Iba a reservar Positano. Tenía las fotos guardadas, el hotel en el carrito y todo. Pero un vuelo con mejor precio a Brindisi, una recomendación de un compañero de trabajo que había pasado dos semanas en Lecce y una cierta pereza ante las hordas de turistas me hicieron cambiar de planes en el último momento. Lo que encontré al llegar al Salento fue algo para lo que no estaba preparado: una Italia que parecía resistirse a ser descubierta masivamente, y que precisamente por eso resultaba irresistible.
Lo esencial
- Una recomendación casual lo llevó a elegir Brindisi sobre Nápoles, con consecuencias inesperadas
- Lecce y sus pueblos costeros ofrecen algo que Positano y Amalfi ya perdieron hace años
- ¿El mayor riesgo? Que las recomendaciones como esta terminen destruyendo exactamente lo que hace especial al Salento
El Salento que nadie te cuenta (o que te cuentan demasiado tarde)
El Salento es el talón de la bota italiana, ese extremo de Puglia que se adentra entre el Adriático y el mar Jónico. Geográficamente es un dato. Vivido, es otra cosa. Lecce, la capital, te golpea con su barroco exuberante antes de que puedas prepararte: fachadas de piedra caliza que al atardecer adquieren un tono casi dorado, callejuelas donde la ropa tendida convive con balcones esculpidos como si fueran pasteles. Le llaman la Florencia del Sur, aunque los locales preferirían que no lo dijeras en voz alta.
Pero lo que convierte al Salento en una obsesión no es la ciudad. Son los pueblos blancos, los trulli de alrededor, las carreteras bordeadas de olivos centenarios que llevan a playas sin chiringuito de palmeras plásticas ni DJ a mediodía. Gallipoli, con su casco viejo en una isleta sobre el Jónico, tiene una luz diferente a cualquier otro sitio que haya visto en el Mediterráneo. Porto Cesareo tiene aguas de ese azul turquesa que uno asocia con destinos caribeños y que, sin embargo, está a menos de tres horas en avión desde Madrid o Barcelona.
Por qué la costa amalfitana no puede competir con esto
No es que la Costiera Amalfitana sea una decepción. Es que es una promesa cumplida a medias, condicionada por todo lo que la rodea. Los atascos en carreteras de montaña con autobuses que se cruzan a centímetros, los precios multiplicados por el factor instagrameable, las playas pequeñas y masificadas donde la toalla del vecino es casi parte de tu espacio vital. Positano es fotogénica hasta el último rincón y, por eso mismo, en julio ya no te pertenece.
El Salento tiene una relación distinta con el turismo. No lo rechaza, pero tampoco lo mendiga. Los lugareños comen en los mismos restaurantes que los veraneantes. Las playas de la Baia dei Turchi o de Pescoluse, aunque cada vez más conocidas, todavía guardan cierta calma que en la Amalfi resulta imposible encontrar sin madrugar mucho o pagar muchísimo. Y la gastronomía, lejos de estar performatizada para el visitante, es directa y generosa: la pasta con erizos de mar, el pulpo crudo aliñado con limón, el Primitivo di Manduria que acompaña casi todo.
Hay algo más que quizás sea lo más difícil de explicar: la sensación de que el sitio todavía tiene vida propia. Que no existe únicamente para ser fotografiado.
Lo práctico, porque también importa
Brindisi tiene vuelo directo desde varias ciudades españolas, con conexiones frecuentes especialmente en temporada. El aeropuerto de Bari es otra opción si quieres explorar más hacia el norte de Puglia antes de bajar al Salento. Alquilar coche es prácticamente obligatorio: el transporte público existe, pero los horarios y la frecuencia no siempre coinciden con las ganas de llegar a una cala antes de las diez de la mañana.
Lecce merece al menos dos noches para no correr. Desde allí, en menos de una hora llegas a casi cualquier punto de la costa, tanto la Jónica como la Adriática, que tienen caracteres distintos: la primera con aguas más cálidas y fondos arenosos, la segunda con mayor movimiento y alguna roca que agradecerá quien prefiera el snorkel. Los precios del alojamiento, aunque han subido en los últimos años siguiendo la lógica del destino de moda, siguen siendo notablemente más contenidos que en Amalfi, Capri o las zonas más turísticas de Sicilia.
Una cosa que nadie te avisa: el calor en agosto es serio. El Salento es uno de los puntos más calurosos de Italia en verano, y las temperaturas pueden superar los 38 grados con bastante asiduidad. Quien viaje en junio o septiembre encontrará un destino casi mejor: el mar sigue siendo perfecto, la luz es idéntica y las playas tienen algo de espacio para respirar.
La trampa de volver
Hablé con varias personas en Lecce que llevaban años veraneando allí: una pareja de Sevilla que descubrió el Salento por una recomendación similar a la mía, un madrileño que lo visitó por primera vez hace cuatro años y ya ha repetido tres veces. Todos decían lo mismo con distintas palabras: que el sitio engancha de una forma que resulta difícil de racionalizar.
Quizás sea que el Salento todavía te permite inventar tu propio itinerario sin que el turismo de masa te lo haya diseñado de antemano. Quizás sea esa mezcla de cultura griega, árabe y española que se acumula en la arquitectura y en la comida y que convierte cada rincón en algo levemente inesperado. O quizás sea simplemente que la primera vez que comes un pasticciotto recién salido del horno en una pastelería de Lecce a las nueve de la mañana, entiendes que hay ciertas experiencias que no admiten sustituto.
Lo curioso es que yo seguiré recomendando este sitio sabiendo que cada recomendación contribuye, en alguna medida, a que deje de ser lo que es. La paradoja del viajero que ama un lugar precisamente porque todavía no lo ha arruinado nadie, incluido él mismo.