Paseé por el centro de Hvar en bikini pensando que era normal: cuando el agente me paró y me enseñó la multa de 600 €, ya era demasiado tarde

Un paseo tranquilo por las callejuelas de piedra de Hvar, bikini todavía puesto tras un chapuzón en la Riva, y de repente un agente municipal se planta delante con un bloc de multas en la mano. Es la escena que se repite cada verano en varias ciudades del Adriático y que ha protagonizado más de un titular estas semanas: la multa puede llegar a los 600 euros, y no hay margen para el «no lo sabía».

Porque en Hvar esto no es una anécdota aislada ni una leyenda urbana de las que circulan en foros de viajeros. Es una ordenanza municipal real, con sanciones económicas de verdad, que lleva años aplicándose con más o menos rigor según la temporada.

Lo esencial

  • Un agente municipal puede multarte con 600 euros por pasear en bikini por el centro de Hvar
  • La sanción se aplica instantáneamente, sin cartas ni plazos: el cobro es en el momento
  • Barcelona, Sorrento, Dubrovnik y Albufeira también multan el bañador callejero, pero ¿cuál es la verdadera razón?

Por qué Hvar multa el bikini fuera de la playa

La isla croata fue, de hecho, pionera en este tipo de restricciones dentro del país. Hvar fue un pionero: en 2017, cuando la prohibición fue introducida por el alcalde Rikardo Novak, recién elegido entonces, la multa reportadamente alcanzaba unos 600 euros. Lo que en su momento pudo parecer una medida exagerada se ha consolidado como norma, y hoy sigue vigente con esa misma cuantía como techo sancionador.

Las fuentes turísticas más recientes lo confirman sin matices: a quienes se les vea en bikini o bañador fuera de las zonas de playa designadas o piscinas se les puede imponer una multa de hasta 600 euros. Y hay un segundo escalón, más inmediato y casi más temido por lo instantáneo: se puede imponer una sanción de 500 euros sobre el terreno a cualquiera que sea visto paseando sin camiseta o con ropa demasiado reveladora en el centro de Hvar. Nada de cartas, nada de plazos de veinte días. El agente para, explica, y cobra ahí mismo.

No es capricho de un alcalde con mano dura. En las localidades costeras de Split, Dubrovnik y Hvar, en Croacia, se han aprobado leyes de «alteración del orden público» contra cualquiera que camine con el torso desnudo o en traje de baño. El objetivo declarado es proteger el patrimonio histórico (Hvar, como Dubrovnik y Split, presume de un casco antiguo que atrae a millones de visitantes cada verano) y frenar una imagen de «playa improvisada» que muchos vecinos consideran fuera de lugar entre iglesias del siglo XVI y palacios renacentistas.

No es solo Hvar: el mapa europeo del bikini prohibido

Lo curioso es que esta obsesión por la vestimenta urbana se ha extendido como una ola por todo el sur de Europa, y España no queda fuera del mapa. Ciudades como Sorrento en Italia, Dubrovnik en Croacia y Barcelona en España han implementado reglas estrictas que prohíben a los turistas caminar por las calles en bikini o sin camiseta. En la capital catalana, de hecho, la normativa lleva más tiempo rodando de lo que muchos imaginan: Barcelona fue la primera en marcar esa tendencia de pedir a los turistas que se cubran, con ordenanzas contra el bañador callejero vigentes desde 2011.

En Italia, la referencia suele ser Sorrento, donde pasear por la ciudad en bikini o bañador puede acarrear una multa de hasta 500 euros. Portugal, por su parte, ha optado por ir más lejos todavía: en Albufeira, cualquiera sorprendido vistiendo solo traje de baño fuera de las áreas designadas de playa, zonas hoteleras o piscinas se enfrenta a multas que van desde 300 hasta 1.500 euros. Comparado con eso, el tope de Hvar casi parece razonable.

Lo que distingue a las ciudades croatas es la combinación de precio alto y aplicación real. Mientras que en algunos destinos las señales de «prohibido bañador» llevan años ahí sin que nadie las haga cumplir, en Split la vigilancia se ha reforzado notablemente: dentro de la zona A, el centro histórico-cultural, está prohibido estar en traje de baño, ropa interior o desnudo en un espacio público, y guardias comunales patrullan las calles buscando infractores. El propio ayuntamiento avisó primero con carteles y, ante la reincidencia, pasó a las multas sin más preámbulos.

Cómo evitar el disgusto (y la factura)

La regla de oro es sencilla, aunque cueste interiorizarla cuando el calor aprieta y la playa queda a cinco minutos del casco antiguo: el bañador se queda en la arena o en la piscina, y una camiseta ligera o un pareo van siempre en el bolso de playa. No hace falta cargar con un vestuario completo, basta con una prenda fina que cubra lo justo para cruzar la plaza principal camino del supermercado o de un café con vistas al puerto.

Conviene recordar, además, que la exigencia de decoro en Hvar no se limita a las calles comerciales. En la Catedral de San Esteban, por ejemplo, se pide cubrir hombros y rodillas por respeto a la costumbre local, así que quien planee visitar templos, museos o edificios históricos debería llevar siempre algo con lo que taparse, aunque el plan inicial fuera solo tomar el sol.

Y conviene no fiarse de la sensación de familiaridad que da un destino tan fotografiado en redes: el hecho de que miles de turistas hayan pisado antes esas mismas piedras en chanclas y bikini no significa que la norma haya desaparecido. De hecho, según reportan guías de viaje recientes sobre la isla, tras años de aplicación, ya casi no se ven turistas paseando en bikini por el centro de Hvar, señal de que el mensaje ha calado entre quienes repiten destino.

¿Significa esto que el bañador debe quedar confinado a la orilla y nada más? Puede que el verdadero cambio no sea memorizar qué ciudad cobra 150 y cuál 600, sino asumir que cruzar la línea de la playa hacia el pueblo es, también, cruzar una frontera cultural. Y esa, a diferencia de la multa, no siempre viene marcada con un cartel.