que puede ser un viaje de verano.

Veinte grados en agosto. Cielos que alternan entre ese azul intenso de montaña y nubes de tormenta que llegan rápido y se van igual. Pueblos medievales donde las cigüeñas anidan en las chimeneas y los campesinos siguen llevando el heno en carros de madera. Y castillos. Muchos castillos, sin colas, sin grupos de turistas con paraguas de colores siguiendo a un guía con micrófono.

Lo esencial

  • ¿Por qué todos hablan de las costas españolas cuando existe un lugar con 20°C en agosto a pocas horas de vuelo?
  • Castillos de película, carreteras de montaña que cortan la respiración y pueblos donde el GPS se rinde
  • La sorpresa económica: vivir como rey en los Cárpatos cuesta menos que un fin de semana en una capital europea

La región que Europa olvidó poner en el mapa

Transilvania ocupa el centro de Rumanía, protegida por los Cárpatos como si la geografía hubiera querido mantenerla en secreto. No es que no existan turistas: Brasov, la ciudad más visitada de la región, recibe viajeros todo el año, y el castillo de Bran (ese que venden como «el castillo de Drácula», aunque la conexión con Bram Stoker sea bastante discutible) tiene su cola habitual en temporada alta. Pero basta alejarse unos kilómetros para que el paisaje vuelva a ser tuyo.

Lo que sorprende a quien llega sin demasiadas expectativas es la densidad histórica del territorio. En un radio de pocas horas de carretera conviven ciudades amuralladas fundadas por colonos sajones en el siglo XII, fortalezas campesinas donde los aldeanos guardaban sus cosechas de los ataques otomanos, palacios de la nobleza húngara y monasterios ortodoxos pintados de azul y ocre. Todo mezclado, todo relativamente bien conservado, todo con una pátina de tiempo que los filtros de Instagram no consiguen replicar.

Sinaia, a unos 130 kilómetros al norte de Bucarest, merece una mención aparte. El castillo de Peles, residencia veraniega de los reyes de Rumanía construida a finales del siglo XIX, es uno de esos edificios que hacen que te pares en seco. Neorrenacentista, con madera tallada, vitrales y una colección de armaduras que parece sacada de una película, fue durante décadas inaccesible al público y ahora puede visitarse. El precio de la entrada era, cuando estuve, irrisorio para lo que ofrece.

Carreteras de montaña y pueblos sin traducción al Google Maps

La Transfagărășan es, técnicamente, una de las carreteras más espectaculares de Europa. Construida en los años setenta por orden de Ceaușescu para cruzar los Cárpatos Meridionales, sube hasta más de 2.000 metros de altitud serpenteando entre lagos glaciares, picos nevados (sí, en agosto también hay nieve arriba) y vacas que cruzan la calzada con una calma envidiable. Solo está abierta en verano, y aun así hay días en que la niebla la cierra por las mañanas. Parte de su magia es esa, la imprevisibilidad.

Pero si la Transfagărășan tiene ya cierta fama entre los viajeros que investigan, los pueblos sajones del interior son otra historia. Biertan, Viscri, Câlnic. Nombres impronunciables que esconden iglesias-fortaleza declaradas Patrimonio Mundial por la Unesco, calles de adoquines donde los niños juegan sin que nadie les vigile demasiado, y casas de colores pastel con las puertas abiertas. En Viscri, dicen que el rey Carlos III tiene una casa restaurada desde hace años (cuando aún era Príncipe de Gales), algo que los locales cuentan con una mezcla de orgullo y normalidad que resulta encantadora.

El transporte público entre pueblos pequeños existe pero es lento y poco frecuente. Alquilar un coche en Brasov o Cluj-Napoca transforma el viaje: de repente, cada desvío en la carretera abre una posibilidad nueva, y parar en medio de la nada para fotografiar un campo de girasoles no le hace perder el ritmo a nadie.

El coste de viajar por Transilvania: una sorpresa agradable

Rumanía sigue fuera del euro, lo que tiene consecuencias directas en el bolsillo del viajero que llega con moneda fuerte. Dormir bien en Brasov, comer en restaurantes locales sin privarse de nada, moverse en coche de alquiler y pagar todas las entradas a monumentos sale por una fracción de lo que costaría en cualquier capital del oeste de Europa. No es que todo sea barato a cualquier precio: los alojamientos de diseño en los pueblos sajones restaurados tienen sus tarifas, y hay opciones de gama alta pensadas para el turismo extranjero. Pero la horquilla inferior es generosa.

La gastronomía merece tiempo y hambre. La ciorbă de burtă (una sopa de callos que suena peor de lo que sabe), el mici (rollos de carne especiada a la brasa que se comen en cualquier terraza), los quesos de montaña y el vino de las laderas de los Cárpatos componen una cocina sin pretensiones que alimenta bien y cuesta poco. Los mercados locales de los jueves y domingos son otro nivel: más frescos, más baratos y con más conversación inesperada incluida.

Cuándo ir y por qué el verano tiene lógica propia

Junio y septiembre son los meses perfectos sobre el papel: menos afluencia, precios más bajos, luz espléndida. Pero agosto, a pesar de ser temporada alta, funciona mejor de lo que sugiere la lógica. La razón es sencilla: el turismo masivo de sol y playa no llega a los Cárpatos, así que el «lleno» de agosto en Transilvania se parece al «tranquilo» de mayo en la costa española.

Las conexiones aéreas desde España han mejorado en los últimos años: vuelos a Bucarest y a Cluj-Napoca desde varias ciudades españolas hacen que el acceso sea menos complicado de lo que el mapa sugiere. Una semana es suficiente para llevarse una primera impresión que deja ganas de volver. Dos semanas permiten perderse de verdad, que es, al final, lo único que uno busca cuando huye del verano de siempre.

Hay destinos que se visitan porque todo el mundo lo hace. Y hay destinos que se descubren casi por accidente, que es cuando suelen quedarse más tiempo en la memoria. Transilvania pertenece claramente a esa segunda categoría, y lo mejor es que, por ahora, no tiene demasiada prisa en cambiar.