Todo empezó con un desvío. Un cartel a medio borrar, una carretera que se adentraba entre eucaliptos, y la curiosidad de ver adónde llevaba. Lo que apareció al final de ese camino fue tan distinto a todo lo que conocía que, durante un buen rato, me quedé quieta mirando. Sin fotografiar. Solo mirando. Esa costa que descubrí casi por accidente tenía algo que llevaba años buscando sin saber que lo buscaba.
La Costa Brava es hermosa. No voy a negarlo. Situada en la provincia de Girona, es famosa por sus calas de aguas cristalinas, acantilados dramáticos y pueblos con encanto, y su propio nombre, que significa «Costa Salvaje», refleja su carácter indomable. El problema es que ese carácter indomable lleva décadas siendo domesticado por el turismo de masas. Con sus 214 kilómetros de costa, la Costa Brava ve cómo en verano sus playas se abarrotan de turistas hasta el punto de tener que compartir casi la sombrilla. La masificación turística derivada de la urbanización sin control es el principal conflicto que afecta a esta zona, un hecho que se ha extrapolado de manera directa a la vida de los vecinos.
¿Y si España escondiera algo radicalmente diferente? Lo hace. Y mucho.
Lo esencial
- Un desvío fortuito condujo a la descubridora a playas que cambiaron su visión del turismo costero español
- La Costa Verde asturiana y la Costa de la Luz conservan la escala humana que la Costa Brava perdió
- Siete calas de Roche en Huelva representan lo que la Costa Brava habría destruido con urbanización
La Costa Verde: cuando el norte te cambia el chip
Asturias no suena igual que Cadaqués. No tiene ese brillo mediterráneo que el marketing turístico lleva décadas vendiendo. Pero el Cantábrico sorprende con acantilados vertiginosos y pequeñas calas de arena blanca que hacen que cualquier comparación con el Mediterráneo resulte, cuanto menos, injusta para ambos. Son mares distintos, con caracteres distintos, y el del norte tiene una personalidad que o te conquista o te asusta. A mí me conquistó.
El ejemplo más contundente es la Playa del Silencio, en Cudillero. Una concha protegida por acantilados e islotes de varios tamaños que calman la fuerza del mar, convirtiéndola en uno de los lugares más bellos de Asturias. Lo que hace singular a este lugar no es solo su paisaje. Su carácter salvaje, que por fortuna conservan muchos de los arenales y calas de la costa asturiana, significa que no hay chiringuitos, ni duchas, ni puestos de salvamento, ni los incómodos barcos de recreo que rompen la magia de lugares como algunas de las mejores calas de la Costa Brava. Nada. Solo cantos rodados, agua de un verde esmeralda impropio de estas latitudes, y el sonido de las olas.
Tras la aprobación del Plan de Ordenación del Litoral Asturiano, se contemplan infraestructuras como sendas costeras, aparcamientos y miradores que van mejorando el acceso sin destruir lo que la hace especial. La paradoja del viajero moderno: queremos llegar fácil a los sitios difíciles, y luego nos quejamos de que hay demasiada gente. La Playa del Silencio, por ahora, aguanta bien ese equilibrio.
El pueblo de Cudillero completa la experiencia de forma brillante. El anfiteatro de casas de colores asomándose al antiguo puerto pesquero, abrigadas por un paisaje inmensamente verde, es Cudillero, una localidad que ha sabido conservar su esencia a pesar de ser una de las más turísticas de Asturias. Comer allí el pescado del día, recién llegado del Cantábrico, es una de esas experiencias que no necesitan filtros de Instagram para convencerte.
La Costa de la Luz: el Atlántico que lo cambia todo
Si el norte te parece demasiado arriesgado climatológicamente (entiendo la duda), el sur tiene su propia alternativa al saturado Mediterráneo. Entre marismas, pinares y extensas playas de arena dorada, la costa de Huelva despliega un litoral único en el sur de España que, lejos del turismo masificado, combina tradición marinera, espacios naturales protegidos y pueblos con identidad propia.
La Costa de la Luz es, en cierto modo, El secreto mejor guardado de quienes ya la conocen. Sus arenales destacan por su fina arena blanca que se ha salvado de la masificación y el ladrillo de otras zonas de España. El contraste con la Costa Brava, donde la incesante llegada de turistas lleva a la construcción de edificios a primera línea de playa, destruyendo el litoral y perjudicando el paisaje, resulta casi terapéutico.
Las calas de Roche, cerca de Conil de la Frontera, son el argumento visual más poderoso. Entre los enclaves más espectaculares de la Costa de la Luz destacan estas calas situadas entre el puerto pesquero, el faro y la urbanización de Roche: un conjunto de siete calas separadas por imponentes acantilados rojizos y repartidas a lo largo de unos cuatro kilómetros, con paisajes únicos de belleza virgen. Sus aguas turquesas, la protección natural frente al viento y la escasa urbanización han permitido preservar el entorno y su valiosa biodiversidad. Siete calas. En la Costa Brava habrían levantado un hotel sobre cada una de ellas.
Isla Cristina, hacia la frontera con Portugal, añade otra capa de autenticidad. Conserva la esencia de un pueblo marinero, donde las redes secándose al sol, los barcos faenando al alba y las lonjas rebosantes de producto fresco son parte del paisaje cotidiano. Su gastronomía, basada en gambas, chocos y otros pescados del día, es un homenaje diario al mar. Y no un homenaje con carta de diseño y precio de ciudad: un homenaje auténtico, de barra, de mercado, de lonja.
Lo que estas costas tienen en común (y lo que las hace irresistibles)
Tanto la Costa Verde asturiana como la Costa de la Luz comparten algo que ya escasea en el litoral mediterráneo español: la sensación de que el paisaje todavía manda. Cada costa española tiene su propia personalidad, y el Mediterráneo nos regala aguas cálidas y cristalinas, calas escondidas y puertos pesqueros con siglos de historia. Pero el litoral cantábrico y el atlántico andaluz ofrecen algo diferente: la escala humana. Pueblos donde los vecinos siguen siendo protagonistas, no telón de fondo.
Explorar estas costas significa sumergirse en territorios que han conseguido mantener su identidad intacta, ofreciendo a los viajeros la oportunidad de experimentar el mar de una forma más íntima, auténtica y sostenible. Esa frase podría sonar a eslogan turístico, pero cuando llegas a la Playa del Silencio y no hay ningún barco de pedales ni ningún vendedor de helados, lo entiendes de golpe.
Hay que ser honesta, eso sí: ninguna de estas costas es perfecta. La Costa Verde tiene un clima que puede desconcertar a quien llega pensando en verano mediterráneo. Y la Costa de la Luz, con el viento de Tarifa, no siempre invita a quedarse quieta en la toalla. Pero son esas imperfecciones las que las mantienen vivas, las que las protegen de convertirse en parques temáticos del sol y la playa.
La pregunta que me sigo haciendo, meses después de aquel desvío fortuito, es si España seguirá teniendo la capacidad de sorprendernos así. Con más de 8.000 kilómetros de costa que abrazan tanto el Mediterráneo como el Atlántico y el Mar Cantábrico, las posibilidades son enormes. El reto es que sigamos yendo a buscarlas, en lugar de conformarnos siempre con lo que ya conocemos.
Sources : sukiontheroad.com | infobae.com