El navegador insistía en que aquella calle estrecha, flanqueada de piedra dorada y buganvillas, era el camino correcto hacia el apartamento. Yo, con la maleta pesando como si llevara dentro medio armario y el sol de agosto cayendo a plomo sobre la bahía de Kotor, decidí confiar en el instinto más que en la lógica: total, son solo unos metros hasta la puerta, pensé. Craso error. Perast, ese pueblo báltico veneciano que parece sacado de una postal, tiene una regla que ningún cartel turístico explica con suficiente contundencia hasta que la vives en carne propia.
La primera barrera apareció antes de lo esperado, justo donde la carretera principal se estrecha para colarse entre las fachadas barrocas. Un empleado con gesto entre paciente y resignado (seguramente el enésimo turista despistado del día) me indicó que ahí terminaba mi aventura motorizada. Una prohibición estricta de tráfico en verano, entre mayo y octubre, mantiene la carretera principal cerrada a los vehículos salvo residentes, y no se permite conducir hasta el centro del pueblo bajo ninguna circunstancia. Ni súplicas, ni caras de circunstancia, ni el peso evidente de mi equipaje sirvieron de argumento.
Lo esencial
- ¿Qué pasó cuando el navegador prometía una ruta corta hacia el centro?
- Existen aparcamientos ocultos y servicios que la mayoría de turistas jamás descubre
- El precio real de ignorar las restricciones de tráfico revela por qué algunos pueblos resisten el turismo masivo
Por qué Perast cierra el paso a los coches (y por qué tiene todo el sentido)
La explicación no es caprichosa. Durante la temporada de verano es obligatorio dejar el coche en el aparcamiento situado justo a la entrada del pueblo, y pagar por ello, porque la carretera es muy estrecha y la mayoría de las plazas de aparcamiento son privadas o ya están ocupadas. Basta con caminar unos metros por el único callejón que atraviesa el núcleo histórico para entenderlo: dos coches jamás cabrían de frente, y mucho menos con la avalancha de visitantes que recorre el paseo marítimo cada mañana en temporada alta.
Lo curioso es que esta norma cambia según la época del año, algo que muchos viajeros desconocen antes de llegar. Durante la temporada de invierno, el aparcamiento es gratuito y es posible entrar en la ciudad en coche. En pleno agosto, sin embargo, la cosa se pone seria: las barreras de aparcamiento se controlan activamente tanto en la entrada norte como en la sur, y basta con aparcar en la puerta designada, ya que la mayoría de los hoteles ofrecen un carrito de golf eléctrico o un servicio de minibús que te recoge en la barrera para llevarte a ti y tu equipaje directamente hasta tu alojamiento.
Ese detalle del carrito de golf lo aprendí a las malas, claro, después de haber arrastrado ya media maleta por el empedrado. Si hubiera preguntado con antelación al apartamento, me habría ahorrado el numerito.
El precio real de improvisar (y cómo evitarlo)
Aparcar en Perast durante el verano no es gratis, y conviene saberlo antes de plantarse en la barrera con cara de sorpresa. El pueblo cuenta con dos grandes aparcamientos situados en ambas entradas, con un ticket de una hora en el aparcamiento principal que cuesta 0,50€, mientras que 24 horas cuestan 8€, aunque el precio del aparcamiento cambia constantemente. No es una fortuna, pero tampoco es la sorpresa que uno espera cuando pensaba resolver el tema de la maleta con un simple giro de volante.
La situación se complica todavía más si tu visita coincide con las horas de mayor afluencia. Según relatan viajeros que han pasado por allí a media mañana en temporada alta, no hay manera de encontrar aparcamiento cerca de Perast, con vigilantes que van rechazando coches aunque sí dejan descargar a los autobuses turísticos. Así que si tu plan era llegar sobre las diez de la mañana, cruzar los dedos y buscar hueco, mejor replantéatelo: la experiencia de otros visitantes deja claro que la paciencia se agota antes que las plazas libres.
Quien viaja con reserva de hotel suele tenerlo más fácil, aunque tampoco garantizado del todo. A menos que te alojes en el Heritage Grand Hotel, que cuenta con su propio pequeño aparcamiento, tu única opción es pagar por el aparcamiento de 24 horas o aparcar junto a la carretera, lo que supone sumar unos 15€ al día al presupuesto, teniendo en cuenta que no se puede conducir hasta Perast en absoluto para descargar el equipaje, ya que hay barreras de aparcamiento que bloquean el acceso.
Lo que aprendí (y lo que haría diferente la próxima vez)
Si algo saqué en claro de aquella tarde sudando entre maletas y adoquines, es que Perast premia a quien planifica y castiga con dulzura a quien improvisa. La solución más sensata, la que ojalá hubiera conocido antes, pasa por avisar al alojamiento con antelación de la hora de llegada: muchos hoteles y apartamentos organizan el traslado del equipaje desde la barrera hasta la puerta sin que el huésped tenga que cargar con nada.
Para quienes viajan sin reserva de hotel o se alojan en un apartamento turístico, la cosa cambia. Quienes se alojan en un Airbnb no tendrán más remedio que caminar hasta el pueblo, una distancia corta y bastante llana, aunque con mucho equipaje puede complicarse, así que si vas cargado o tienes movilidad reducida, quizá compense considerar un hotel aunque normalmente prefieras un apartamento. Existe también la opción de dejar el coche algo más lejos, en Risan, y moverse en transporte público o a pie por el paseo marítimo, una alternativa que muchos viajeros con más experiencia en la zona recomiendan para esquivar el caos de las horas centrales del día.
Al final, la lección de Perast no va tanto de barreras y aparcamientos como de algo más simple: hay pueblos que se resisten a las prisas del turista moderno, y quizás ahí resida parte de su encanto. ¿Cuántos rincones del Mediterráneo hemos perdido ya por ceder demasiado a la comodidad del coche hasta la puerta?
Source : mochileandoporelmundo.com