Las Casas Cueva de Guadix: La Solución Olvidada que Resurge en 2026 cuando el Termómetro Revienta

El termómetro marcaba 44 grados en el interior peninsular el pasado 23 de junio. Las ciudades hirviendo, el aire acondicionado a tope, las facturas de la luz disparadas. Y a menos de una hora de Granada, unos miles de vecinos de Guadix dormían plácidamente a 20 grados, sin climatización, dentro de sus casas excavadas en la roca. Lo que parece magia es, en realidad, física básica, y una lección de ingeniería popular que lleva siglos esperando que alguien la tome en serio.

Lo esencial

  • 2.000 viviendas subterráneas mantienen temperatura estable entre 18-20°C gracias a un material olvidado
  • La arcilla funciona como Gore-Tex natural: impermeable pero transpirable, creando estabilidad térmica perfecta
  • Un misterio histórico: ¿por qué abandonamos la construcción más sostenible jamás inventada?

Una ciudad bajo tierra, en pleno siglo XXI

A poco más de una hora de la capital granadina, Guadix conserva uno de los conjuntos habitados más sorprendentes de Europa. Considerada la «Capital Europea de las Cuevas» por sus más de 2.000 viviendas subterráneas habitadas, sus residentes disfrutan de todas las comodidades de una vivienda moderna junto con sus beneficios naturales: temperatura constante entre 18 °C y 20 °C, tranquilidad y el silencio que aporta su aislante natural, la arcilla. Desde la distancia, el paisaje parece casi irreal: colinas perforadas por viviendas invisibles desde el exterior y coronadas por centenares de chimeneas encaladas.

Lo que durante décadas se consideró una rareza pintoresca, un vestigio de tiempos de escasez, vuelve a la conversación en 2026 con una urgencia que nadie esperaba. España vive su primera ola de calor oficial del verano 2026 con alertas roja y naranja activadas en 13 comunidades autónomas y temperaturas que rozaron los 44 °C en zonas del interior peninsular. Con datos provisionales, los días 22 y 23 de junio fueron los más cálidos de este mes en España desde al menos 1950, con una anomalía media peninsular de +7,1 °C. En ese contexto, vivir literalmente dentro de una montaña deja de ser excentricidad y pasa a ser sentido común.

La causa fundamental de la existencia de estas viviendas es la presencia de badlands, un paisaje ruiniforme de fisonomía árida y litología rica en arcillas, erosionada por el viento y el agua, en el que abundan cañones, cárcavas, barrancos y canales. Esta riqueza en arcilla permitía su fácil labrado con técnicas relativamente económicas, para conseguir la mayor luminosidad, ventilación e higiene posible gracias al uso de techos abovedados, encalados, apertura de huecos en fachada y perforación de chimeneas.

La arcilla no es un material cualquiera. Es un material ampliamente empleado en construcciones bioclimáticas que presenta propiedades térmicas y acústicas muy interesantes: es prácticamente impermeable pero a la vez transpira, como si fuese un Gore-Tex. Basta con un sencillo sistema de ventilación natural para tener una vivienda silenciosa, a buena temperatura y sin humedad. El resultado práctico es rotundo: bajo varios metros de arcilla se consigue una asombrosa estabilidad térmica, con temperaturas que oscilan entre un máximo de 24 °C en verano y un mínimo de 18 °C en invierno, haciendo innecesaria cualquier climatización durante la inmensa mayoría del año.

Y hay un detalle que siempre sorprende a quienes lo escuchan por primera vez: cuando la familia crecía, «bastaba con excavarla» para ganar una nueva habitación, integrando la casa en la roca como algo vivo y adaptable. Una ampliación sin obra, sin escombros, sin presupuesto disparado. Difícil encontrar una metáfora mejor de lo que hoy llamamos «construcción sostenible».

Historia de supervivencia, no de folclore

El origen de estas casas nada tiene de romántico. Las casas cueva de la zona de Guadix y alrededores surgen aproximadamente en el año 1452, momentos antes de la Guerra de Granada. Los moriscos que habitaban la zona durante la época del Al-Ándalus vieron en las cuevas excavadas en las montañas una forma de seguir viviendo en su tierra sin levantar sospechas. Con el tiempo, la historia se complicó. Investigaciones con sólida base documental han demostrado que su origen fue básicamente social, ligado al establecimiento de una sociedad dominada por las oligarquías, que se consolidó con la expulsión de los moriscos en 1570 y el crecimiento demográfico de los siglos XVII y XVIII. La existencia de un amplio grupo social ajeno a la propiedad encontró acomodo en las cuevas, viviendas baratas que fueron promovidas por las élites.

A finales del siglo XVIII, más de la mitad de la población de la ciudad residía en cuevas, una cifra que lo dice todo sobre su funcionalidad real, más allá de cualquier narrativa nostálgica. Se trataba de una forma de población marginal olvidada por los poderes públicos que hoy día es un espacio urbano vivo que ha encontrado una nueva consideración digna y atractiva.

El regreso: cuando lo antiguo se vuelve urgente

Las cuevas de Guadix renacen como alojamientos climáticos con mucho gancho, pero también como modelos de construcción sostenible. El crecimiento del llamado trogloturismo ha contribuido a revitalizar la zona. Hoy existen alojamientos rurales, hoteles cueva, restaurantes y espacios culturales que permiten al visitante experimentar esta forma de vida de primera mano. Sus escasas necesidades energéticas las convierten en viviendas ecológicas en un momento en que cada grado de más en el termómetro son más horas de aire acondicionado encendido, con una factura que puede dispararse en pocos días.

Este tipo de construcción «en búnker» es también resistente a terremotos, algo a tener en cuenta en esta zona, una de las que cuenta con mayor actividad sísmica de España. Parece que los antiguos habitantes de Guadix sabían más de lo que les dábamos crédito.

Quizás la pregunta que deberíamos hacernos no es por qué construían casas dentro de la roca, sino por qué dejamos de hacerlo. Según análisis recientes, el calor récord que azotó Europa en junio habría sido «prácticamente imposible» hace tan solo unas décadas, y la crisis climática es inequívocamente la culpable. Cuando los veranos se convierten en emergencia, una ciudad que lleva siglos viviendo a 20 grados constantes bajo tierra deja de ser una curiosidad etnográfica y se convierte en una pregunta incómoda: ¿y si estábamos mirando en la dirección equivocada?