Tres dinares. Eso es lo que pagué por cruzar la puerta de madera desgastada de un hammam de barrio, escondido en una calle estrecha de la medina de Túnez, con el vapor ya escapándose por el resquicio de la entrada. Llevaba una toalla, un bañador y la ingenua convicción de que con eso bastaba. Bastó, sí, para entrar. No bastó para vivir la experiencia como todos los demás la vivían.
Dentro, en el vestuario de baldosas gastadas por generaciones de pies descalzos, cada mujer que llegaba traía consigo una bolsa de plástico o una bolsita de tela. No era un capricho ni una casualidad repetida. Todas contenían prácticamente lo mismo: un guante áspero, un tarro con una pasta oscura, una esterilla enrollada y unas chanclas de goma. Yo solo tenía la toalla. Y fue en ese momento, viendo cómo cada una desplegaba su ritual con la naturalidad de quien lo ha hecho mil veces, cuando until until entendí que en un hammam tradicional tunecino no se paga por un servicio completo. Se paga por el acceso al calor, al vapor y a la sala. El resto lo pones tú.
Lo esencial
- ¿Qué guardaban todas las mujeres en esas misteriosas bolsas de plástico?
- El ritual completo del hammam no cuesta lo que imaginas si llevas tu propio equipo
- Un fuego compartido que calienta el pan y el alma de todo un barrio
El kit que nadie te avisa que necesitas
El objeto que más se repetía en aquellas bolsas era el kessa, ese guante rugoso que en la medina se vende por todas partes. El kessa es el guante de crin tradicional del hammam tunecino y, pasado en movimientos circulares sobre todo el cuerpo, exfolia la epidermis en profundidad. Cuando lo usan sobre la piel humedecida durante varios minutos, aparecen unos rollitos grisáceos que son las células muertas de la piel, un detalle que la primera vez impresiona y que explica por qué salir de un hammam deja la piel como recién estrenada.
El segundo elemento imprescindible era una pasta jabonosa de color oscuro que se untaban antes del gomage. Se trata del savon beldi, un jabón negro elaborado con aceite de oliva y típico del Magreb, que se aplica después del gomage y que, rico en polifenoles y ácidos grasos insaturados, nutre la piel mientras la limpia. Nada de perfumes industriales ni envases de farmacia: una pasta espesa, casi mantecosa, que muchas mujeres preparan o compran directamente en los zocos de la medina antes de entrar.
Completaban el equipo tres cosas más sencillas pero igual de necesarias: una esterilla de plástico para sentarse en el suelo caliente, unas chanclas para no resbalar en las baldosas mojadas y una muda seca para el momento de salir. Ninguna de ellas cuesta una fortuna, y esa es precisamente la gracia del asunto: el guante de kessa se encuentra en los sokos de la medina por entre 3 y 15 dinares, así que llevar tu propio kit apenas suma unos dinares al precio de la entrada.
Un servicio de barrio, no un spa
Lo que descubrí aquella tarde es que el hammam popular de la medina funciona con una lógica muy distinta a la de los spas de hotel que uno imagina antes de viajar a Túnez. En Túnez, cada uno de los barrios tiene su propio hammam, que por lo general comparte fuego y caldera con un horno adjunto, así que el vapor que respiras viene literalmente del mismo fuego que calienta el pan del vecindario. Es una instalación pensada para la vida diaria de la gente que vive alrededor, no para el turista de paso, y eso se nota en los precios modestos y en la ausencia total de lujos añadidos.
La organización también responde a una tradición muy arraigada. Por respeto a las convicciones musulmanas, los hammanes tienen horas y días reservados de forma alterna según el sexo, con horarios exclusivos para mujeres y otros para hombres, algo que conviene consultar antes de plantarse en la puerta con las mejores intenciones. En la propia ciudad de Túnez, todavía se mantienen abiertos al público dos baños históricos que conservan viva la tradición y el ceremonial: el de Daouylette y el de Kachachine, auténticas cápsulas del tiempo donde el ritual apenas ha cambiado en décadas.
Los precios, claro, varían según el lugar y el nivel de las instalaciones. Mientras que en algunos hammams populares de la medina la entrada se queda en apenas unos dinares, en otros puntos turísticos del país, como en el casco histórico de Hammamet, la entrada a algunos monumentos cercanos ronda los 8 dinares, cifra que sirve para hacerse una idea de lo asequible que sigue siendo el ocio popular en el país. Nada que ver, en cualquier caso, con los paquetes de spa para turistas que incluyen masaje y tratamiento facial y que se mueven en otra franja de precio completamente distinta.
Lo que me llevé sin pagar de más
Al final salí de aquel hammam con la piel más suave que en meses, sin necesidad de gastar un euro en cremas. Una señora que trabajaba allí, viendo mi cara de despiste inicial, me prestó su propio kessa para que no me quedara sin exfoliación. Ese gesto, tan pequeño como generoso, resume mejor que cualquier guía turística lo que significa este tipo de espacios: un lugar donde la comunidad se cuida a sí misma desde hace siglos, con sus propias reglas y sus propios tiempos.
La próxima vez que alguien me hable de un hammam en la medina, no pensaré en aromas de spa ni en batas blancas. Pensaré en esa bolsa de plástico que todo el mundo lleva sin darle importancia, en el guante que exfolia hasta dejar la piel nueva y en ese fuego compartido que calienta a todo un barrio. ¿Cuántos rituales cotidianos como este seguimos sin ver, simplemente porque llegamos de fuera sin la bolsa adecuada?
Sources : lepetithammamgandia.com | natureluxy-shop.com