Descubrí la Toscana secreta de Europa: Eslovenia e Istria sin turistas, viñedos y trufas

Ponlo en el mapa mental: colinas onduladas de cipreses, viñedos que se pierden en el horizonte, pueblos de piedra encaramados sobre una colina y el olor a trufa flotando entre los pinos. Si te digo Toscana, probablemente ya sabes de qué hablo. Pero si te digo que existe un lugar casi idéntico donde todavía puedes pasear en silencio, compartir mesa con familias locales y sentirte como si hubieras llegado antes que nadie… ¿cambiarías de destino? Así llegué yo a Goriška Brda, en el oeste de Eslovenia, y a la Ístria croata. Por pura casualidad, con el billete de vuelta a Florencia a medio hacer.

Lo esencial

  • Existe una zona de Eslovenia e Istria que es prácticamente idéntica a la Toscana, pero sin un solo turista en las calles
  • El interior de Istria concentra toda su historia en pueblos medievales mientras las playas absorben el turismo de masas
  • Septiembre es el mes mágico: vendimia en los viñedos y restaurantes de granja con trufas blancas a precios imposibles en Italia

La «otra Toscana» que los italianos conocen pero no cuentan

Goriška Brda, situada en la parte occidental de Eslovenia, se conoce a menudo como la «Toscana de Eslovenia» por sus pueblos en las cimas de las colinas, huertos, cipreses y, por supuesto, sus ondulantes laderas bordeadas de viñas. La comparación no es un recurso de marketing: es casi literal. Colinas de viñedos coronadas por castillos medievales, campos de olivos centenarios y pequeños alojamientos en fincas rurales… Así pintado parece que estamos en Italia. Y no es casualidad: buena parte del territorio de Goriška Brda perteneció a Italia durante décadas, y la localidad que le da nombre está dividida entre ambos países, Gorizia y Nova Goriza.

La gastronomía de esta zona de Eslovenia es puramente mediterránea, con influencias de la cocina italiana más que evidentes. Los platos combinan sabores de los campos de Brda con los que llegan desde el cercanísimo Adriático, y no faltan recetas con pasta fresca, mejillones y almejas, además de pescados. Todo ello regado con vinos locales que ya cuentan con su propio carácter. La variedad más representativa producida en Goriška Brda es, sin duda, la Rebula, que aunque originaria de Grecia se produce en este lugar desde hace más de 750 años y representa alrededor del 25% del vino de la región. Si eres de los que en la Toscana no pueden resistirse a una bodega familiar, aquí tu rutina no cambiará mucho: las bodegas son de tipo familiar, de producción limitada, y la pasión con la que los productores hablan de sus vinos resulta francamente contagiosa.

Y la forma de recorrerlo todo tiene su propio encanto. Resulta una delicia recorrer sin prisa las carreteras que surcan la comarca, algo que puede disfrutarse gracias a un sistema de bicicletas eléctricas gestionable a través de la propia web del turismo local. Lo ideal es comenzar a las puertas del castillo de Dobrovo, una de las localidades más escenográficas de la zona, aupada sobre un cerro. Desde allí, las carreteras ondulantes flanqueadas por viñedos, olivos y frutales llevan hasta las montañas prealpinas, con pueblos de cuento como Šmartno y Kojsko, y bodegas familiares donde probar vinos locales.

Ístria, la península que huele a Italia pero tiene alma propia

No es casualidad que Ístria se conozca como la Toscana croata: esta región es perfecta para hacer turismo rural y enológico gracias a sus colinas salpicadas por pueblecitos con sus casas de piedra, campanarios que rozan el cielo, ríos y campos verdes y parras que perfuman el aire. Es la segunda parada de esta ruta alternativa, y conecta perfectamente con Goriška Brda: apenas unos kilómetros separan ambas regiones.

Esta bella península se encuentra mayoritariamente en territorio croata pero comparte un pedacito con Italia y Eslovenia, y en esta región te parecerá estar en el Véneto italiano, tanto por la lengua como por la gastronomía y la arquitectura renacentista veneciana. Entre sus encantos encontramos tranquilos pueblos marineros, playas salvajes de aguas cristalinas, verdes montañas, viñedos y localidades en las que se respira un rico legado cultural, fruto del paso de numerosas civilizaciones a través de su historia.

La pregunta del millón: ¿hay turistas? Sí, los hay. Ístria volvió a ocupar el primer puesto en pernoctaciones en Croacia, con 30,3 millones registradas en 2025. Pero aquí está el truco que muy pocos conocen: toda esa presión se concentra en la costa, en Rovinj o Poreč durante julio y agosto. El interior verde, el de los pueblos medievales y los bosques de trufas, es otra historia. El interior de Ístria es verde, con varios espacios naturales protegidos y pequeños pueblos empedrados. Merece la pena visitar algún punto de esta zona aunque, seamos honestos, lo más famoso de la península es su costa. Esa es exactamente la brecha que hay que explotar: meterte por las carreteras secundarias hacia Motovun, Grožnjan o Hum cuando el resto del mundo está aparcado en la playa.

Ístria es una región famosa por sus trufas: si te gustan y disfrutas de un paseo por la naturaleza, no existe mejor plan que ir a caza de este manjar. Los restaurantes del interior sirven pasta fresca con ralladura de trufa blanca a precios que en Italia harían que te sentaras antes de ver la carta. La propia región ha adoptado una estrategia turística que deliberadamente apunta a menos visitantes pero mayor calidad, invirtiendo en experiencias auténticas, gastronomía local y conservación de la naturaleza.

Lo que tienen estas regiones que Florencia ya no puede ofrecer

Hay algo que la Toscana masificada ha perdido sin remedio: el silencio a mediodía. Esa plaza vacía donde el único ruido es la persiana de una enoteca que sube. En Goriška Brda y en el interior de Ístria ese silencio todavía existe, y no hace falta madrugar para encontrarlo.

La historia de estas tierras, además, añade una capa de complejidad que la Toscana no tiene. Ístria es la península más grande del mar Adriático y su superficie está dividida entre tres países: Croacia, Italia y Eslovenia. Originariamente fue tierra de piratas hasta que los romanos les expulsaron en el 177 a.C. Les siguieron godos, lombardos y, sobre todo, venecianos, que dejaron huella en la arquitectura y la cultura. También perteneció al Imperio Austro-Húngaro y después de la II Guerra Mundial pasó a formar parte de Yugoslavia. Esa mezcla de influencias hace que en el mismo día puedas leer carteles en tres idiomas, escuchar a una abuela hablar en dialecto veneciano y cenar con una receta de origen austro-húngaro. La Toscana tiene Renacimiento; estas regiones tienen cinco siglos de entrecruzamiento cultural que nadie ha convertido aún en producto turístico de masas.

Para el viajero español, la conexión logística es más sencilla de lo que parece. Desde España hay vuelos directos a Venecia, Ljubljana o Zagreb, y desde cualquiera de esas ciudades, en dos horas de coche ya estás dentro del paisaje. La mejor manera de conocer esta zona es con un coche de alquiler, para moverte con absoluta libertad y organizar una ruta a tu ritmo. El país es pequeño y las distancias no son excesivamente largas, incluso por las carreteras secundarias.

Cuándo ir y qué no perderte

Los viñedos de Ístria en mayo ofrecen paisajes espectaculares sin las multitudes del verano. Septiembre, cuando arranca la vendimia en Goriška Brda, es quizás el momento más cinematográfico: las laderas cambian de color, las bodegas abren sus puertas y el ambiente tiene esa calidez de final de verano que en España también conocemos bien.

En cuanto a qué ver, los pueblos medievales del interior de Ístria como Motovun, Grožnjan, Hum y Oprtalj son algunos de los mejores lugares para experimentar la escena culinaria local, con restaurantes en granjas y hoteles rurales que ofrecen productos de la zona: trufas blancas, aceite de oliva y vinos premiados. En Goriška Brda, el pueblo medieval de Šmartno y Kojsko son paradas casi obligadas en el camino entre bodegas.

Hay algo que me sigo preguntando: ¿cuánto tiempo le queda a esta calma antes de que el algoritmo la descubra del todo? Porque cada vez que encuentras un lugar así, sabes que el reloj ya ha empezado a correr. Quizás por eso vale la pena ir ahora, antes de que la primera oleada de etiquetas en redes sociales cambie para siempre la textura de estos paisajes.