Hay un momento en cualquier viaje a la Toscana en el que el encanto se resquebraja un poco. Suele ocurrir cuando llevas veinte minutos buscando aparcamiento en San Gimignano, o cuando el menú del restaurante con mejores vistas resulta ser una trampa para turistas con pasta recalentada y precio de estrella Michelin. La postal sigue siendo preciosa, claro. Pero algo se ha perdido por el camino.
La región eslovena de la Brda no aparece en esa postal. Y precisamente por eso merece que hablemos de ella.
Lo esencial
- Una región vinícola casi idéntica a la Toscana existe en Eslovenia y nadie sabe dónde está
- Puedes pasar dos horas en una bodega familiar conversando con el viticultor sin reserva previa ni presión comercial
- Los alojamientos rurales con cena casera cuestan menos de 50 euros por persona, mientras la Toscana cobraría el triple
Un rincón de Europa que pocos saben pronunciar
Brda (se pronuncia aproximadamente «Burda») es una pequeña franja de territorio en el oeste de Eslovenia, en la frontera con Italia. Tan pequeña y tan próxima, que durante siglos formó parte del Friuli italiano y todavía hoy comparte con ese territorio el idioma, la arquitectura y, sobre todo, la cultura del vino. Las colinas son suaves y onduladas, sembradas de viñedos que trepan por laderas donde el sol pega de una manera que solo los viticultores saben explicar bien. Los pueblos se llaman Šmartno, Dobrovo o Kojsko, nombres que son trabalenguas para cualquier español pero que esconden plazas de piedra medievales y bodegas familiares donde el dueño te sirve el vino él mismo.
La comparación con la Toscana no es un recurso de marketing. Es una observación geográfica casi exacta: misma latitud, mismo tipo de suelo arcilloso-calizo, misma tradición vitícola milenaria, misma arquitectura de piedra con campanarios que puntúan el horizonte. Lo que cambia es que aquí no hay autobuses de crucero descargando grupos de cuarenta personas cada cuarto de hora.
El vino, el protagonista que nadie esperaba
Eslovenia tiene una relación con el vino que los españoles tendemos a ignorar, y es una pena. La Brda produce principalmente uvas autóctonas como la rebula (la ribolla gialla italiana, para entendernos), además de variedades como la merlot o la pinot gris adaptadas con siglos de trabajo al terroir local. Las bodegas son en su mayoría familiares, algunas con menos de tres generaciones de historia, otras con raíces que se pierden antes de la Primera Guerra Mundial.
Lo que más sorprende a quien visita por primera vez es que puedes aparecer en una de estas bodegas sin reserva previa, sentarte en una terraza con vistas a los viñedos y pasarte dos horas charlando con el viticultor sobre sus decisiones de vendimia. Sin guía turístico que te apure, sin tienda de souvenirs en la salida. Ese tipo de acceso ya no existe en muchos lugares de Europa, y en la Brda todavía sí.
Los precios del vino local, tanto para comprar como para degustar, están muy por debajo de lo que pagarías por experiencias equivalentes en Chianti o en el Priorat. No hablo de vinos malos: algunos productores de la zona han conseguido reconocimiento internacional en las últimas décadas, especialmente con sus elaboraciones de vino naranja (maceración con pieles), que están de moda en toda Europa y aquí tienen una tradición que precede a la tendencia.
Dormir, comer y moverse sin arruinarse
La infraestructura turística existe, pero no ha llegado al punto de saturación. Hay alojamientos rurales que incluyen desayuno con productos locales, algún hotel boutique en casas de piedra restauradas y, sobre todo, muchas turistična kmetija, que vienen a ser algo así como el agriturismo italiano: granjas con habitaciones donde la cena es lo que la familia cultivó esa semana. Una noche con cena y desayuno en este tipo de alojamiento puede rondar los cuarenta o cincuenta euros por persona, lo que en la Toscana ni siquiera te da el aparcamiento.
Desde España, la Brda se alcanza en avión hasta Trieste (Italia), a menos de una hora en coche, o hasta Ljubljana, la capital eslovena, a algo más de una hora. Trieste queda más cómoda para quien quiere ir directo a la región. También es perfectamente combinable con una escapada al mar: el litoral esloveno, con ciudades como Piran o Koper, está a menos de cuarenta minutos en coche. Una misma semana puede combinar colinas, bodegas y una playa del Adriático que todavía tiene cierto aire de secreto bien guardado.
La gastronomía de la zona es esa cocina de frontera donde se mezclan la pasta fresca italiana, el jamón curado de la región (el conocido kraški pršut, con denominación de origen propia) y platos con influencia centroeuropea que recuerdan que no tan lejos están Austria y Eslovenia comparten siglos de historia común. En la mesa, como en el paisaje, las identidades se superponen sin conflicto aparente.
El mejor momento para ir (y por qué no esperar)
Septiembre y octubre son los meses ideales: la vendimia está en marcha, el paisaje se tiñe de ocres y amarillos, las temperaturas son agradables para caminar entre viñedos y los productores están en plena actividad, lo que hace las visitas más vivas y auténticas. La primavera también funciona bien, cuando los almendros florecen antes que en ningún otro rincón de Eslovenia y las laderas se llenan de color antes de que llegue el calor.
El verano es posible, pero julio y agosto empiezan a notar la presión de los viajeros que han descubierto la zona en los últimos años. No son las multitudes de la Toscana, ni mucho menos. Pero hay algo que cambia cuando un lugar empieza a llenarse de gente que llegó precisamente buscando huir de los lugares llenos de gente.
La Brda existe todavía en ese estadio que los viajeros buscan y raramente encuentran: lo suficientemente descubierta para tener buen café y Wi-Fi, lo suficientemente ignorada para que nadie te pida que reserves con tres meses de antelación. Esa ventana no dura eternamente. La pregunta es cuánto tiempo más.