Bajé al metro romano aquella mañana del 15 de agosto pensando en las duchas, las toallas peleadas por un metro cuadrado de arena y las colas interminables para pagar un café a precio de sablazo en cualquier chiringuito de la costa. Había decidido quedarme en Roma justo para esquivar ese circo veraniego que se repite cada año en las playas españolas e italianas. Lo que no imaginaba es que, al pisar el andén vacío de la línea A, entendería de golpe algo que ningún folleto turístico te cuenta: Ferragosto no es solo un día festivo, es una fuga colectiva que deja a la Ciudad Eterna convertida en un decorado sin actores.
Lo esencial
- ¿Por qué tres millones de romanos desaparecen el mismo fin de semana cada agosto?
- Una festividad instituida por el emperador Augusto hace 2000 años sigue gobernando las vacaciones europeas
- El Ferragosto que conocemos hoy tiene raíces imperiales, religiosas y sorprendentemente políticas
Un metro vacío que lo dice todo
El andén parecía sacado de una película apocalíptica, con la diferencia de que aquí el silencio no daba miedo, daba gustito. Ni un romano a la vista, solo mochilas de turista y ese eco particular que se produce cuando una ciudad de casi tres millones de habitantes decide, de forma colectiva, hacer las maletas el mismo fin de semana. No es una sensación exagerada ni un cliché de guía de viajes: los romanos aprovechan estos días para escapar de la ciudad con la familia y acercarse a la playa, dejando una Roma casi vacía de ciudadanos y donde los turistas los superan en número. Vamos, que si buscas selfies sin desconocidos en el fondo, agosto en Roma es tu momento.
Lo curioso es que este vaciado no es un fenómeno moderno ni una moda de Instagram. Nanni Moretti ya lo capturó en los noventa paseando en Vespa por una capital fantasma, y antes que él, Carlo Verdone filmó una Roma desolada y desierta en pleno Ferragosto, mientras el propio Moretti recorría la ciudad eterna, vacía y en pleno Ferragosto matando el aburrimiento. Si el cine italiano lleva décadas fascinado con esta imagen, es porque hay algo genuinamente hipnótico en ver la cuna del Imperio romano reducida a un escenario sin público.
Lo que nadie te cuenta sobre el origen de esta fuga
Aquí viene la parte que de verdad me sorprendió, y que descubrí buscando respuestas mientras el metro me llevaba hacia el Trastevere. Esta costumbre de parar el país en pleno agosto no nació con el turismo de masas ni con las vacaciones pagadas del siglo XX. El término Ferragosto deriva de la locución latina Feriae Augusti (vacaciones de Augusto) que fue una festividad instituida por el emperador Augusto en el año 18 a. C. y que se unía a unas festividades antiquísimas que el mismo mes celebraban el fin de las labores agrícolas. Es decir, los romanos llevan parando en agosto más de dos mil años, muchísimo antes de que existieran las sombrillas de rayas y los chiringuitos con música electrónica.
Lo que hoy vivimos como un puente playero tiene raíces agrícolas y religiosas entrelazadas de forma curiosa. Aquellas ferias imperiales se apoyaban en tradiciones aún más antiguas, los llamados Consualia, feste che celebravano la fine dei lavori agricoli, dedicate a Conso, el dios de la tierra y la fertilidad. Siglos después, la Iglesia católica hizo encajar esta pausa pagana con una de sus fiestas mayores: en la tradición católica el día de Ferragosto coincide con el día de la Asunción de la Virgen María a los cielos. Y aquí un detalle que pocos conocen, ni siquiera muchos italianos: la fecha no siempre fue el 15. La festa di Ferragosto no se ha festejado siempre el 15 del mes, sino que originariamente se celebraba el 1 de agosto, y fue la Iglesia católica quien decidió trasladarla a mitad de mes para hacerla coincidir con la Asunción de María.
Todavía hay una capa más reciente, y esta sí que me dejó pensando en el vagón vacío. El éxodo masivo que hoy asociamos a Ferragosto, ese instinto colectivo de subirse a un tren y desaparecer, tiene un origen sorprendentemente político. Durante el régimen fascista de Mussolini, la tradición popular de las vacaciones de Ferragosto se afirmó a través de asociaciones y cooperativas de trabajadores que ofrecieron billetes de tren a muy bajo precio para viajar durante los días 13, 14 y 15 de agosto, permitiendo que familias italianas enteras pudieran viajar por primera vez para disfrutar del mar o los paisajes de montaña. Lo que hoy parece un derecho adquirido, coger un tren barato en agosto, fue en su momento una conquista social. Casi nadie piensa en esto mientras hace cola para pillar sitio en la sombrilla.
La Roma que se queda (y que merece la pena)
Porque no todo Roma se va. Hay un puñado de romanos, comerciantes tercos y turistas despistados como yo que se quedan, y la ciudad, lejos de apagarse del todo, monta su propia fiesta paralela. El barrio de Trastévere es el epicentro de esta resistencia: cuando el calor más aprieta, el barrio más tradicional de Roma se viste de gala con conciertos y verbenas, aunque todos los comercios cierran y los romanos participan en Ferragosto. Y en el resto de la ciudad, la administración también hace su parte para que el visitante no se sienta abandonado, con conciertos al aire libre y fuegos artificiales sobre el río Tíber que compensan un poco el bar cerrado de la esquina.
Lo que aprendí, con el ticket de metro todavía en la mano, es que quedarse en Roma el 15 de agosto no es una decisión de conformarse con menos. Es cambiar el bullicio de la playa por otro tipo de silencio, uno con columnas de dos mil años de antigüedad y sin nadie que te pise la toalla. Si vuelvo a repetirlo, seguramente lo haré con la misma curiosidad, porque hay algo casi ceremonial en caminar por una capital europea sabiendo que, en algún lugar de la costa, tres millones de personas están discutiendo por la última sombrilla libre. ¿No será que la verdadera fuga de agosto no es hacia el mar, sino hacia esa ciudad que, por unos días, finge no existir?
Sources : tuescapada.eu | blog-italia.com