Imagina que estás paseando por el barrio de Les Gobelins, en el XIII arrondissement de París, pisando adoquines que llevan más de un siglo cubriéndole la cara a un río. Bajo tus pies, ahora mismo, fluye agua. No es una tubería cualquiera, ni una alcantarilla. Es el Bièvre, el segundo río de París, un afluente del Sena que lleva enterrado desde 1912 y que muy pocos turistas, y tampoco muchos parisinos, saben que pueden rastrear caminando.
La historia tiene algo de tragedia silenciosa. Con 36 kilómetros de longitud, el Bièvre entraba a París por la Poterne des Peupliers, en el distrito XIII, y serpenteaba durante cinco kilómetros a través de los distritos XIII y V antes de desembocar en el Sena, a la altura de la Estación de Austerlitz. Donde fluía el río, hoy hay asfalto, edificios y metro. Solo unas placas en el suelo recuerdan su existencia subterránea.
Lo esencial
- Un río entero de 36 km desapareció bajo París hace más de un siglo, pero sigue fluyendo invisible
- Medallones de bronce ocultos en las aceras revelan dónde corre el agua enterrada entre 4 y 16 metros bajo tierra
- La ciudad está trabajando lentamente para devolverle la luz al Bièvre en ciertos tramos, pero el peso de un siglo de construcción lo complica
Un río que dio nombre a los castores y color a los tapices del rey
El Bièvre toma su nombre de biber, la palabra latina para «castor», lo que dice mucho de lo que debían ser sus orillas hace siglos: frondosas, húmedas, con vida animal abundante. Ya en el siglo XII, los monjes de la abadía de Saint-Victor desviaron el curso del Bièvre para abastecer su dominio y alimentar su molino harinero, excavando el llamado canal de los Victorinos.
Gracias a su bajo contenido en cal, el río fue utilizado masivamente por tintoreros, curtidores y lavanderas desde finales del siglo XVII. En el siglo XV, en su orilla se instaló la célebre Manufacture Royale des Gobelins, la fábrica oficial de tapices reales conocidos como «gobelinos», famosos por el color rojo púrpura que obtenían; y luego muchas industrias textiles y curtiembres más, que terminarían contaminando irremediablemente el cada vez más caudaloso y putrefacto río.
Hay algo poético y amargo a la vez en ese destino. Un río apreciado precisamente por la pureza de su agua, destruido por quienes lo explotaban. El poeta Joris-Karl Huysmans dio al Bièvre industrializado una descripción femenina: una chica del campo atraída a la ciudad y despojada por la industria. Una metáfora incómoda, pero que captura bien lo que fue aquello.
A partir del siglo XVIII, y debido a la contaminación que aportaban las actividades industriales (industria de la carne, curtiembres y textiles) y la creciente población, el río fue gradualmente rectificado y entubado. La cobertura estaba motivada por razones higiénicas: el río, muy contaminado por los vertidos industriales de tenerías y lavanderías, desprendía olores pestilenciales. Hacia 1912, el tramo parisino quedó completamente oculto.
Cómo seguir el rastro de un río invisible
Aquí viene la parte que convierte este dato histórico en una aventura urbana concreta. Se puede hacer un paseo a pie siguiendo el recorrido del Bièvre por los distritos XIII y V de París, trazando el itinerario sobre el antiguo mapa del río, siguiéndolo tanto como es posible por las calles actuales.
A lo largo del recorrido, se han colocado medallones de bronce en las aceras que muestran dónde fluía el río anteriormente. Son pequeños, discretos, fáciles de ignorar si no los buscas. Pero una vez que sabes que están ahí, caminar por ese barrio se convierte en otra cosa: cada placa es una pequeña ventana al tiempo, un recordatorio de que la ciudad que ves no es la única que ha existido.
El punto de entrada histórico del río en París, la Poterne des Peupliers, es un buen punto de inicio. Desde allí, el recorrido sube por calles del distrito XIII, donde los topónimos revelan la memoria del agua: el barrio llamado «Moulin des Prés» recuerda el molino alimentado por el Bièvre. El río tenía dos cauces: uno llamado «vivo», que era el brazo derivado que llevaba agua a los molinos de París, y otro llamado «muerto», que era el cauce original. Hoy, en la superficie, se pueden seguir ambos trazados.
En algunos tramos, el Bièvre discurre enterrado hasta 16 metros bajo tierra, lo que hace que la idea de «verlo» sea más conceptual que literal. Pero eso, paradójicamente, es parte de su encanto: la ciudad sobre la ciudad, el tiempo superpuesto en capas de piedra y asfalto.
El futuro de un río que quiere volver a la luz
El Bièvre es hoy un río partido en dos: un remanso de paz en las localidades al sur de París donde todavía corre al aire libre, y un conjunto de cañerías donde se mezcla con las aguas residuales desde la zona cercana al aeropuerto de Orly hasta llegar a las plantas depuradoras.
Eso está cambiando, aunque despacio. En los últimos veinte años, varias localidades de la región parisina han realizado obras para que el Bièvre vuelva a atravesarlas, con la voluntad de devolver espacios verdes a sus vecinos. En 2022, el río fue descubierto sobre 600 metros en las localidades de Arcueil y Gentilly. Pequeño tramo, gran símbolo.
Dentro de la ciudad, el plan es más ambicioso y más complicado. El concejal de Ecología del Ayuntamiento de París, Dan Lert, explicó a EFE que estudian cómo reabrir varios tramos, especialmente en los parques y jardines que siguen el recorrido histórico del Bièvre, unos seis kilómetros en total. Para los lugares donde no sea posible recuperarlo a cielo abierto, se baraja la opción de crear un paseo verde siguiendo la traza histórica del río.
La reapertura del Bièvre avanza, pero los proyectos están muy condicionados por las construcciones existentes; en algunos tramos, resulta técnicamente imposible en el estado actual. Una ciudad que lleva más de un siglo construida encima de un río no se deshace de ese peso de un día para otro.
Quizá lo más bonito de la historia del Bièvre sea precisamente eso: que existe aunque no se vea. Que fluye. Que la ciudad lleva más de cien años viviendo sobre él sin saberlo del todo, como quien comparte casa con una memoria que nunca se fue del todo. Si alguna vez te encuentras en el XIII de París con tiempo y curiosidad, busca los medallones de bronce en el suelo y sigue el hilo. Hay algo genuinamente distinto en recorrer un río que no puede verse, en escuchar el silencio del asfalto sabiendo que, justo debajo, el agua sigue su camino.
Sources : sortiraparis.com | diariolibre.com