Todos conocemos la escena: turistas apretujados en las callejuelas de Oía esperando su turno para hacer la foto del atardecer, mientras las habitaciones más sencillas del pueblo se cotizan a precios que en cualquier otro destino del Mediterráneo parecerían un error tipográfico. Y sin embargo, a menos de dos horas de esa misma caldera que todos queremos ver, existe una isla con las mismas cúpulas azules, el mismo mar imposible y una fracción del gentío. Se llama Anafi, y es probablemente la Cícladas más ignorada por el turismo español.
Anafi está tan cerca de Santorini que parece mentira que siga siendo un secreto. Los ferris que conectan ambas islas suelen durar entre 1 hora y 1 hora y 30 minutos por trayecto, lo que la convierte en una escapada perfectamente factible incluso para quien solo dispone de unos días. Algunas compañías, como Blue Star Ferries, cubren la ruta en poco más de una hora, y los billetes cuestan desde 7 euros, una cifra que contrasta con lo que muchos pagan solo por una copa viendo caer el sol en Oía.
Lo esencial
- ¿Por qué miles de turistas pagan fortunas por dormir en Oía cuando existe una isla gemela a 90 minutos en ferry?
- Los ferris a Anafi cuestan desde 7 euros y conectan con Santorini en poco más de una hora
- Es posible explorar playas vírgenes por la mañana y estar en el atardecer de la caldera por la tarde, sin hipotecar la tarjeta
Una Chora de postal sin las colas
Lo primero que sorprende al llegar es el silencio. El puerto de Anafi, llamado Ágios Nikólaos, es muy pequeño, y desde allí se puede subir hasta Chora, la capital, en un autobús de diez minutos o caminando cuesta arriba durante poco más de un kilómetro. Chora conserva ese trazado laberíntico de casas encaladas y capillas con cúpula azul que en Santorini hemos aprendido a fotografiar entre empujones, pero aquí las calles están vacías la mayor parte del año.
La isla vive de un turismo tan discreto que apenas ha dejado huella en su paisaje. No hay grandes cadenas hoteleras ni terrazas con precios de capital europea. Lo que sí hay son acantilados que se desploman sobre un mar de un azul casi eléctrico, senderos que conectan pequeñas playas de arena fina y una sensación de estar pisando la Grecia de hace treinta años, antes de que Instagram convirtiera cada rincón bonito en una atracción con reserva previa.
Confieso que la primera vez que alguien me habló de Anafi pensé que exageraba. ¿Cómo puede una isla tan cercana a la meca del turismo griego seguir siendo un rincón tranquilo? La respuesta tiene que ver, en parte, con la falta de aeropuerto: para llegar hay que pasar casi obligatoriamente por Santorini o por Atenas, y eso filtra a buena parte del turismo de última hora que sí desembarca en la isla volcánica.
El ferry, la puerta trasera a la caldera
Aquí está la clave de todo el plan: no hace falta renunciar a ver la caldera de Santorini para huir de sus precios. La estrategia pasa por alojarse en Anafi y hacer una o dos excursiones de un día a Fira u Oía, aprovechando que el puerto de ferries en Santorini está en Athinios, cerca de Fira, y que desde allí resulta sencillo moverse en taxi o autobús hasta los pueblos más fotografiados. Se disfruta del paisaje icónico sin pagar la factura de dormir en él.
Conviene revisar bien los horarios antes de organizar el viaje, porque las conexiones varían mucho según la temporada: de junio a septiembre hay unas 8 travesías semanales, mientras que de octubre a mayo la frecuencia baja a apenas una. En pleno verano, con luz hasta bien entrada la noche, es perfectamente posible pasar la mañana explorando las playas vírgenes de Anafi y llegar a tiempo para el atardecer en la caldera, regresando después a dormir a un precio que no duele en la cuenta bancaria.
No es la única opción dentro de las Cícladas
Anafi no es un caso aislado. El archipiélago está lleno de islas que ofrecen ese mismo espíritu de pueblo encalado y mar de postal sin la etiqueta de precio inflado. Folegandros, por ejemplo, ha ganado fama entre los viajeros que buscan la recompensa visual de un pueblo de caldera, sin el desarrollo comercial alrededor, mientras que Sifnos apuesta por senderos de piedra, colinas con palomares y una cocina en cazuelas de barro como reclamo, siempre a precios notablemente más contenidos que los de su vecina más célebre.
Lo interesante es que ninguna de estas alternativas exige renunciar a la esencia que atrae a millones de personas a Santorini cada verano. La roca volcánica, las iglesias de cúpulas azules y los pueblos en los acantilados aparecen a una fracción de las tarifas hoteleras en varias islas cercanas, algo que cualquiera que haya intentado reservar en Oía en agosto sabrá apreciar de inmediato.
La próxima vez que planifiquemos ese viaje soñado a las Cícladas, quizá valga la pena preguntarnos si realmente necesitamos dormir dentro de la postal o si nos basta con visitarla de día, sabiendo que a un puñado de millas náuticas nos espera exactamente el mismo azul, sin la fila para hacer la foto.
Sources : viajes.nationalgeographic.com.es | misterferry.com