Imagina esto: llegas a la playa en agosto, buscas aparcar durante cuarenta minutos, extiendes la toalla a medio metro de un desconocido y, de vuelta al hotel, piensas que tenías que haber investigado más. La buena noticia es que a menos de una hora de esas mismas playas masificadas existe otro mundo. Pueblos que llevan siglos ahí, quietos, sin carteles de «Top Destination» ni colas para hacerse una foto. Y cuando los encuentras por casualidad, entiendes exactamente por qué nadie habla de ellos: los que los conocen no quieren compartirlos.
España tiene una geografía que permite ese milagro. Cerca de 8.000 kilómetros de costa bañan el litoral español, de norte a sur y de este a oeste, con todo tipo de aldeas y pueblos por descubrir. El problema es que el turismo de masas tiende a concentrarse siempre en los mismos puntos, dejando a su alrededor un anillo de lugares que nadie mira. Ahí es exactamente donde están las mejores historias.
Lo esencial
- ¿Qué pueblo español tuvo su propia fiebre del oro y hoy es lienzo de arte urbano?
- Un pueblo blanco andaluz que conserva tradiciones morisca del siglo XV sin que nadie lo mencione
- El norte de España esconde pueblos donde los autobuses apenas caben en las calles
Rodalquilar (Almería): el pueblo que tuvo fiebre del oro
Que un pueblo del interior de Almería haya vivido su propia fiebre del oro ya debería ser argumento suficiente para desviar el coche. Rodalquilar se encuentra ubicado en el corazón del Parque Natural Cabo de Gata-Níjar, en el centro de un valle que lleva su mismo nombre, rodeado por colinas que en primavera están teñidas de verde. Llegar es toda una experiencia en sí misma: la carretera se va estrechando, el paisaje se vuelve cada vez más volcánico y rojizo, y de repente aparece el pueblo con sus casas bajas y blancas como sacadas de otra época.
En 1915 se descubrió oro en la mina «María Josefa» y se desató la conocida fiebre del oro de Rodalquilar, que terminó en 1966. Desde la declaración en 1988 de Parque Natural Cabo de Gata, Rodalquilar se ha convertido en la capital administrativa del Parque. Las instalaciones abandonadas de aquella industria siguen ahí, oxidadas y silenciosas, y hoy sirven de lienzo para una intervención de arte urbano conocida como «Rodalquilarte».
Pero lo que realmente convierte a Rodalquilar en un plan redondo es lo que tiene al lado. A solo unos minutos del centro del pueblo se encuentra una de las playas más bonitas del parque: El Playazo de Rodalquilar. Esta espectacular cala está protegida por acantilados de dunas fósiles y vigilada por el Castillo de San Ramón, una antigua fortificación del siglo XVIII. Su arena clara y aguas turquesas la hacen perfecta para relajarse o hacer snorkel. Y si eso no fuera suficiente: sus impresionantes paisajes han sido plató natural de numerosas películas, incluyendo la trilogía del dólar de Sergio Leone.
Frigiliana (Málaga): el pueblo que no sabe estar tranquilo siendo tan bonito
Aunque está cerca de la turística Nerja, Frigiliana permanece discretamente fuera del radar. Este pueblo blanco malagueño guarda callejuelas empedradas, casas con puertas de color azul y macetas colgantes llenas de flores. Es perfecto para perderse sin rumbo, tomar vino de la zona en alguna terraza con vistas al mar, y conocer uno de los centros históricos mejor conservados de Andalucía.
Lo curioso de Frigiliana es su doble identidad. El pueblo se encuentra a seis kilómetros al norte de Nerja y a poco más de cincuenta kilómetros de Málaga. Nerja recibe oleadas de turistas cada verano mientras que su vecino de montaña, a diez minutos en coche, sigue siendo un secreto a medias. A trescientos metros sobre el nivel del mar se eleva esta joya morisca única en la Costa del Sol, considerada por muchos el pueblo más bonito de Andalucía.
Fue bajo la ocupación morisca en la época medieval cuando el área floreció. Los moriscos dejaron una marcada influencia en la arquitectura del pueblo, con sus calles estrechas y sinuosas, casas encaladas y ornamentadas con coloridas flores, características evidentes hasta el día de hoy. Hay algo hipnótico en subir por esas cuestas sin saber exactamente adónde llevan, doblar una esquina y encontrarse con una vista del Mediterráneo que nadie esperaba. Frigiliana es, además, el último pueblo de Europa continental que aún produce miel de caña de azúcar, un detalle que dice mucho sobre hasta qué punto este lugar ha sabido conservar lo suyo.
Combarro y Elantxobe: dos apuestas del norte para quien no se fía del sol garantizado
El norte de España tiene una ventaja enorme: la masificación turística nunca llega con la misma intensidad que al Mediterráneo, lo que deja más margen para el descubrimiento genuino.
A solo 5 km de la ciudad de Pontevedra, Combarro pasa por ser uno de los pueblos más bonitos de las Rías Baixas. Es famosa la imagen de sus hórreos junto al mar; de hecho, es el pueblo con mayor concentración de hórreos de Galicia, con 60. Todo en esta población se construyó en granito, incluso las casas marineras del siglo XVIII coronadas por balcones de madera, las calles empedradas con soportales, las fuentes o los cruceiros. Hay algo en Combarro que detiene el tiempo. No el tiempo de postal, sino el de verdad, el que huele a mar y a piedra mojada.
En el País Vasco, Elantxobe merece una mención especial por una razón que nadie olvidará cuando llegue allí. Es una pequeña población vizcaína aposentada sobre el cabo Ogoño que tuvo su auge durante el siglo XIX debido a la industria conservera. Su peculiar ubicación ha hecho que las calles sean exageradamente empinadas y apenas haya planicies. Debido a esto, se han visto obligados a construir una plataforma giratoria para que los autobuses puedan maniobrar. El pueblo, literalmente, cuelga del acantilado. Cientos de aves tienen en la Reserva de la Biosfera de Urdaibai su lugar de descanso y de cría, en un espacio natural único que también es Patrimonio de la Humanidad. Es el privilegiado entorno de este bonito pueblo de la costa de Vizcaya, con estrechas callejuelas que desembocan en su diminuto y encantador puerto pesquero, casonas señoriales y miradores como los de la Atalaya y Santa Catalina.
Por qué nadie habla de ellos (y qué hacer con esa información)
No hace falta coger un avión para disfrutar de imponentes formaciones rocosas, playas cristalinas, hermosos pueblos a orillas del mar o castillos repletos de historia. Estos lugares aún son desconocidos para una buena parte de la población, por lo que puedes disfrutar de una gran tranquilidad. La razón de ese desconocimiento no siempre es la falta de calidad del destino, sino que los pueblos grandes y bien señalizados absorben toda la demanda, dejando sin luz a sus vecinos.
El truco, si es que hay alguno, es salirse de la ruta marcada antes de llegar al destino principal. La costa española tiene pueblos con personalidad propia, quizá porque otros municipios vecinos se han llevado la fama, pero que pueden ser de gran interés para el viajero que busca lugares con un encanto especial. Un mapa físico (o Google Maps con el zoom alejado) y la disposición de perderse durante media hora bastan para cambiar completamente la naturaleza de unas vacaciones.
La pregunta que queda en el aire después de visitar alguno de estos lugares es si vale la pena que se conozcan más. Hay quien dice que sí, que el turismo sostenible necesita repartirse. Hay quien prefiere guardar el secreto celosamente, como quien esconde una playlist perfecta que no quiere compartir por miedo a que la descubran todos. Quizá la respuesta esté en el viaje mismo: llegar pronto, quedarse más tiempo del previsto, comer donde comen los lugareños y resistir la tentación de subir demasiadas fotos. Algunos tesoros funcionan mejor cuando se disfrutan despacio.
Sources : infobae.com | degata.com