Un cohete estalla en el cielo de Pamplona a las doce en punto y, de repente, una ciudad entera se pone de rodillas ante la fiesta. Pasa cada 6 de julio y va a volver a pasar este año: los Sanfermines se celebran del 6 al 14 de julio, comenzando el lunes 6 con el famoso Chupinazo a las 12 del mediodía, un cohete que se lanza desde el balcón del Ayuntamiento de Pamplona. Pero lo curioso es que, después de tantos siglos de historia, la fiesta todavía guarda rincones y costumbres que sorprenden incluso a quienes han crecido viéndola desde la ventana de su propia casa.
Lo esencial
- ¿Sabías que correr ante los toros en San Fermín es completamente gratuito y sin inscripción previa?
- Existe un ritual casi religioso que pocos turistas conocen: los corredores cantan frente a una imagen de San Fermín minutos antes del encierro
- La ciudad tiene un patrón oficial diferente a San Fermín, y hay encierros secretos que funcionan en paralelo al espectáculo principal
Cuenta atrás en Pamplona: fechas y ritual del chupinazo
Lo primero, para quien llegue con la maleta a medio hacer: los Sanfermines 2026 se celebran, como cada año, del 6 al 14 de julio, y finalizan en la medianoche del 14 al 15 de julio con el tradicional «¡Pobre de mí!» en la Plaza Consistorial. En medio, nueve días que parecen sacados de otra dimensión temporal, donde las horas de sueño se negocian a la baja y la ciudad no cierra ni de madrugada.
El chupinazo tiene su propia liturgia, casi militar en su precisión. Hasta las 11:59 es una ciudad contenida; a las 12:00, un estallido de pañuelos, cava caliente y brazos al aire, mientras desde el balcón municipal vuelve a sonar la frase ritual: «Pamplonesas, pamploneses, ¡Viva San Fermín! Gora San Fermín!». Este año el honor de prender la mecha recae en dos representantes elegidos por votación popular, en un guiño dedicado al personal de urgencias de Navarra, algo que demuestra que la fiesta también sabe mirar hacia quienes trabajan mientras el resto celebra.
Para quien prefiera no arriesgarse entre el gentío de la plaza, el consistorio ha dispuesto varias pantallas gigantes repartidas por distintos puntos de la ciudad, seis pantallas gigantes repartidas por la Plaza del Castillo, la Plaza de los Fueros, Antoniutti, Yamaguchi, paseo de Anelier y plaza Arriurdiñeta, así que nadie se queda sin ver el cohete, aunque sea desde una distancia prudencial.
El encierro, tres minutos que marcan el día
A las ocho de la mañana, cuando media España sigue durmiendo, Pamplona vive su momento más fotografiado. Los encierros son el corazón de las fiestas y se celebran cada mañana del 7 al 14 de julio a las 8:00, así que el primer encierro de San Fermín en 2026 será el 7 de julio. Seis toros y sus cabestros recorren un trayecto que va desde los corrales de Santo Domingo hasta la plaza de toros, atravesando calles que todo el mundo conoce de nombre aunque nunca haya pisado Pamplona: la Cuesta de Santo Domingo, la Plaza del Ayuntamiento, Mercaderes o la calle Estafeta.
Lo que menos se sabe fuera de Navarra es que correr delante de los toros no cuesta ni un euro. Correr en San Fermín no cuesta nada, es completamente gratuito y no requiere inscripción previa, aunque hay que cumplir normas estrictas de seguridad, como ser mayor de edad y no estar bajo los efectos del alcohol o las drogas. Basta con presentarse, colocarse en el tramo permitido y, sobre todo, respetar tanto a los demás corredores como a los propios animales.
Hay un instante, apenas unos minutos antes de que se abran las puertas de los corrales, que emociona incluso a quien lleva toda la vida viéndolo desde su balcón. Unos minutos antes de que empiece la carrera, los corredores piden protección a San Fermín cantando tres veces frente a una pequeña imagen situada en la Cuesta de Santo Domingo. Es un segundo de silencio casi religioso en medio de una fiesta que, el resto del tiempo, no para de hacer ruido.
Lo que no sale en las fotos: tradiciones que sorprenden hasta a los pamplonicas
Aquí viene la parte que suele descolocar a más de uno, incluso a los propios navarros. Mucha gente da por hecho que San Fermín es el patrón oficial de la ciudad, y en realidad no es así del todo: el patrón de Pamplona es san Saturnino, junto con san Honesto y la Virgen del Camino, mientras que san Francisco Javier y san Fermín son quienes cuidan de toda Navarra. Un matiz que sorprende a más de un vecino cuando se lo cuentan en una barra de bar durante las fiestas.
Después está el mundo paralelo que se monta alrededor del encierro grande, con versiones y rituales menos conocidos para el turista de paso. El programa incluye, entre otras cosas, un pequeño encierro pensado para los más pequeños de la casa y una curiosa cita matutina en pleno centro que pocos foráneos conocen: el Baile de la Alpargata, del 7 al 14 de julio en el Nuevo Casino Principal, de 8:30 a 9:45, justo cuando el eco del encierro grande todavía resuena en las calles cercanas. Y cuando ya todo parece terminado, tras el canto melancólico del «Pobre de mí», la fiesta todavía se resiste a apagarse del todo con una última cita, más íntima, en la que un grupo reducido de fieles cierra la jornada cantando en un rincón de la Plaza del Consejo, como se cerraban las cosas antes de que existieran las pantallas.
Más allá del toro: gastronomía, música y el adiós con pañuelo
Reducir San Fermín a los toros sería quedarse con la mitad de la historia, quizá la menos representativa para quien vive la fiesta desde dentro. La banda La Pamplonesa llena las calles de música, la Comparsa de Gigantes y Cabezudos desfila junto a gaiteros y txistularis, y las peñas aportan ese espíritu travieso tan característico de la celebración. Las peñas, de hecho, son uno de los motores silenciosos de la fiesta: grupos de amigos que llevan generaciones organizando comidas, música y jolgorio compartido, algo que se entiende mejor viviéndolo que leyéndolo.
El pañuelo rojo al cuello, sobre el fondo blanco de camisa y pantalón, funciona como pasaporte informal a la fiesta. Cualquiera que se lo anude se convierte, por unas horas, en parte de la tribu. Y cuando llega la medianoche del 14 de julio, ese mismo pañuelo se quita en un gesto casi ceremonial: miles de personas cantan «Pobre de Mí» en el Ayuntamiento y todo el mundo se quita el pañuelo rojo en esta somera ceremonia de cierre, seguida de fuegos artificiales. Es el momento más melancólico de todo julio en Pamplona, ese instante en el que la ciudad admite, sin decirlo del todo, que la fiesta se ha terminado y toca volver a la rutina.
Quizás lo más honesto que se puede decir de San Fermín es que resiste cualquier intento de resumirlo en un titular. ¿Fiesta religiosa, espectáculo taurino, cita gastronómica o simplemente la mayor reunión de amigos del calendario español? Probablemente todo a la vez, y ahí reside su fuerza. La pregunta que queda en el aire, para quien lo vive por primera vez o para quien vuelve cada julio sin falta, es cuánto tiempo más va a seguir esta mezcla de fervor, negocio y cariño sosteniéndose en pie sin perder su esencia.
Sources : remitly.com | idealista.com