Subí las escaleras de la Catedral de Cuenca convencida de que aquella era la única manera de conseguir la foto perfecta de las Casas Colgadas. Pagué mi entrada, crucé el Triforio, me asomé a cada ventana buscando el ángulo bueno… y cuando salí, con la tarjeta de crédito unos euros más ligera, bajé por la calle de los Canónigos hasta el Puente de San Pablo. Ahí, apoyada en la barandilla de hierro, entendí la broma que me había hecho a mí misma: la foto que había pagado por conseguir estaba, literalmente, a las puertas de la catedral, y era gratis.
Lo esencial
- Existe un lugar icónico en Cuenca que todos quieren fotografiar, pero ¿realmente necesitas pagar para verlo?
- El Puente de San Pablo guarda un secreto que los turistas descubren demasiado tarde
- Ni siquiera los locales te lo dirán: la mejor vista de Cuenca no está donde crees que está
El error de pensar que hay que pagar para ver lo más bonito de Cuenca
Cuenca tiene esa trampa amable que tienden las ciudades muy fotogénicas: uno cree que lo espectacular siempre está detrás de una taquilla. Y en parte tiene sentido, porque la Catedral sí merece una visita por dentro, con sus vidrieras de Gustavo Torner y su historia que arranca en el siglo XII, cuando Alfonso VIII de Castilla conquistó Cuenca a los musulmanes en 1177, y la ciudad se convirtió en sede episcopal en 1183, levantándose la nueva catedral cristiana sobre el solar de la antigua mezquita. Pero confundí «visitar la catedral» con «ver las Casas Colgadas», y son dos cosas completamente distintas.
Las Casas Colgadas, ese icono que todo el mundo reconoce sin haber pisado nunca Cuenca, no se contemplan desde dentro de ningún monumento de pago. Se contemplan desde fuera, desde la calle, desde un puente de hierro que cruza el vacío. Verlas por fuera, desde la calle o el puente, es gratis y está abierto las 24 horas. Nadie te lo dice cuando compras la entrada, claro, porque nadie tiene por qué hacerlo. Pero a mí me habría venido bien saberlo antes de subir al Triforio buscando un hueco entre las almenas.
El Puente de San Pablo, el mirador que nadie te cobra
Cruzar el Puente de San Pablo es de esas experiencias que se quedan grabadas sin necesidad de ticket. Se trata de una pasarela metálica que se eleva sobre el río 40 metros y cruza la Hoz, uniendo el casco antiguo con el actual Parador de Cuenca. El puente que pisamos hoy no es el original: en el siglo XVI se construyó un puente de piedra con cinco arcos que colapsó a finales del XIX, y el puente actual que todos fotografiamos se inauguró en 1902. Muchos turistas dan por hecho que lleva la firma de Eiffel por su estructura de celosía, pero fue diseñado por el ingeniero José María Fuster y construido por la empresa valenciana George H. Beckett, así que lo cierto es que es puramente nacional.
Da igual la hora a la que llegues, el puente sigue ahí, abierto, esperando. Y el punto exacto donde hay que pararse tampoco es ningún secreto: la foto de postal se hace desde la mitad del Puente de San Pablo, con la perspectiva frontal de las casas sobre la roca. Si además vas a última hora de la tarde, la luz hace algo casi injusto con la piedra. Un rato antes del ocaso, cuando el sol pega de lleno en la fachada, la caliza de la hoz se tiñe de un naranja que parece retocado con filtro, aunque no lo esté.
Lo curioso es que el otro lado del puente también regala vistas, esta vez desde el propio Parador, el antiguo convento reconvertido en hotel. Nadie te pide entrada para asomarte a esa terraza mientras tomas algo (bueno, sí te van a cobrar el café, pero eso es otra historia). Y si de verdad quieres evitar las hordas de turistas con el móvil en alto, la recomendación que más he escuchado repetir a quien conoce bien Cuenca es sencilla: ir a primera hora de la mañana o al atardecer, cuando el grueso de las excursiones organizadas ya se ha marchado.
¿Cuándo sí merece la pena pagar la entrada?
No quiero que esto suene a que la Catedral de Cuenca no vale lo que cuesta. Su interior gótico, considerado junto al de Ávila de los primeros de España, tiene un juego de luces que cambia por completo según la hora del día. La entrada general con audioguía ronda los 5,50 euros, y si te apetece subir al Triforio para ver la Plaza Mayor desde las alturas y el interior del templo a vista de pájaro, el combinado sube ligeramente. Los menores de ocho años entran gratis, así que si viajas en familia el golpe económico no es demasiado grande.
Lo que sí cambiaría de mi visita, si pudiera repetirla, es el orden. Primero el paseo gratuito por el puente, con calma, sin prisa por llegar a ningún horario de taquilla. Después, si el interior gótico te llama la atención (y debería), la entrada a la Catedral gana sentido como complemento, no como sustituto. Al fin y al cabo, subir al Triforio buscando el ángulo de las Casas Colgadas es un poco como pagar la entrada de un cine para ver la marquesina desde dentro.
La próxima vez que alguien me pregunte qué hacer en Cuenca en una tarde, no empezaré por la taquilla de la Catedral. Empezaré por la calle de los Canónigos, con el móvil ya listo, mucho antes de plantearme sacar la cartera. Y me pregunto cuántos otros rincones de España escondemos detrás de un precio de entrada cuando en realidad están esperando, gratis, a la vuelta de la esquina.
Sources : tripadvisor.com | lamaletainquieta.com