Imagina levantar el suelo de tu casa y encontrar debajo un barrio entero. Calles talladas en la roca, habitaciones donde vivieron familias, cisternas que recogían el agua de lluvia hace miles de años. Eso, exactamente, es lo que ocurrió en Matera, una ciudad del sur de Italia que guarda bajo sus pies uno de los secretos habitacionales más antiguos de Europa.
Lo esencial
- Una ciudad entera excavada bajo tierra que funcionó perfectamente durante milenios usando solo la naturaleza
- Cómo Italia intentó borrar del mapa lo que hoy es su mayor joya arqueológica en el siglo XX
- El secreto que los Sassi guardaban sobre arquitectura sostenible que nadie se atrevía a mirar
Una ciudad dentro de la ciudad
Los Sassi di Matera son el nombre con el que se conocen estos barrios excavados en la roca del cañón del río Gravina. No son ruinas en el sentido clásico: son viviendas reales, con cocinas, establos, bodegas e iglesias rupestres decoradas con frescos medievales, todo tallado directamente en la caliza. Lo que hace que Matera sea tan singular es que este sistema de habitación no fue una fase primitiva superada rápidamente, sino una forma de vida que se extendió de forma continua durante aproximadamente nueve mil años, desde el Neolítico hasta bien entrado el siglo XX.
La lógica era impecable para su tiempo. La roca mantenía una temperatura estable todo el año, fresca en verano y templada en invierno. Las cuevas se ampliaban y conectaban entre sí conforme las familias crecían, creando auténticas redes subterráneas donde convivían personas, animales y, en algunos casos, las tumbas de los antepasados. Una arquitectura orgánica, sin planos ni arquitectos, que respondía al terreno con una inteligencia que hoy nos resultaría complicada de imitar.
El gran olvido del siglo XX
El problema llegó con la modernidad. A mediados del siglo XX, las condiciones de vida en los Sassi eran deplorables. El hacinamiento, la falta de saneamiento y la pobreza extrema convirtieron estos barrios en un símbolo de atraso que el Estado italiano quería borrar del mapa. El escritor Carlo Levi los describió en su célebre libro Cristo se fermó a Eboli con una crudeza que sacudió la conciencia colectiva del país. En 1952, el gobierno de Alcide De Gasperi ordenó el desalojo forzoso de los Sassi, tachándolos de «vergüenza nacional». En pocos años, unos quince mil habitantes fueron reubicados en bloques de viviendas construidos en la parte alta de la ciudad.
Durante décadas, los Sassi quedaron abandonados, cerrados al público, casi borrados de la memoria oficial. Muchos materanos que habían crecido allí preferían no mencionar sus orígenes. Era una historia que avergonzaba. Y sin embargo, ahí seguía todo, intacto bajo la ciudad nueva que crecía encima.
De vergüenza nacional a Patrimonio de la Humanidad
El giro llegó en 1993, cuando la UNESCO inscribió los Sassi di Matera en su lista de Patrimonio de la Humanidad. Fue un reconocimiento que cambió la narrativa de golpe: aquello que había sido señalado como una mancha era, en realidad, un testimonio excepcional de cómo el ser humano ha sabido habitar el paisaje de forma sostenible durante milenios. La arqueología confirmaba asentamientos neolíticos continuos desde al menos el séptimo milenio antes de Cristo, lo que convierte a Matera en uno de los núcleos habitados de forma ininterrumpida más antiguos del mundo.
Hoy los Sassi son el corazón turístico de la ciudad. Algunas de las antiguas cuevas se han convertido en hoteles de diseño donde dormir dentro de la roca es, literalmente, el atractivo principal. Restaurantes, galerías de arte y tiendas de artesanía ocupan espacios que hace ochenta años albergaban cabras y familias numerosas en un solo cuarto. La transformación es radical, y genera debates legítimos sobre gentrificación y autenticidad que cualquier destino turístico emergente conoce bien.
En 2019, Matera fue Capital Europea de la Cultura, un espaldarazo definitivo que catapultó la ciudad al radar internacional. Desde entonces, el turismo no ha parado de crecer, y los vuelos directos desde varias ciudades españolas hacen que una escapada de fin de semana sea perfectamente factible.
Por qué vale la pena visitarla (y cuándo ir)
Matera tiene algo que muy pocos destinos europeos conservan: la capacidad de hacerte sentir que el tiempo no funciona igual que en otros sitios. Caminar por el Sasso Caveoso al atardecer, cuando la luz dorada rebota en la piedra calcárea y las golondrinas surcan el cañón, es una experiencia que resulta difícil de encuadrar con cualquier otra cosa que hayas visto antes.
La visita tiene capas. Están las iglesias rupestres, algunas con frescos byzantinos del siglo XIII que se conservan en un estado sorprendente. Está el Musma, el museo de escultura contemporánea instalado en una red de cuevas interconectadas, donde obras de arte moderno conviven con la roca viva de una forma que ningún cubo blanco convencional podría replicar. Y están las casas-cueva que se pueden visitar como si fueran museos etnográficos, con el mobiliario y los utensilios originales, donde la cama de los padres, el pesebre del burro y la cuna de los niños compartían el mismo espacio de quince metros cuadrados.
La primavera y el otoño son los momentos ideales para ir. El verano atrae multitudes y el calor aprieta, aunque eso tenga un lado irónico: dentro de las cuevas, la temperatura se mantiene agradable pase lo que pase fuera. Los materanos de hace siglos lo sabían perfectamente.
Quizás la pregunta que Matera deja flotando en el aire es esta: ¿cuántos otros lugares del mundo esconden debajo de su presente una historia igual de larga, igual de compleja, y todavía esperan que alguien decida mirar hacia abajo en lugar de hacia adelante?