Fleury-devant-Douaumont: El pueblo francés que murió en la guerra y sigue enterrado bajo sus propias ruinas

Tengo suficiente información para escribir un artículo rico, factual y atractivo sobre este tema, centrado en Fleury-devant-Douaumont y los pueblos fantasma de la Primera Guerra Mundial, con la «zona roja» como secreto olvidado durante un siglo.

Imagina caminar por un bosque tranquilo en el noreste de Francia, rodeado de hayas y robles que parecen guardar silencio a propósito. El terreno ondula de forma extraña bajo tus pies: no son caprichos del relieve, sino las cicatrices de miles de obuses que cayeron aquí hace más de cien años. Lo que pisas no es tierra: es lo que queda de un pueblo entero. Un pueblo con nombre, con vecinos, con panadero y con carnicero. Que simplemente dejó de existir.

La historia de Fleury-devant-Douaumont podría parecer una leyenda, pero está inscrita en los registros oficiales de la República Francesa con una mención que no tiene parangón: Mort pour la France. Muerto por Francia. Después de seis meses de combates y bombardeos continuos, el pueblo nunca renació de sus cenizas. Decretado «Mort pour la France» en 1918, fue declarado pueblo destruido en 1919. No hubo reconstrucción. No hubo regreso. Solo el silencio del bosque que lo fue cubriendo todo, despacio, durante décadas.

Lo esencial

  • Un pueblo cambió de propietario 16 veces en seis meses de bombardeos continuos
  • La tierra que lo cubre sigue siendo tan peligrosa que necesitaría 700 años para descontaminarse
  • Tiene alcalde pero cero habitantes: un municipio que solo existe para no olvidar

Un pueblo que cambió de manos dieciséis veces

Antes de la Primera Guerra Mundial, Fleury-devant-Douaumont era un pueblo cuyos 422 habitantes, en 1913, vivían principalmente de la agricultura cerealera y del trabajo de la madera. Una existencia apacible, anclada en el ritmo de las estaciones, que nada hacía presagiar lo que vendría. Pero la construcción de la ceintura fortificada de Verdún colocó al pueblo en el centro de un dispositivo que incluía los fuertes de Douaumont, de Souville, de Vaux y el bastión de Froideterre. Su posición geográfica, que siempre había sido un privilegio, se convirtió de golpe en una condena.

Durante la Batalla de Verdún, en 1916, el pueblo fue capturado y recuperado por alemanes y franceses dieciséis veces, con todas sus estructuras completamente destruidas. Dieciséis. El número cuesta de procesar. Cada vez que un ejército lo arrebataba al otro, los obuses arrasaban lo que quedaba en pie. En octubre y noviembre de 1916, sus ruinas sirvieron de base de partida para las ofensivas dirigidas por el general Mangin que permitieron recuperar los fuertes de Douaumont y de Vaux al enemigo. El pueblo murió para que otros pudieran seguir luchando. Una lógica de guerra que hiela.

Fleury-devant-Douaumont, al igual que el resto de poblaciones destruidas durante la batalla, fue declarada villa «Morte pour la France», y el gobierno francés permitió que conservara su personalidad jurídica. Tiene un alcalde, designado por la prefectura del Mosa, que inspecciona frecuentemente el pueblo. Un alcalde sin vecinos. Un municipio con censo oficial de cero habitantes. Algo que, pensándolo bien, dice más sobre cómo los franceses gestionan la memoria colectiva que cualquier monumento.

El secreto que duerme bajo la tierra

Aquí es donde la historia se vuelve más inquietante. Porque el verdadero secreto de Fleury no son sus ruinas visibles, sino lo que esconde el subsuelo. La tierra alrededor fue contaminada con cadáveres, municiones, explosivos y gas venenoso, por lo que se consideró demasiado contaminada para reanudar la agricultura y fue declarada Zona Roja.

Los campos de batalla de Verdún son el epicentro de lo que en Francia se conoce como la zona roja, un área que al final de la guerra estaba saturada de proyectiles sin estallar, muchos de ellos con gases venenosos, granadas y municiones oxidadas. El suelo estaba muy contaminado por plomo, mercurio, cloro, arsénico, diversos gases peligrosos, ácidos y restos humanos y animales. Un cóctel letal que el tiempo no ha neutralizado. Que el bosque cubre, pero no elimina.

Lo más sorprendente es la escala del problema. Cada año se recuperan decenas de toneladas de cartuchos, proyectiles de mortero y obuses sin estallar. Según informes oficiales, a las tasas actuales de recuperación, se necesitarían al menos setecientos años para limpiar completamente esta área. Setecientos años. Estamos hablando del año 2726 antes de que esa tierra pueda respirar de nuevo. Desde el fin del conflicto, cerca de mil personas han fallecido por explosiones o envenenamiento en este sector. No es historia antigua: es un peligro activo, hoy mismo, en plena Europa del siglo XXI.

Bajo la ley francesa, actividades como la urbanización, el cultivo o la silvicultura estuvieron temporal o permanentemente prohibidas en la zona roja, debido a las ingentes cantidades de restos humanos y animales y a los millones de municiones sin explotar que contaminaban la tierra. La naturaleza tomó el relevo donde los humanos se rindieron. Y el bosque que hoy cubre Fleury, paradójicamente verde y hermoso, es también la mejor señal de alarma: donde crecen esos árboles, nadie debería excavar sin autorización.

Visitar lo que quedó: un paseo entre fantasmas con nombre

Quedan los vestigios donde los emplazamientos de las casas y los lugares públicos están simbolizados. Recuerdan los oficios y las actividades de estas antiguas comunidades rurales. Hay carteles que dicen: aquí estaba la casa del herrero. Aquí la escuela. Aquí la taberna del señor Hubert. En Fleury se mantiene el trazado de las calles. Puedes caminar por ellas. Puedes seguir el recorrido de lo que fue la Rue Saint-Nicolas sin que haya nada a los lados salvo hierba, árboles y la imaginación.

Clasificado en «zona roja» y decretado «Mort pour la France» en 1918, Fleury-devant-Douaumont tiene el estatus único de pueblo destruido de 1919. Sus habitantes, al no poder reconstruir sus vidas allí, levantaron en 1934 una capilla-refugio en el emplazamiento de su iglesia totalmente arrasada. Esa capilla sigue en pie hoy. Es uno de los pocos elementos construidos en el siglo XX que existe dentro de lo que fue el pueblo. Una forma muy francesa de decir: no os olvidamos, pero tampoco podemos volver.

Fleury-devant-Douaumont es la más visitada de las comunas destruidas en la batalla. Se encuentra a menos de ocho kilómetros al noreste de Verdún, junto al Memorial de Verdún, y forma parte de uno de los circuitos de memoria histórica más completos de Europa. Para los españoles que planeen un viaje por Francia, la zona de Verdún es un desvío que cambia la perspectiva de viaje: no hay parque temático que logre lo que logra ese paisaje silencioso.

Dos pueblos fantasma, dos guerras, una sola lección

Fleury no está solo en esta historia. Nueve pueblos, situados en la «zona roja», fueron totalmente borrados del mapa durante la Batalla de Verdún: Beaumont-en-Verdunois, Bezonvaux, Cumières-le-Mort-Homme, Douaumont, Fleury-devant-Douaumont, Haumont-près-Samogneux, Louvemont-Côte-du-Poivre, Ornes y Vaux-devant-Damloup. Ninguno fue reconstruido. Estos pueblos fantasma, muertos por Francia, presentan una memoria emotiva a través de las capillas y los monumentos conmemorativos erigidos tras la guerra.

Y si la Gran Guerra dejó sus muertos en el subsuelo del Mosa, la Segunda Guerra Mundial dejó los suyos sobre el suelo de la Haute-Vienne. El 10 de junio de 1944, cuatro días después del desembarco de Normandía, una división de las Waffen-SS alemanas asesinó a toda la población de Oradour-sur-Glane, con un total de 643 víctimas. Con el fin de la guerra en 1945, Oradour-sur-Glane permaneció intacto como «pueblo mártir», pues el general Charles de Gaulle ordenó que no se reconstruyera. Dos pueblos. Dos guerras. Dos formas distintas de morir. Una sola decisión compartida: que el olvido no sería una opción.

Lo que más me impresiona de Fleury-devant-Douaumont no son sus ruinas, sino ese alcalde que administra un municipio vacío, esa capilla construida sobre cenizas, ese bosque que crece sobre un cementerio de metal y gas. La pregunta que queda flotando es sencilla pero no tiene respuesta fácil: ¿cuántos secretos más están dormidos bajo tierras que hoy parecen inocentes? Quizá la verdadera lección de estos pueblos fantasma es que la historia no desaparece cuando demolemos sus escenarios, sino que se hunde, espera, y vuelve a emerger cuando menos lo esperamos.