Me metí en el agua en la playa des Catalans de Marsella solo para refrescarme: a 5 metros de profundidad entendí por qué la gente nadaba toda hacia el mismo punto

El agua templada del Mediterráneo, ese runrún constante de voces en varios idiomas, el olor a crema solar mezclado con sal. Todo parecía una tarde de playa cualquiera en Marsella hasta que decidí alejarme un poco de la orilla para nadar tranquila. A unos cien metros de la arena, con el agua ya por encima de la cabeza, entendí de golpe por qué media playa nadaba en línea recta hacia el mismo punto: bajo mis pies, a cinco metros de profundidad, había todo un museo esperando.

No es una leyenda urbana ni un rumor de turistas despistados. El Musée Subaquatique de Marseille, inaugurado en 2020, es una galería de arte única situada a cinco metros de profundidad, a unos cien metros de la playa des Catalans. Ponerte las gafas de buceo bajo el agua y ver aparecer entre la bruma azulada una figura humana esculpida en piedra tiene algo de sueño lúcido. Durante unos segundos dudas si lo que ves es real o si el sol te ha dado más fuerte de la cuenta.

Lo esencial

  • Un museo de arte completamente sumergido escondido bajo la playa más turística de Marsella
  • Accesible sin certificación de buceo: solo necesitas máscara, tubo y 200 metros de nado
  • Las esculturas están vivas: con el tiempo, se convierten en hogares para crustáceos y peces del Mediterráneo

Un museo que solo existe si te mojas

La gracia de este sitio es que no hay entrada, ni cartel, ni cola. El Musée Subaquatique de Marseille es una instalación multiartista de once obras situada a cien metros de la playa des Catalans e inmersa a cinco metros de profundidad. Tampoco fue un camino sencillo: en abril de 2019 el Collectif de défense du littoral 13 había obtenido en referé la suspensión del decreto que autorizaba la creación de este museo subacuático, por cuestiones de seguridad y procedimiento. Al final, tras casi dos años de idas y venidas, este museo fuera de lo común se convirtió en realidad el 15 de septiembre de 2020.

Lo curioso es que el proyecto inicial era otro completamente distinto. Con el sello «Diamante» dentro del marco de Marsella Provenza Capital Europea del Deporte 2017, el museo debía ser el primer museo totalmente sumergido del Mediterráneo con obras del artista Jason de Caires Taylor. Al final, el escultor inglés terminó instalando sus obras en 2020 al sur de la isla Sainte-Marguerite, en Cannes, y surgió un nuevo proyecto con una decena de esculturas de artistas, sobre todo locales, en 2.400 metros cuadrados. Un pequeño desvío del destino que terminó regalando a Marsella su propia identidad bajo el agua, en vez de copiar la de otro sitio.

Las esculturas no están hechas de cualquier material. Los artistas crean las diferentes esculturas con cemento marino reciclado de pH neutro, para no impactar el medio marino. Con el tiempo, ese cemento se ha convertido en una superficie perfecta para que la vida marina eche raíces: las esculturas, talladas en materiales que no afectan al medio marino, se convierten en hábitats naturales donde se instalan crustáceos y pequeños peces. Nadar entre ellas es un poco como visitar unas ruinas romanas colonizadas por musgo, solo que aquí el musgo son anémonas y el silencio es literal, roto solo por tu propia respiración a través del tubo.

Cómo ver el museo sin necesitar botella de oxígeno

Lo mejor de todo (y lo que explica que se llene de bañistas cada verano) es que no hace falta ser buceador certificado. Basta con poder nadar doscientos metros, cien de ida y cien de vuelta, e ir equipado con máscara o gafas, tubo y aletas: sin máscara, la visita no tiene sentido. El agua mediterránea suele estar lo bastante clara como para distinguir las siluetas desde la superficie, aunque conviene elegir un día con poco viento y oleaje suave si quieres disfrutarlo de verdad.

La organización lo deja claro: se puede visitar el sitio por cuenta propia y bajo la propia responsabilidad. El sitio está abierto a todo el mundo. Eso sí, hay unas normas de sentido común que conviene respetar, entre ellas no tocar las esculturas, evitar tocar organismos marinos que pueden picar o ser tóxicos, y no recolectar organismos vivos como conchas o erizos de mar. Al final se trata de mirar sin invadir, como en cualquier museo que se precie, solo que aquí las paredes se mueven con la corriente.

Entre las piezas que más suelen comentarse está una figura de Poseidón obra del escultor Christophe Charbonnel, un guiño directo a la mitología griega que tiene mucho sentido flotando en pleno Mediterráneo. También hay una escultura conectada, bautizada «Resiliencia», que forma parte de un proyecto con estudiantes de ingeniería y que sirve para monitorizar la calidad del agua de la ensenada en tiempo real. No es solo arte por el arte: es ciencia ciudadana camuflada de museo.

Por qué merece la pena aunque no seas de agua fría

Confieso que llegué a Marsella pensando en la playa des Catalans solo como el sitio más cómodo para darme un chapuzón cerca del centro, y en parte lo es. Muy popular entre locales y viajeros, se encuentra en el barrio del Pharo, a un paso del Viejo Puerto. Lo que no esperaba era encontrarme con un ecosistema artificial pensado para durar décadas, cuidado por biólogos y con un objetivo que va más allá del selfie bonito bajo el agua.

Si te animas a probarlo, un consejo práctico: no hace falta gastar en equipo de alta gama. Unas gafas de snorkel decentes y ganas de nadar bastan, aunque conviene avisar a alguien en la orilla de que vas hacia allí y no ir solo si es tu primera vez con tubo. La sensación de cruzar esos cien metros de mar abierto, sabiendo que al final te espera algo que no vas a ver en ninguna otra playa de España o de Francia, tiene un morbo especial que ninguna piscina climatizada podrá darte nunca.

La próxima vez que alguien te diga que ha estado en Marsella y solo ha tomado el sol en la arena, pregúntale si llegó a mojarse la cara más allá de la orilla. Puede que se esté perdiendo la mejor parte del viaje, la que ni siquiera aparece en las fotos de Instagram porque está escondida bajo un metro de agua salada.