Imagina que conduces por una carretera serrana de Teruel, sin señal en el móvil, sin más ruido que el viento entre los pinos, y de repente el paisaje te golpea: suspendidas sobre un meandro del río Guadalaviar, con la piedra encendiéndose de rosa y terracota según la hora del día, aparecen las casas de Albarracín. Un pueblo que, literalmente, lleva siglos colgado sobre el agua como si el tiempo se hubiera negado a pasar.
Cuando la carretera serpentea hacia las montañas de Teruel y emergen casas de piedra rojiza suspendidas sobre el río Guadalaviar a 1.182 metros, solo unos mil habitantes custodian el secreto medieval que los aragoneses mantienen desde hace más de un milenio. Pero el secreto que dormía bajo esas fachadas no era solo arquitectónico. Era geológico, histórico, arqueológico. Era todo a la vez.
Lo esencial
- Un hammam de la élite musulmana se descubrió bajo el castillo a más de 1.100 metros de altura
- Las excavaciones revelan que Albarracín fue durante siglos un reino prácticamente independiente de Castilla y Aragón
- A solo 4 kilómetros, arte rupestre blanco de hace 10.000 años emerge entre arenisca rojiza en plena naturaleza
Un pueblo con nombre árabe y alma de siglos
Albarracín, instalada en el interior de un meandro, es una ciudad de tipo espolón dentro de los tipos urbanos esenciales de al-Ándalus. Esa forma de ciudad peninsular tiene pocos equivalentes en España, y ese accidente geográfico, el meandro que casi rodea por completo el cerro rocoso, fue durante siglos su mejor muralla natural.
Durante el período andalusí, concretamente en el siglo XI, el clan bereber de los Banu Razin alcanzó el poder convirtiéndose en la dinastía soberana de la taifa de Albarracín. De este linaje procede el propio nombre de la población: al-Banu Razin, «la ciudad de los hijos de Razín». Un nombre árabe en tierras aragonesas, pegado a una piedra rojiza que los locales llaman rodeno. La piedra arenisca oscila del terracota al rosa según la luz matinal. Eso explica esas fachadas que parecen cambiar de humor con el sol.
Antes de los árabes, hubo otros. En la Edad de Hierro estuvo habitada por la tribu celta de los lobetanos. Durante la época romana se llamó, al parecer, Lobetum, y en tiempos de los visigodos, Santa María de Oriente. Cada civilización dejó su capa, como si el cerro fuera un palimpsesto de piedra escrito por veinte manos distintas a lo largo de tres mil años.
La taifa pasó posteriormente, por cesión y no por conquista, a la familia cristiana de linaje navarro de los Azagra, que mantuvieron de facto la independencia del reino de Castilla y del reino de Aragón desde 1170, llegando a crear un obispado propio. Un pueblo tan estratégico y tan disputado que hasta se permitió el lujo de ser independiente de dos reinos a la vez. No está mal para un enclave de montaña.
Lo que dormía bajo las casas colgadas
La gran revelación de Albarracín no está en sus fachadas sino en sus cimientos. Entre 2004 y 2006 se desarrolló una nueva intervención arqueológica vinculada con el proyecto de restauración y acondicionamiento para uso turístico del monumento. Se trata de uno de los más importantes conjuntos de cerámica medieval recuperados en Aragón, algunas de cuyas piezas han pasado a formar parte de la colección permanente del Museo de Teruel y del Museo de Albarracín.
Lo que los arqueólogos encontraron bajo el castillo cambió la comprensión del pasado islámico de la zona. Las excavaciones dejaron al descubierto los restos de época musulmana más importantes que pueden observarse en Albarracín: viviendas de tipo andalusí pertenecientes a la élite de aquella sociedad, cuya entrada se dirigía al patio central haciendo un recorrido en recodo que impedía la visión del interior desde el exterior. De las distintas casas conservadas, destaca la vivienda principal que, ubicada en la parte más alta de la fortaleza, contaba con un hipocausto que calentaba un baño o hammam. Un hammam en plena sierra turolense, a más de 1.100 metros. La imagen resulta casi inverosímil hasta que uno lo ve con sus propios ojos.
Entre las leyendas más conocidas están los amores prohibidos entre jóvenes de familias enfrentadas, los soldados que defendieron la plaza hasta la última bala y los pasadizos secretos bajo las casas colgadas. Entre las leyendas más populares también se cuenta que el castillo alberga un tesoro escondido por los musulmanes antes de la reconquista cristiana. Esta historia ha atraído a cazadores de tesoros a lo largo de los siglos. Nadie lo ha encontrado, claro. Pero quizá eso es parte del encanto: que Albarracín todavía guarda cosas sin revelar.
Pinturas de hace diez mil años a cuatro kilómetros del pueblo
Si el casco histórico ya impresiona, el entorno natural directamente descoloca. A pocos kilómetros del pueblo, entre formaciones rocosas de ese mismo rodeno rojizo, se esconde algo que los habitantes de Albarracín llevaban mirando sin saber desde tiempos inmemoriales.
El arte rupestre de Albarracín fue identificado en el año 1892, convirtiéndose junto con el de la región de Altamira en los dos primeros sitios arqueológicos de arte rupestre descubiertos en España. En la década de los 40 se descubrieron nuevos sitios arqueológicos, hasta que finalmente en el año 1998 fueron catalogados por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.
Situadas a unos 4-5 km al sur del pueblo dentro del Paisaje Protegido de los Pinares de Rodeno, estas pinturas rupestres forman parte de la colección de «Arte Rupestre del Arco Mediterráneo» de la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, datadas entre el 8000 a.C. y el 3500 a.C., y ofrecen una ventana única a la vida de las comunidades de cazadores-recolectores. Diez mil años de antigüedad, al aire libre, entre pinos. Lo que hace especiales a las pinturas de Albarracín es que las figuras están realizadas con pigmentos blancos, lo que crea un contraste llamativo sobre el fondo de arenisca rojiza.
El Pinar del Rodeno no es solo historia: en estos pinares conviven búhos reales, halcones peregrinos, ciervos, corzos y un largo etcétera. La sierra actúa como una cámara de descompresión perfecta después de caminar por el casco histórico.
Cómo vivir Albarracín sin que se te haga pequeño
Ubicado sobre un meandro del río Guadalaviar, Albarracín es un conjunto monumental protegido como Bien de Interés Cultural y Monumento Histórico-Artístico. Su entramado urbano conserva la esencia medieval: casas rojizas de piedra y madera, balcones que casi se tocan y callejones empedrados que serpentean entre murallas.
El desarrollo urbano de la ciudad comenzó en el extremo sureste del meandro, junto a la Torre de Doña Blanca y la iglesia que da nombre a su fundación, y se fue extendiendo hacia el norte, ya como ciudad cristiana, ganando nuevos perímetros amurallados. Esa expansión por capas se nota al caminar: cada barrio tiene una textura distinta, una cronología diferente grabada en la piedra.
La gastronomía merece su propio párrafo. Las migas pastoriles, el cordero con Denominación de Origen Teruel y la trucha del Guadalaviar dominan las cartas. El gazpacho serrano nada tiene que ver con el andaluz. Es un guiso caliente, contundente, hecho para quien viene de andar por la sierra. Si lo pides pensando en la versión andaluza, la sorpresa va a ser mayúscula.
Para llegar, desde la ciudad de Teruel, Albarracín se encuentra a unos 40 minutos por la carretera A-1512, un trayecto que regala paisajes serranos de gran belleza. Es recomendable aparcar fuera del casco histórico y recorrer el pueblo a pie. Las calles son empinadas y estrechas, pero el esfuerzo se recompensa con panorámicas espectaculares.
Hay destinos que se visitan y destinos que se habitan, aunque sea durante dos días. Albarracín es de los segundos. Mil años de historia colgados sobre un meandro, pinturas prehistóricas en el pinar, un hammam árabe excavado bajo el castillo y una piedra que cambia de color según la hora del día. ¿Cuántos más secretos quedarán todavía por descubrir bajo esas casas rosadas?
Sources : journee-mondiale.com | aragondigital.es