« Pensaba que el mal de altura solo afectaba a los alpinistas » : por qué el aeropuerto de La Paz a 4.000 metros golpea a los viajeros nada más bajar del avión

Bajas del avión, respiras hondo para llenarte de ese aire andino tan puro… y en lugar de energía, sientes que te falta el aliento con solo caminar hacia la cinta de equipajes. No es cosa de nervios ni de un vuelo largo: es la altitud, que en el aeropuerto de La Paz golpea antes incluso de salir de la terminal. Y no, no hace falta ser alpinista para notarlo.

Lo esencial

  • Un aeropuerto a mayor altitud que el pico más alto de Europa tiene consecuencias inmediatas para tu cuerpo
  • El ascenso instantáneo por aire impide que tu cuerpo se aclimate gradualmente al cambio de altitud
  • La solución no es aguantar: descanso, coca y paciencia transforman el viaje

El aeropuerto que desafía la fisiología humana

El Aeropuerto Internacional El Alto no es un aeropuerto cualquiera. Situado a una altitud de 4061 metros sobre el nivel del mar, es el aeropuerto internacional más alto del mundo, superado únicamente por instalaciones menores que no operan vuelos comerciales de la misma envergadura. Para hacerte una idea de lo que eso significa, imagina el pico más alto de la península ibérica y súmale casi mil metros más: ahí es donde aterrizas nada más llegar a Bolivia.

Esta altitud extrema no es un simple dato curioso para la ficha técnica del aeropuerto. Un viajero que lleva meses viviendo en la zona explica que se trata de una situación anormal, con hasta un 25% de oxígeno menos en el aire respecto al nivel del mar. Es decir, cada bocanada que das al bajar del avión te ofrece considerablemente menos oxígeno del que tu cuerpo está acostumbrado a procesar. Tu cerebro y tus músculos lo notan casi de inmediato, aunque tú todavía no sepas ponerle nombre a esa sensación rara de mareo o cansancio repentino.

Debido a la altitud del aeropuerto, la mayoría de los aviones comerciales de fuselaje ancho no pueden operar allí, así que gran parte del tráfico internacional pesado se desvía a Santa Cruz de la Sierra, a mucha menor altitud. Curiosamente, esa misma peculiaridad convierte El Alto en un laboratorio a cielo abierto: fabricantes como Airbus y Boeing han aprovechado sus características únicas para realizar pruebas de vuelo a gran altitud y certificar así sus aeronaves antes de lanzarlas al mercado global.

Por qué el cuerpo reacciona nada más pisar tierra

El mal de altura, o soroche como lo llaman en la región, no distingue entre montañeros curtidos y turistas que solo buscan fotografiar el Salar de Uyuni. Es la dificultad del cuerpo para adaptarse a la reducción de oxígeno en lugares altos, y suele presentarse a partir de los 2.000 metros sobre el nivel del mar, aunque esa cifra varía muchísimo de una persona a otra. En El Alto, a más del doble de esa altura, casi nadie sale indemne del todo.

Los síntomas suelen aparecer con rapidez. Suelen manifestarse al cabo de 6-10 horas del ascenso y a menudo comprenden dolor de cabeza junto a sensación de estar a punto de desmayarse, pérdida del apetito, náuseas, vómitos, cansancio, debilidad o irritabilidad, síntomas que algunas personas describen como similares a los de una resaca. Lo llamativo del caso boliviano es que, al no haber ascenso gradual (subes por aire y en minutos pasas de nivel del mar a 4.000 metros), el cuerpo no tiene tiempo de aclimatarse antes de que empiecen los problemas.

Me parece que ahí está la clave de por qué tanta gente se sorprende: uno espera el mal de altura en una cumbre nevada, no en la cola de inmigración. Pero la fisiología no entiende de expectativas turísticas. Cualquier persona que viaje por encima de los 2.400 metros corre el riesgo de desarrollar esta afección, y algunos organismos particularmente sensibles reaccionan incluso antes.

Sobrevivir (con estilo) a las primeras horas en La Paz

La buena noticia es que el propio trayecto del aeropuerto al centro ya juega a tu favor. El aeropuerto El Alto está a unos 4.050 metros, mientras que el centro histórico se encuentra a 3.640 metros, una diferencia de altitud que notarás en forma de presión en los oídos durante el descenso. No es mucho, pero cada metro cuenta cuando el oxígeno escasea.

Una vez instalado, la recomendación de quienes conocen bien la ciudad es siempre la misma: ir despacio. Descansar en el hotel nada más llegar, no salir de inmediato a recorrer la ciudad, caminar despacio, comer con moderación y beber mucha agua y té de coca son gestos sencillos que marcan la diferencia entre disfrutar del viaje o pasarlo tumbado en la cama del hotel. La hoja de coca, por cierto, forma parte del paisaje cotidiano paceño: el remedio tradicional para aliviar el mal de altura siempre ha sido mascar hoja de coca, algo natural, común, legal y totalmente recomendable, que no tiene nada que ver con drogarse.

Conviene también desconfiar de soluciones milagro. Aunque la publicidad en los aeropuertos asegure lo contrario, no existen pastillas mágicas para evitar o tratar la hipoxia relacionada con la altitud. Lo que sí existe, respaldado por la medicina de viajero, es la acetazolamida, un fármaco que puede ayudar a prevenir los síntomas si se toma con antelación y bajo supervisión médica, algo que conviene consultar en un centro de vacunación internacional antes de volar, no improvisar en la farmacia del aeropuerto.

Si los síntomas se disparan (dolor de cabeza que no cede, confusión, dificultad respiratoria en reposo), la respuesta no es aguantar por orgullo viajero. Se recomienda descender a una menor altitud, ya que los síntomas deben mejorar al cabo de 12 horas; si no ocurre así, toca buscar atención médica sin dramatizar pero sin demorarse.

Quizá lo más honesto que se puede decir de La Paz es que te obliga a bajar el ritmo desde el minuto uno, algo que en nuestras vidas aceleradas casi nadie practica por voluntad propia. ¿No será que el verdadero souvenir de este viaje no es una alpaca de peluche, sino la lección de que a veces hay que respirar más despacio para llegar más lejos?