Me gasté 3 € en una botella de agua junto al Coliseo durante toda una semana: el día que abrí el mapa de la ACEA, entendí lo que había estado pagando

Tres euros por un botellín de agua de medio litro. Multiplícalo por siete días, por dos o tres botellas diarias con el calor de julio pegado a la piel, y la cuenta empieza a doler más que las ampollas de tanto caminar entre el Coliseo y el Foro. Esa fue mi semana romana hasta que, sentada en un banco de piedra frente al Arco de Constantino, decidí abrir el mapa de fontanelas de ACEA, la empresa que gestiona el agua de la ciudad. Ahí entendí lo que llevaba pagando sin necesidad: no era agua lo que compraba, era comodidad mal calculada.

Roma tiene fama de cara en las zonas turísticas y las redes sociales lo confirman cada verano. De hecho, hace no mucho se hizo viral la cuenta de unos turistas en un bar junto al Coliseo: el agua natural a cinco euros y las Coca-Colas y fantas a seis euros cada una. Y no es un caso aislado: cerca del Coliseo, una pasta a la carbonara puede costar bastante más que en barrios como Trastevere, donde los mismos platos rondan precios mucho más ajustados. La zona alrededor del anfiteatro más famoso del mundo funciona como un imán de precios inflados, y el agua embotellada es la trampa perfecta porque parece un gasto pequeño, casi invisible, hasta que sumas los días.

Lo esencial

  • ¿Cuánto dinero gastó este turista en botellas de agua sin saber qué estaba pagando realmente?
  • Un mapa interactivo reveló lo que llevaba años oculto a metros de distancia
  • Roma tiene una infraestructura de agua pública que existe desde antes de que nacieran tus abuelos

El tesoro que Roma regala desde 1874

Lo curioso es que a apenas unos metros de esas terrazas carísimas hay agua potable, fresca y completamente gratuita saliendo sin parar de unas fuentes que los romanos llaman cariñosamente «nasoni», por la forma curva de su caño, que recuerda a una nariz. No es una ocurrencia moderna ni un parche para turistas quejicosos: la historia de los nasoni se remonta al siglo XIX, cuando el alcalde de Roma, Luigi Pianciani, tomó la decisión revolucionaria de ofrecer un sistema de distribución de agua pública para favorecer la higiene y garantizar la salud de los ciudadanos. Aquellas primeras fuentes de hierro fundido, con sus caños decorados, llevan ya siglo y medio funcionando sin descanso.

Y hablamos de una infraestructura enorme, no de cuatro grifos sueltos. En el centro histórico hay más de 200 nasoni, acompañados de unas 90 fuentes artísticas que ofrecen agua potable, y en toda la ciudad el número supera las 2.500 unidades. Algunas fuentes elevan la cifra aún más si se cuenta todo el término municipal, pero el dato que de verdad importa es otro: Roma tiene la red pública de agua más extensa del mundo, accesible para todos en los barrios de la ciudad, con más de 2.800 fuentes de agua potable gratuita. Ningún turista debería pagar tres euros por agua en una ciudad que literalmente presume de regalarla en cada esquina.

Lo que descubrí al abrir el mapa de ACEA

El gesto fue tan simple que casi me dio rabia no haberlo hecho el primer día. ACEA, la compañía que gestiona el servicio hídrico de la capital, pone a disposición una mapa interactivo en su sitio web, y también existe una app llamada Acea Waidy Wow que permite localizar fácilmente las fontanelas directamente desde el móvil. En cuestión de segundos apareció un plano salpicado de puntos azules: cerca del Coliseo, junto al Foro, alrededor de Villa Celimontana. Ninguno estaba a más de cinco minutos andando de donde yo había estado pagando religiosamente mi botella diaria.

Lo que más me sorprendió no fue la cantidad, sino la calidad del agua que sale de esos grifos. No es un capricho estético ni una reliquia histórica que sobrevive por nostalgia: hoy son un recurso valioso para todos, especialmente en los meses de verano, con agua potable, fresca y de gran calidad, que brota continuamente en más de dos mil puntos repartidos por la ciudad. Además, esa agua no llega de cualquier manera: desde la época de la antigua Roma la ciudad se abastece de manantiales de montaña a través de una red de acueductos, y aunque quedan restos visibles de aquellos acueductos, la red moderna sigue cumpliendo la misma función, llevando agua de manantial hasta las casas y las fontanelas públicas. Beber de un nasone, en cierto modo, es beber de la misma tradición de ingeniería que hace dos mil años ya resolvía este problema.

Rellenar en vez de comprar

Desde entonces cambié el chip. Llevaba una botella reutilizable metida en la mochila (la misma que usaba de tapón para el bolso) y la rellenaba cada vez que pasaba junto a un nasone. El caño curvo tiene un truco que descubrí observando a una señora local: si tapas el agujero de abajo con el dedo, el agua sale disparada hacia arriba, perfecta para beber directamente sin necesidad de botella. Es un gesto tan cotidiano en Roma que nadie te mira dos veces al hacerlo.

Lo que me parece más honesto reconocer es que el problema nunca fue el precio del agua en sí, sino la pereza de informarse antes de necesitarla, con calor y prisa, delante de la terraza más cercana al monumento. Esas mismas fuentes, por cierto, no son solo para turistas despistados: garantizan también la prevención de problemas de higiene en las redes de drenaje central y periférica, así como en zonas con mercados, quioscos y actividad callejera, y aun así dispensan menos del 1% del total del agua inyectada en la red, un dato que dice mucho sobre lo eficiente que es este sistema centenario frente a lo que gastamos sin pensar.

La próxima vez que planees un viaje a una ciudad con fama de cara, quizá la pregunta no sea cuánto vas a gastar en agua, sino si esa ciudad no llevará ya siglo y medio ofreciéndotela gratis sin que lo supieras.