Los pueblos fantasma de España: cuando la sequía devuelve a la vida pueblos sumergidos hace décadas

Imagina que estás paseando a la orilla de un embalse cualquier tarde de verano y, de repente, entre el agua turbia, distingues el perfil inconfundible de un campanario. No es un espejismo ni una ilusión óptica: es el techo de una iglesia que lleva décadas sepultada, un recordatorio pétreo de que bajo tus pies dormía un mundo entero. España guarda un secreto que pocos países del mundo pueden igualar: se estima que hay unos 500 pueblos sumergidos debido a la construcción de embalses. Quinientos nombres, quinientas historias de familias que un día tuvieron que coger sus cosas y marcharse para siempre.

Lo esencial

  • ¿Qué ocultaba realmente el progreso español del siglo XX bajo esas aguas?
  • Aceredo reaparece como una Atlántida moderna cada vez que baja el nivel del embalse
  • Campanarios de siglos atrás se niegan a permanecer enterrados: el barómetro involuntario de la sequía

El precio invisible del progreso

La construcción de embalses y presas a lo largo del siglo XX en España, necesaria para abastecer de agua y energía a gran parte del país, produjo la desaparición de numerosos pueblos que, tras ser expropiados y desalojados, fueron sepultados por las aguas. Una operación que, vista desde hoy, resulta tan asombrosa como perturbadora.

Muchos de esos pueblos fueron literalmente engullidos al construir alguna de estas obras faraónicas levantadas, en su mayoría, durante el Franquismo, periodo en el que se construyeron alrededor de 515 pantanos. El país pasó de 4.000 millones de metros cúbicos de agua a más de 36.600 millones. Un salto descomunal que transformó el paisaje español para siempre, pero que se construyó sobre la vida de miles de personas que no tuvieron apenas voz ni voto. Se estima que más de 500 pueblos fueron inundados por embalses y 50.000 personas forzadas a dejar sus casas.

Lo curioso, y casi cruel en su ironía, es que ahora es la sequía, esa misma sequía que tanto preocupa a climatólogos y agricultores, la que devuelve a estos pueblos al mundo de los vivos. Cuando el nivel del agua baja lo suficiente, las calles reaparecen embarradas, los muros de piedra emergen como huesos, y de repente hay gente que vuelve a caminar por un pueblo que oficialmente dejó de existir hace cincuenta o sesenta años.

Aceredo, la Atlántida gallega

Aceredo, en Lobios (Ourense), una aldea gallega que fue inundada en 1992, regresa temporada tras temporada como una Atlántida de interior. Su historia tiene algo de tragedia moderna: su destino quedó sellado en 1992, cuando la construcción del embalse de Lindoso, una obra conjunta entre España y Portugal, inundó lo que una vez fue un pequeño pueblo gallego lleno de vida. La construcción de este embalse tenía como principal objetivo regular las aguas del río Limia para generar energía hidroeléctrica y asegurar el suministro de agua en ambas regiones.

La creación del embalse supuso también la desaparición de otras localidades vecinas: Buscalque, A Reloeira, O Bao y Lantemil. Todos sus habitantes fueron expropiados y desplazados. Muchas de estas familias llevaban generaciones asentadas en la zona. Y cuando las aguas se retiran, lo que aparece no es solo un montón de ruinas: el resurgir del pueblo por la fuerte sequía ha dejado al descubierto un paisaje fantasmagórico, con casas de piedra medio derruidas, calles claramente reconocibles y fuentes que un día fueron punto de encuentro de los vecinos. Aunque el tiempo y el agua han dejado huella en las estructuras, aún es posible identificar el trazado original del pueblo, los muros de las viviendas e incluso algunos objetos personales.

Ya en 2017 una bajada en el nivel del embalse dejó ver parte de la aldea, pero fue en 2021 cuando Aceredo emergió por completo, generando atención internacional. Medios como la BBC o National Geographic documentaron su aspecto desolador y su historia única. Lo han calificado como «Pompeya fluvial», como «paisaje lunar», como «película de ciencia ficción». Pero quienes lo visitan coinciden en algo más sencillo: da mucha pena, y no puedes dejar de mirar.

Campanarios que se niegan a hundirse del todo

Aceredo es quizá el más célebre, pero la geografía española está salpicada de estos fantasmas acuáticos. Cada uno con su propia herida. En La Rioja, Mansilla de la Sierra fue inundado en 1959 para construir el embalse que lleva su nombre, lo que obligó a sus habitantes a trasladarse a un nuevo asentamiento cercano. Durante décadas, las aguas han cubierto completamente el antiguo pueblo, donde se conservan restos de su iglesia, su puente medieval y algunas viviendas. Lo más desgarrador de su historia es que la Guerra Civil paralizó las obras del proyecto del embalse por más de dos décadas, y a finales de los 50 la falta de previsión fue fatal: se anegó el pueblo antiguo sin haber terminado el nuevo. Las familias vieron cómo se inundaban los cultivos y cómo se cubrían los siete puentes que salvaban el río Najerilla.

En Cataluña, el campanario románico de Sant Romà de Sau funciona como un barómetro involuntario. Existe un baremo inconfundible para saber si hay sequía: el campanario de Sau, del siglo XI. La iglesia suele ser visible cuando el agua desciende, hecho que pone en alerta a los ciudadanos y autoridades. Durante las temporadas de sequía, la parte más alta de la iglesia queda al descubierto. También parte del pueblo, ofreciendo una panorámica casi surrealista de lo que no hace tantos años fue este pueblecito catalán.

Y luego está el caso más dramático de todos: Riaño, en León. En 1987, tras años de protestas de los habitantes, el antiguo pueblo de Riaño fue inundado para crear un embalse destinado a regular el caudal del río Esla y abastecer de agua a otras regiones. El pueblo fue inundado en medio de unas circunstancias dramáticas. Los vecinos se movilizaron ante la construcción del embalse, con escenas tan trágicas como un suicidio entre sus habitantes. No fue uno, sino nueve pueblos leoneses los que quedaron sepultados bajo esas aguas.

El turismo de sequía y la memoria que no se rinde

Hay algo profundamente ambiguo en lo que está ocurriendo con estos pueblos hoy. El fenómeno tiene incluso nombre: «turismo de sequía». Cada vez que las imágenes de Aceredo o de Mansilla circulan por las redes sociales, miles de personas sienten la necesidad de ir a verlos. Y eso plantea una pregunta incómoda: ¿estamos ante un destino turístico o ante un duelo colectivo que todavía no ha terminado?

Quienes vivieron aquella pérdida sienten que la sequía ha devuelto algo de lo que les fue arrebatado: no sus casas, pero sí su memoria. Para los hijos y nietos de aquellos vecinos desplazados, estos momentos son una oportunidad para rememorar su historia familiar en un entorno marcado por la nostalgia. Para el resto, una lección de historia que ningún libro de texto podría narrar con la misma contundencia que un muro de piedra medio derruido asomando entre el barro.

La aparición de estos pueblos depende de las lluvias, de la gestión de los embalses y, cada vez más, del cambio climático, que está haciendo que los veranos secos sean la norma y no la excepción en amplias zonas de la península. La paradoja es enorme: el mismo fenómeno que amenaza nuestra agricultura y nuestros recursos hídricos es el que le devuelve la voz a quienes fueron silenciados por el progreso. ¿Qué dice eso de nosotros, y qué obligación tenemos de escuchar?