Treinta y tres metros. Esa es la distancia que separa el suelo de Naours, una aldea tranquila de Picardía, de uno de los secretos más extraordinarios que ha guardado el norte de Francia durante siglos. No hay nada en la superficie que lo delate: campos, colinas suaves, silencio. Pero bajo los pies, tallada en la roca de creta, duerme una ciudad entera.
Lo esencial
- ¿Qué se esconde bajo un pueblo francés tan profundo que requiere descender 33 metros?
- Una ciudad medieval con capacidad para miles de personas fue construida para un propósito que cambió todo
- Durante la Gran Guerra, algo inesperado sucedió en estas galerías que dejó marcas perdurables
La «muche»: una ciudad que nadie debía ver
A unos veinte kilómetros al norte de Amiens, la inmensa ciudad subterránea de Naours es una de las «muches» más vastas de la región, una antigua cantera de creta que, poco a poco, fue transformándose en una verdadera ciudad bajo tierra, con sus plazas, sus casas y sus capillas. La palabra «muche» viene del picardo, el dialecto de la zona, y significa escondite. Un nombre que lo dice todo.
Desde la Antigüedad romana, Picardía conoció numerosas guerras e invasiones. A partir del siglo IX y de las invasiones vikingas, los habitantes se refugiaron en cavernas naturales y en canteras de creta, que comenzaron a excavarse hacia el siglo XII. Ya en el siglo XVI, esas canteras se ampliaron para convertirse en auténticos refugios para los habitantes, su ganado y sus bienes. La lógica era de supervivencia pura: desaparecer. Literalmente.
Para el siglo XVII, la ciudad subterránea contaba ya con 28 galerías y más de 300 habitaciones de entre 1,60 y 2 metros de altura, con capacidad para albergar a más de 3.000 personas. Además, habían construido numerosas plazas en las intersecciones, tres capillas, establos, canales y pozos de agua, huecos de ventilación y chimeneas para la extracción del humo de las cocinas y hornos de pan. No era un bunker improvisado, sino una ciudad pensada para vivir meses, quizás años, sin salir a la superficie.
El apogeo del miedo: la Guerra de los Treinta Años
Fue precisamente durante la primera mitad del siglo XVII, durante la Guerra de los Treinta Años, cuando la ciudad subterránea llegó a su apogeo de ocupación. Imaginad familias enteras bajando con sus animales, sus sacos de grano y sus velas, cerrando la entrada tras de sí mientras los ejércitos arrasaban los campos sobre sus cabezas. El lugar fue ocupado regularmente durante esos siglos, a veces por largos períodos de tiempo, como demuestran las numerosas inscripciones encontradas en las paredes, con fechas que van del año 1340 al 1792.
Los vestigios descubiertos, como cerámicas, vajillas y balas de mosquete, atestiguan la larga presencia de estos refugiados en las galerías. Objetos cotidianos, rastros de una vida paralela que transcurría en la oscuridad mientras el mundo de arriba ardía. Y cuando las guerras se alejaban, la ciudad no quedaba vacía del todo: bajo el reinado de Luis XVI, los contrabandistas usaban las «muches» para esconder sus mercancías y evitar el pago de la gabelle, el impuesto sobre la sal.
Pero después de la Revolución, los refugios fueron cada vez menos frecuentados hasta caer en el olvido. Las entradas se sellaron. La hierba cubrió los accesos. Y Naours siguió su vida pequeña y tranquila, sin saber que guardaba bajo los pies una ciudad entera.
El cura que desenterró la historia
Fue redescubierta el 15 de diciembre de 1887 por el sacerdote Ernest Danicourt, que dedicó buena parte de su vida a explorar, investigar y restaurar las galerías. Hay algo profundamente poético en esa imagen: un párroco de pueblo, con linterna en mano, descendiendo a las entrañas de la tierra para recuperar lo que la historia había olvidado. Ayudado por los vecinos, necesitó cerca de veinte años para explorar y despejar las galerías. En ellas encontró monedas, cerámicas y balas de mosquete.
El hallazgo fue tan espectacular que el sitio se convirtió en atracción turística antes de que terminara el siglo. Y entonces llegó otra guerra.
Durante la Gran Guerra, la red subterránea fue objeto de visitas organizadas, destinadas a entretener a los soldados en reposo o convalecientes en la retaguardia del frente. Soldados llegados de las antípodas bajaban a curiosear esas galerías medievales mientras, a pocos kilómetros, el mundo se desmoronaba en las trincheras del Somme. Muchos dejaron su firma.
A una profundidad de 30 metros bajo tierra, en la ciudad subterránea de Naours, han sido halladas más de 2.000 inscripciones de la Primera Guerra Mundial. Un fotógrafo anotó 1.821 nombres, de los cuales cerca del 40% eran australianos; la mayoría de los restantes se identificaron como británicos. Cincuenta y cinco eran estadounidenses y 662 aún no han sido identificados. Nombres, fechas, a veces direcciones completas. Los de Naours «serían una de las concentraciones más altas de inscripciones en el Frente Occidental», que se extendía de Suiza al Mar del Norte.
Hay algo que corta la respiración en esas paredes. La inscripción es tan nítida que parece que la hicieron ayer. Solo que la fecha que tiene al lado, 1 de abril de 1917, se remonta a los horrores de la Primera Guerra Mundial. Muchos de esos chicos nunca volvieron a casa. Su nombre grabado en la creta sigue siendo, décadas después, su único rastro.
Naours hoy: una pausa necesaria
Los arqueólogos del INRAP continúan identificando a los soldados cuyos nombres están grabados en la creta, cruzando archivos nacionales australianos, británicos y franceses. Es un trabajo de paciencia, casi de detective, que devuelve identidad a quienes la guerra intentó borrar.
El sitio, que estuvo abierto al público durante décadas como una de las visitas más singulares del norte de Francia, ha cerrado el acceso al subterráneo durante toda la temporada 2026 por obras de restauración. Una pausa que, en realidad, es una buena noticia: significa que el lugar se cuida, que se toma en serio.
Hay ciudades que se construyen para ser vistas. Esta se construyó para no serlo. Y quizás por eso sigue fascinando tanto: porque en un mundo que todo lo exhibe, Naours eligió durante siglos el silencio y la oscuridad como única estrategia de supervivencia. La pregunta que me quedo rumiando, ya de vuelta en la superficie, es cuántos otros secretos parecidos seguirán dormidos bajo nuestros pies, esperando a un sacerdote curioso, o a una excavadora, o simplemente al tiempo.