Tenías diez días reservados. Diez días en el calendario, el billete de vuelta pagado, el jefe avisado. Y entonces llegas a Palawan y algo cambia. No sabes exactamente cuándo ocurre: quizás es cuando la bangka dobla un acantilado de piedra caliza y aparece ante ti una laguna de color esmeralda que parece inventada. Quizás es cuando te sirven pescado recién sacado del mar por menos de lo que cuesta un café en Madrid. O quizás es simplemente que, aquí, el tiempo tiene otra textura.
Palawan no es solo una isla. Bañada por el Mar de la China Meridional y el Mar de Joló, la alargada provincia insular está formada por 1.780 islas y destaca por su extraordinaria biodiversidad, lo que le ha valido el apodo de «la última frontera ecológica de Filipinas». Y los números respaldan su fama: cuando U.S. News & World Report publicó en 2025 su lista de las mejores islas del mundo, Palawan encabezó el ranking, superando a destinos tan legendarios como Bora Bora, Santorini o las Maldivas. No es la primera vez: Travel + Leisure la ha nombrado mejor isla del mundo cinco veces, en 2013, 2016, 2017, 2020 y de nuevo en 2024.
Lo esencial
- ¿Qué tiene Palawan que la hace superar a Bora Bora, Santorini y las Maldivas cinco años consecutivos?
- Los viajeros llegan por 10 días y desaparecen durante meses: ¿cuál es su secreto?
- Jacques Cousteau la llamó ‘el último refugio’ — pero descubre qué la hace casi imposible de abandonar
El lugar del que Jacques Cousteau no quería marcharse
El Nido, bautizado como «el último refugio» por Jacques Cousteau, es hoy uno de los destinos más codiciados por viajeros que buscan un nirvana reconocido como uno de los mejores del mundo. El oceanógrafo francés sabía lo que hacía al darle ese nombre. Frente al pueblo, alrededor de 45 islas e islotes salpican la bahía de Bacuit, un laberinto trazado por los típicos promontorios calizos que definen los paisajes del Sudeste Asiático.
Pero Palawan no se acaba en El Nido. La isla es, en realidad, un universo de destinos encadenados. Ofrece alrededor de 1.700 pequeñas isletas distribuidas entre cuatro destinos principales: El Nido, Puerto Princesa, Coron y San Vicente. Mientras El Nido es el paraíso tropical por excelencia, Coron es famoso por los naufragios de doce naves japonesas de la Segunda Guerra Mundial que yacen en el fondo del mar y se pueden explorar. Debajo del agua, la historia se toca con las manos.
Entre las 7.641 islas del archipiélago filipino, Palawan destaca como la joya que los viajeros sueñan: lagunas de color esmeralda escondidas entre acantilados de piedra caliza, pecios japoneses de la Segunda Guerra Mundial bajo aguas cristalinas, y un río subterráneo catalogado como Patrimonio de la Humanidad que serpentea entre rocas antiguas. Y si todo eso no bastara, los arrecifes de Tubbataha, otro bien declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, protegen especies marinas raras y algunos de los ecosistemas coralinos más prístinos del planeta.
Por qué la gente extiende su estancia semana tras semana
La trampa de Palawan es sutil. Llegas con un itinerario ajustado, con la lógica de quien ha planificado un viaje eficiente. Y entonces descubres que el turismo de masas solo conoce una fracción de sus playas, y el resto queda a disposición del viajero. Cada vez que crees haberla agotado, aparece una playa más. Una cala sin nombre. Un pueblo pesquero donde nadie espera verte.
La tendencia del «slow travel» ha encontrado en Filipinas su hogar perfecto: quedarse más tiempo en un sitio, sumergirse en la cultura y encontrar alegría en las experiencias en lugar de en los horarios. El archipiélago ofrece alojamientos accesibles para estancias largas, desde cabañas de playa hasta hoteles boutique, y en provincias como Bohol, Dumaguete o Siargao los precios son considerablemente menores que en otros destinos playeros del Sudeste Asiático.
Port Barton, el pequeño pueblo costero a medio camino entre Puerto Princesa y El Nido, es quizás el mejor ejemplo de esta magia. Le hacen especial su gente, su paz, sus calles de tierra, sus cortes de luz y sus restaurantes locales que redefinen la palabra «barato». Nada espectacular sobre el papel. Imposible abandonar en la práctica. El centro del buceo está en Port Barton, un pueblo de apenas dos calles donde la jungla se precipita en la bahía. El tipo de sitio del que, tras un par de paseos por la playa, uno no quiere marcharse.
Hay algo más que juega a favor de quedarse: Filipinas no está diseñada para las prisas, los ferris salen tarde, las tormentas aparecen sin avisar, y los mejores momentos ocurren cuando no los estás buscando. Viajar lento aquí significa menos destinos, experiencias más profundas y tiempo real para conectar con la gente, la comida y el mar.
La isla que tiene de todo, pero exige algo de ti
Sería deshonesto pintar Palawan como un paraíso sin aristas. Los viajeros que la recorren la describen como un destino que recompensa a quien llega con «mentalidad aventurera»: los ferris, los trayectos largos en autobús y las carreteras desiguales forman parte de la experiencia, algo que seduce a los mochileros veteranos, pero que puede desalentar a los turistas acostumbrados a la logística más pulida del resto del Sudeste Asiático.
Para los españoles, la buena noticia es que no se necesita visado de entrada en Filipinas para una estancia turística de hasta 30 días. Y la temporada ideal para viajar tiene su propio ritmo: la mejor época para visitar es entre noviembre y mayo, cuando hay menos probabilidad de lluvia, aunque Palawan disfruta de un clima tropical cálido todo el año, con temperaturas que alcanzan su pico entre marzo y abril alrededor de los 33°C, mientras que de noviembre a febrero el ambiente es más fresco y agradable, en torno a los 23°C.
En febrero de 2025, el Senado filipino introdujo un proyecto de ley de visado para nómadas digitales, con el objetivo de atraer a profesionales independientes que puedan trabajar y vivir en el país hasta un año. Destinos como Siargao y Palawan ya están viendo un aumento de visitantes de larga estancia que buscan tanto belleza natural como conectividad. La isla se está preparando para ese nuevo tipo de viajero: el que no llega a «ver» sino a «estar».
Qué significa volver a casa
Palawan no es solo una tendencia de 2025: ofrece una experiencia que combina aventura, belleza natural y ese ritmo pausado que el resto del mundo parece haber olvidado. Recompensa a los viajeros que valoran el asombro por encima del wifi: kayakeando hacia la Gran Laguna mientras la luz de la mañana tiñe el agua de verde neón, o flotando sobre la silueta fantasmal de un carguero japonés a 25 metros de profundidad.
Cuando por fin reservas el vuelo de vuelta, cuando subes al avión con la mochila llena de arena y la cabeza llena de lagunas, ocurre algo curioso: ya estás pensando en cuándo volver. Palawan hace eso. No te retiene por la fuerza. Te retiene porque, sin que te des cuenta, te ha enseñado a no tener prisa. Y esa, quizás, es la lección de viaje más cara de aprender, y la única que no tiene precio de entrada.