Albania: Las calas turquesas que cuestan la mitad que Grecia y aún no conoce el turismo de masas

Imagina llegar a una playa de agua turquesa, arena fina y montañas que caen directamente al mar. Sin aglomeraciones. Sin colas para el aparcamiento. Y con una cerveza fría en la mano que te ha costado menos de un euro. Eso existe, y se llama Albania.

Durante años, Albania fue ese destino que aparecía en las conversaciones de los viajeros más aventureros como una especie de secreto compartido a regañadientes. Hoy sigue siendo poco conocido para el turismo de masas español, lo que lo convierte en una oportunidad que va a durar poco tiempo. la Riviera Albanesa, ese tramo de costa que se extiende entre Vlorë y Sarandë, acumula calas de una belleza comparable a las Cícladas griegas pero con precios que rondan la mitad, o incluso menos.

Lo esencial

  • ¿Qué esconde una pequeña aldea costera llamada Ksamil que italianos y griegos ya conocen?
  • Por qué los viajeros aventureros mencionan ‘besa’ como la razón invisible de volver a Albania
  • ¿Cuánto tiempo más durará esta ventana de precios antes de que suban como en Grecia?

La Riviera albanesa: Grecia sin el precio de Grecia

La comparación con Grecia no es caprichosa. Albania comparte el mismo mar Jónico, la misma luz mediterránea y una geología similar que genera esas calas protegidas por acantilados blancos. Lo que no comparte es la infraestructura turística consolidada que ha hecho disparar los precios griegos en la última década. Un alojamiento con vistas al mar en Ksamil, el pueblo albanes que muchos llaman «la Santorini de los pobres» (aunque eso le hace un flaco favor, porque tiene su propio carácter), puede costar entre 30 y 60 euros la noche en temporada alta. En Mykonos o Santorini, esa misma vista se paga a más del doble, cuando no al triple.

Ksamil merece un párrafo propio. Se trata de un pequeño pueblo costero frente a las islas Ksamil, cuatro islitas que quedan literalmente a nado desde la orilla. El agua que las rodea tiene ese color que en las fotos parece retocado y que en persona te deja sin palabras durante unos segundos. La playa principal puede llenarse en agosto, sí, pero si caminas diez minutos por cualquier camino de tierra que baje hacia el mar, aparecen calas sin nombre donde la única compañía son las gaviotas y algún barco de pescadores.

Lo que nadie te cuenta antes de ir

Albania no es un destino para quien busca la comodidad automatizada de un resort con pulsera. Las carreteras secundarias pueden ser un desafío, los servicios no siempre funcionan con la puntualidad centroeuropea y hay zonas costeras donde la construcción turística lleva claramente su propio ritmo. Pero precisamente eso forma parte del trato.

La gastronomía es uno de los argumentos más sólidos para ir. El byrek, una especie de hojaldre relleno que puede ser queso, espinacas o carne, cuesta céntimos en cualquier panadería de la mañana. El pescado fresco asado, servido directamente por el pescador que lo sacó del agua esa misma tarde, es el tipo de experiencia que en España ya asociamos a los años setenta. El café es oscuro, intenso y absurdamente barato. Y el vino albanés, hecho con variedades autóctonas prácticamente desconocidas fuera del país, puede sorprenderte gratamente si te dejas llevar.

Hay algo más que vale la pena mencionar: la hospitalidad albanesa tiene una dimensión cultural concreta. El concepto de besa, una especie de código de honor que incluye la protección y el buen trato al huésped, está arraigado de una forma que se nota en el trato cotidiano. No es el amabilismo entrenado del sector servicios, sino algo que parece genuino y que los viajeros que ya han estado allí mencionan de forma recurrente.

Más allá de la playa: Gjirokastër y el interior que vale el desvío

Quedarse solo en la costa sería perderse la mitad del país. A poco más de una hora en coche de Sarandë se encuentra Gjirokastër, una ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO que parece suspendida en el tiempo. Sus casas de piedra grises apiladas en la ladera de una montaña, su bazar otomano y su ciudadela que domina el valle del río Drinos conforman uno de los paisajes urbanos más singulares de los Balcanes.

El parque nacional de Butrint, también cerca de Sarandë, guarda ruinas que van del período helenístico al veneciano, todas conviviendo en un entorno natural de lagunas y bosques. La entrada cuesta unos pocos euros y es uno de esos lugares donde puedes pasarte la mañana entera sin cruzarte con más de una docena de personas.

Cómo llegar y cuándo ir

Desde España, la conexión más habitual pasa por Tirana, la capital. El aeropuerto de Tirana Nënë Tereza recibe vuelos desde varios aeropuertos españoles, en general con alguna escala. Desde la capital hasta la costa sur hay entre tres y cuatro horas en coche o en los autobuses locales llamados furgon, que son económicos y ofrecen una experiencia en sí mismos.

La mejor época para ir es mayo, junio o septiembre. El verano albanés puede ser intenso en agosto, con un calor seco que supera los 35 grados, y algunas calas más accesibles se llenan de turistas italianos y kosovares que conocen el país mejor que nosotros. La primavera tiene una luz especial, el mar ya está a buena temperatura desde junio y los precios son más contenidos.

Albania lleva años a punto de convertirse en «el nuevo destino de moda» y, de momento, ha esquivado ese destino con cierta elegancia. Pero la infraestructura turística crece cada temporada, los precios suben lentamente y la ventana de oportunidad para vivirlo antes de que se masifique no estará abierta indefinidamente. La pregunta no es si ir, sino cuánto tiempo más vamos a esperar.