Abres la puerta, entras, dejas la maleta en el suelo y te tiras en la cama. Secuencia clásica. La de prácticamente todo el mundo. Y también, si te soy sincera, la que yo seguía hasta que una noche en un hotel de Lisboa me encontré con que el termostato llevaba roto quizás desde la era Meiji, la caja fuerte no cerraba bien y las sábanas tenían un historia que prefiero no imaginar. Desde entonces, hago siempre lo mismo nada más cruzar esa puerta. Una rutina de cinco minutos que ninguna guía de viaje incluye, pero que me ha ahorrado más de un disgusto.
Lo esencial
- ¿Por qué el mando de la televisión es más peligroso de lo que crees?
- El detalle que nadie revisa en la cama y que debería ser tu prioridad
- Una foto al entrar puede resolver conflictos en el check-out sin drama
Lo primero: la puerta, la cerradura y las salidas
Antes de deshacer nada, compruebo que la puerta se cierra bien. En lo referente a la seguridad en hoteles, un consejo básico es cerrar bien la puerta; cuando estamos dentro de la habitación, se recomienda utilizar el cerrojo y la cadena. Parece una obviedad, pero te sorprendería cuántas veces la cadena está doblada o el cerrojo interior atascado. Son detalles que solo descubres si los pruebas en ese primer momento, no cuando ya estás medio dormida.
Después miro hacia los dos lados del pasillo y localizo la salida de emergencia más cercana. Conviene informarse sobre los procedimientos de evacuación en caso de incendio del hotel y familiarizarse con las alarmas de incendio y las rutas de escape más cercanas a tu habitación. No hace falta ser dramática: basta con contar las puertas que hay entre la habitación y la escalera. En caso de humo, esa cuenta mental puede marcar la diferencia.
Y si tengo que elegir habitación, prefiero los pisos intermedios. Al llegar al hotel, conviene solicitar una habitación en pisos intermedios, ya que las habitaciones en los pisos más altos son más difíciles de alcanzar desde el exterior, pero también hay que evitar las plantas bajas, que podrían ser más vulnerables. Tampoco es una ciencia exacta, pero por algo se empieza.
La inspección de higiene que nadie te cuenta
Aquí viene la parte que más incomoda reconocer en voz alta, pero que todo viajero frecuente hace mentalmente aunque no lo admita. Cuando entras a una habitación de hotel, lo primero que notas suele ser el olor a limpieza, la cama perfectamente hecha y la promesa de descanso. Pero la apariencia puede ser engañosa. Detrás del confort y el diseño hay un aspecto que sigue generando dudas: la higiene real.
Lo primero que hago es apartar el edredón. La limpieza del edredón de la cama es algo que mucha gente pasa por alto al registrarse en una habitación de hotel; el tipo de ropa de cama que se utiliza en muchos hoteles tiene recomendaciones de limpieza específicas que el servicio de limpieza rara vez sigue. Veo las sábanas, compruebo que no haya manchas ni pelos sueltos, y luego miro la funda del colchón. Cuando el equipo de limpieza reordena la habitación del hotel, solo cambian las sábanas, no las fundas del colchón, donde se quedan los gérmenes del huésped anterior. Dato incómodo, pero real.
Después cojo el mando de la televisión. Ese rectángulo inocente es, con diferencia, el objeto más contaminado de la habitación. Los interruptores, mandos de televisión y teléfonos, aunque aparentan estar impolutos gracias al trabajo diario del equipo de limpieza, son en realidad los objetos más contaminados por gérmenes. Otra superficie que se encontró entre las más contaminadas fue la del interruptor de la lámpara de la mesilla de noche. Si llevo toallitas desinfectantes (y ya siempre llevo), las paso por ahí en treinta segundos. Si no, al menos lo tengo presente.
El baño merece atención especial. Hay que asegurarse de que haya papel higiénico sin usar, toallas secas y vasos sellados; si hay vasos de vidrio sin protección, es preferible no usarlos. Y el suelo de la ducha: el piso de la ducha es una zona de peligro; nunca conviene andar descalzo, ya que los hongos o pie de atleta proliferan en el suelo de las duchas. Las zapatillas del hotel, si las hay, son tus amigas. Las mías propias, si no.
La caja fuerte, el termostato y otros «comprueba ahora o lloras luego»
Antes de guardar nada en la caja fuerte, la pruebo. La abro, la cierro, me aseguro de que responde al código que yo he elegido. Algunos modelos antiguos o mal configurados cuentan con códigos maestros genéricos, lo que podría permitir su apertura por cualquiera que los conozca; en otros casos, la caja fuerte no está bien anclada, por lo que puede ser retirada con facilidad. No es paranoia; es simplemente no dejar el pasaporte en una caja que no cierra correctamente y descubrirlo la noche antes de tomar el vuelo de vuelta.
Si decido usarla, es fundamental elegir un código único y difícil de adivinar y nunca utilizar combinaciones obvias como «1234», la fecha de cumpleaños o cualquier número fácil de asociar. Y nunca meto todo ahí dentro: lo ideal es repartir los objetos de valor entre la caja fuerte y otros espacios seguros, como una billetera de viaje oculta; de esta forma, en caso de pérdida o robo, no lo habrás perdido todo.
El termostato. Ese gran olvidado. Lo peor es levantarse de la cama para ajustar el termostato y descubrir que está estropeado; por eso, en cuanto se entra en la habitación del hotel, hay que comprobar si funciona; si no funciona, se va a recepción y ellos se ocupan del problema. Exactamente. A las once de la noche nadie quiere tener esa conversación. A las cinco de la tarde, se resuelve en dos minutos.
Reviso también que las ventanas cierren bien, especialmente si la habitación está en un piso bajo. Una buena medida de protección es verificar que las ventanas no pueden ser abiertas por terceros, en particular si la habitación está ubicada en un piso bajo del hotel. Y si hay luz en el baño, en el armario y sobre la mesa de trabajo. No porque sea probable que algo falle, sino porque es mucho más sencillo reportarlo al entrar que al volver cargada de maletas a medianoche.
La última cosa que hago antes de deshacer la maleta
Saco el móvil y hago tres fotos rápidas: el estado general de la habitación, cualquier desperfecto visible (un arañazo en la tele, una mancha en la moqueta, una silla rota) y el baño. No es desconfianza hacia el hotel, es simplemente protección propia. Saber a qué hora puedes entrar o cuándo debes dejar la habitación evita malentendidos, posibles cargos extra y te permite aprovechar mejor tu tiempo. Pues lo mismo con los desperfectos: una foto con fecha y hora resuelve cualquier discrepancia en el momento del check-out sin dramas ni discusiones en recepción.
Toda esta rutina me lleva, en el mejor de los días, unos cinco minutos. A veces algo más si hay que llamar al servicio de habitaciones para pedir que cambien el edredón o para reportar el termostato. Pero esos cinco minutos son los que separan una estancia sin sobresaltos de una llena de pequeñas frustraciones. Y los viajes, ya se sabe, merecen mejor destino que eso.
La pregunta que me hago ahora, después de años viajando con esta pequeña lista mental, es cuántas de estas cosas ya hacías tú sin saberlo, de forma instintiva, y simplemente no las habías ordenado. Porque a veces los mejores hábitos de viaje no se aprenden: se reconocen.
Sources : dineroprotegido.com | carnovels.com