Imagina entrar por un puente de piedra sobre el Ebro, alzar la vista y ver cómo una fortaleza medieval parece levitar sobre una roca caliza. No es una ilustración de un libro de caballería, ni un decorado de película. Es Frías, en la comarca burgalesa de Las Merindades, y lo que más sorprende no es el castillo en sí, aunque da para mucho hablar, sino todo lo que este escondió bajo sus calles y su peñón durante siglos.
Lo esencial
- ¿Qué secretos arquitectónicos guarda una roca que lleva siglos siendo hogar de una ciudad medieval?
- Un castillo tan impresionante que parte de su historia fue trasladada a Nueva York hace décadas
- Cómo el olvido de Frías se convirtió en la mejor protección para su patrimonio enterrado
La ciudad más pequeña de España, sobre una roca imposible
Con apenas 258 habitantes, Frías es oficialmente «la ciudad más pequeña de España». Y lo es de pleno derecho: ese honor no es un invento moderno, sino un título real otorgado por el rey Juan II en 1435. Que un lugar de este tamaño conserve el rango de ciudad ya dice algo de lo que fue en otro tiempo.
Su caprichoso emplazamiento, con el castillo y el caserío encaramados sobre la espina dorsal y la ladera soleada del promontorio rocoso conocido como «La Muela», conforma uno de los parajes más atractivos y pintorescos de toda la provincia. Pero la pregunta que nadie se hace cuando llega aquí es la más interesante: ¿qué hay debajo de todo eso?
Testigos mudos de la ocupación de la abrupta plataforma rocosa son algunas tumbas antropomorfas talladas en la roca, varias de las cuales fueron descubiertas, y luego tapadas, en las inmediaciones de la iglesia parroquial. Esa imagen lo resume todo: Frías no solo guarda su historia en las piedras visibles, sino en lo que hay sepultado bajo los adoquines de sus callejuelas. Un pueblo que lleva siglos caminando, literalmente, sobre su propio pasado.
El castillo roquero que se negaba a desaparecer
El castillo de Frías, también llamado de los duques de Frías o de los Velasco, es el resultado de una mezcla de construcciones datadas de los siglos XII-XVI y uno de los castillos roqueros más impresionantes de toda Castilla. Pero para entender por qué se «olvidó» durante tanto tiempo, hay que ir más atrás.
Habitada ya desde la época romana, Frías no aparece en la Historia hasta el año 867, en plena era de la repoblación, impulsada por las campañas de la Reconquista lideradas por los reinos cristianos contra los musulmanes del Emirato de Córdoba. Desde ese momento, el enclave no paró de crecer en importancia. En la Edad Media era un paso natural de la meseta castellana hacia el norte de la península, lo que explica su impresionante puente fortificado sobre el Ebro; la estrategia de la época convirtió a Frías en un asentamiento importante y el viejo bastión, tal vez de origen musulmán, se actualizó y amplió hasta convertirse en un castillo roquero de primer orden capaz de garantizar la seguridad de sus habitantes y la estabilidad en la linde fronteriza.
Su elemento más singular es la Torre del Homenaje: está físicamente separada del resto del castillo, encaramada sobre una roca independiente, con defensas y aljibe propios. Una torre que no depende de nada, ni siquiera de la roca contigua, como último reducto inexpugnable. A pesar de haber sufrido varios derrumbes a lo largo de la historia, con el último documentado en el siglo XIX, su silueta recortada en el horizonte sigue siendo el símbolo de la ciudad.
Lo curioso es que ese proceso de derrumbes y olvido fue precisamente lo que permitió que el subsuelo conservara todo lo que hoy la arqueología empieza a recuperar. Cuando las estructuras se vinieron abajo, la roca las absorbió. Y la vida del pueblo siguió, ajena a lo que dormía un metro más abajo.
Lo que guarda el peñón bajo los pies de sus vecinos
Las casas colgadas están construidas literalmente sobre el precipicio, adaptándose al desnivel del peñasco. En algunas, las paredes están talladas directamente en la roca viva. Esa relación entre la arquitectura y la piedra natural no es solo estética. Es consecuencia de siglos de una ciudad que creció pegada a su castillo, aprovechando cada grieta, cada saliente. La arquitectura de Frías se adaptó por completo a lo escaso del terreno y su construcción, de toba y madera, les permitió aprovechar el reducido espacio sobre el que se asienta la parte más alta de la villa.
En la Edad Media, esta construcción defensiva era, además, un centro estratégico, administrativo y simbólico, que garantizaba el control del paso por el río Ebro, la seguridad de la villa y el dominio sobre la comarca. Todo giraba alrededor del castillo: el mercado, la judería, de la que quedan huellas en el trazado urbano—, las murallas con sus puertas. El paseo por sus calles empedradas permite recorrer los vestigios de la muralla medieval, conservando todavía la puerta de Medina junto al castillo, la puerta del Postigo a los pies de la iglesia de San Vicente Mártir y la puerta de la Cadena, vinculada al paseo de Ronda.
Y luego llegó la decadencia. En el siglo XVI, y tras verse involucrada directamente en la guerra de las Comunidades, Frías comenzó un lento proceso de decadencia que se acentuó todavía más en las centurias siguientes debido en gran manera a las continuas guerras y a las crisis económicas derivadas de ellas. Ese declive fue, paradójicamente, la mejor protección para su patrimonio: sin grandes transformaciones modernas, el subsuelo quedó intacto.
Cómo visitar Frías hoy (y qué no perderse)
Aunque su configuración actual responde a diversas fases constructivas desde el siglo X, fue especialmente relevante desde que el rey Alfonso VIII lo incorporó a la Corona en 1201. El castillo es visitable y se ha convertido en uno de los principales atractivos turísticos de la ciudad, permitiendo disfrutar de vistas panorámicas del entorno.
Subir a la Torre del Homenaje es el plan del día, con vértigo incluido—. El esfuerzo de subir hasta sus almenajes se paga con una recompensa brutal: una panorámica de 360 grados del valle de Tobalina y el cauce del Ebro. Pero no acabes la visita ahí. Uno de los elementos más reconocibles de la ciudad es el puente medieval sobre el río Ebro. Esta estructura, con más de 143 metros de longitud, se sitúa a la entrada de Frías y es considerada un ejemplo excepcional de puente fortificado. De origen romano y reformado en varias ocasiones, jugó un papel determinante en la comunicación entre la Meseta castellana y la costa cántabra. La imagen de sus nueve arcos y la torre defensiva central constituye uno de los paisajes históricos más fotografiados de la provincia de Burgos.
Merece un aparte la iglesia de San Vicente Mártir, que guarda una curiosidad difícil de superar: para contemplar su pórtico románico hay que desplazarse a la orilla del río Hudson en Nueva York, al recinto donde el Metropolitan Museum atesora claustros y pórticos medievales españoles. Una parte de Frías lleva décadas mirando el Atlántico desde Manhattan, mientras el resto del pueblo sigue aquí, sobre su roca, esperando a que alguien venga a buscarlo.
La pregunta que deja Frías en el pecho no es si merece la visita, merece el viaje expreso, sin duda—. La pregunta es cuántos otros pueblos burgaleses, castellanos, españoles, guardan todavía bajo sus calles siglos de historia que nadie ha tenido tiempo de desenterrar. Cada vez que se mueve una piedra en este país, aparece otra historia. Aquí, literalmente, caminas sobre ella.
Sources : elespanol.com | hosteltur.com