Tengo suficiente información para escribir el artículo sobre Luxemburgo.
Imagina subirte a un tren, un tranvía o un autobús y no tener que sacar el móvil, buscar monedas ni validar ninguna tarjeta. Simplemente entras, te sientas y viajas. Eso es exactamente lo que ocurre desde hace más de seis años en Luxemburgo, el pequeño Gran Ducado europeo que desde 2020, todos los modos de transporte público (autobuses, trenes y el tranvía) son gratuitos en todo el territorio. La única excepción, y aquí está el matiz que sorprende a muchos viajeros españoles cuando lo descubren: solo hay que pagar por los billetes y abonos de primera clase.
Lo esencial
- Un pequeño país europeo eliminó completamente los billetes de transporte público hace más de seis años
- Existe una única excepción que genera sorpresa entre los viajeros: ¿quién sigue pagando y por qué?
- Los resultados reales no son lo que esperas: un balance agridulce entre éxito social y costo fiscal
Un país pequeño, un problema enorme de tráfico
La medida no nació de un capricho ecologista ni de un golpe de efecto electoral, aunque también tuvo su componente de marketing país. Luxemburgo arrastraba un problema muy concreto: es el país con más coches por habitante de toda la Unión Europea, con 696 vehículos por cada 1.000 habitantes, muy por encima de la media europea. A eso hay que sumarle una peculiaridad geográfica que pocos países comparten: el Gran Ducado recibe cada día a más de 200.000 trabajadores que cruzan la frontera desde los países vecinos, además de los residentes que se mueven dentro del país. El resultado, previsible, eran atascos kilométricos y una capital asfixiada en las horas punta.
La respuesta llegó el 29 de febrero de 2020, cuando el transporte público pasó a ser gratuito para todo el mundo, tanto residentes como turistas. Y no fue un anuncio menor: Luxemburgo se convirtió en el primer país del mundo en ofrecer transporte público gratuito a nivel nacional. Ninguna otra nación, ni siquiera las más avanzadas en movilidad sostenible, se había atrevido a dar ese paso a escala de todo su territorio.
Por qué la primera clase sigue costando dinero
Aquí es donde el titular se pone interesante. Si vas a Luxemburgo pensando que absolutamente todo es gratis, te vas a llevar una sorpresa a medias. La única excepción son los billetes y abonos de primera clase, que siguen teniendo un coste y se cobran según las tarifas aplicables. Es decir: la segunda clase, la que usa la inmensa mayoría de la población, no tiene ni billete ni tarjeta ni aplicación que validar. Simplemente subes y viajas. Pero si prefieres el vagón de primera, con más espacio y menos gente, tendrás que pasar por caja.
Los números concretos lo dejan claro. Antes de la medida, un abono anual de segunda clase costaba unos 400 euros; hoy se puede viajar gratis, mientras que quienes quieren viajar en primera clase siguen pagando 660 euros al año por el abono. Es una especie de «peaje del confort»: pagas, pero no por moverte, sino por moverte con un poco más de comodidad. Confieso que me parece una solución bastante elegante, porque no penaliza a nadie que necesite desplazarse, pero mantiene un pequeño incentivo económico para quien puede permitirse pagar por un extra.
Conviene matizar otro punto que suele generar confusión: la gratuidad tiene fronteras, literalmente. El viaje gratuito termina en la frontera, así que se necesita un billete o abono transfronterizo para viajar más allá del Gran Ducado. Si vas a cruzar hacia Francia, Bélgica o Alemania, esa parte del trayecto sí tiene coste, aunque con tarifas reducidas para los trabajadores transfronterizos.
¿Ha funcionado realmente la gratuidad?
Aquí la respuesta es agridulce, y como periodista prefiero no venderte un cuento perfecto. La medida no es barata para las arcas públicas: el coste anual para el Estado ronda los 800 millones de euros, cuando antes los ingresos por billetes apenas llegaban a 41 millones al año; la diferencia la cubren los contribuyentes. Es una apuesta política que Luxemburgo, con uno de los PIB per cápita más altos del planeta, puede permitirse sin excesivo trauma fiscal.
¿Y en términos de tráfico? Los resultados dentro del país son más visibles que fuera de él. Un balance tras los primeros años señalaba la satisfacción de los residentes y una reducción de los atascos, al menos en hora punta y en las calles del centro de la capital. El gran talón de Aquiles sigue siendo el tráfico transfronterizo: cerca de 230.000 personas cruzan la frontera cada día para trabajar y el 75% de esos desplazamientos se hacen en automóvil, precisamente porque el tramo del trayecto que hacen en su propio país de origen no es gratuito hasta que entran en Luxemburgo.
Lo que sí parece claro es que la medida ha calado entre quienes ya viven dentro del país. Se ha notado en más viajes en tranvía y bus, mejor movilidad para jóvenes y personas con recursos limitados, mayor uso del transporte público los fines de semana y más turistas moviéndose sin necesidad de coche. No hace falta un cambio radical en los hábitos de toda una nación para considerar que el experimento merece la pena; basta con que miles de personas dejen el coche aparcado los sábados para ir de compras o al mercado navideño.
Si algún día planeas una escapada a Luxemburgo, esto cambia por completo la forma de moverte por el país: sin apps que descargar, sin tarjetas que recargar, sin cola en máquinas expendedoras. Solo subir y bajar. La pregunta que queda flotando, y que algunos países vecinos empiezan a plantearse tímidamente, es si este modelo podría replicarse en territorios más grandes y con menos margen fiscal, o si la fórmula luxemburguesa seguirá siendo, durante bastante tiempo, una rareza europea que solo un país diminuto y rico puede costearse sin pestañear.
Sources : xataka.com | swissinfo.ch